HIPOCONDRIAS

Ustedes que no se enferman, que jamás sospechan de raras afecciones, que no sienten dolores incómodos, que no se contracturan, que no se descomponen, que no se marean. Ustedes que siempre están bien.

Que no saben lo que significan palabras elementales como paracetamol, ibuprofeno o dramamine. Ustedes que no usan pastilleros de viaje, que no toman aspirinas por las dudas, que no les importa si hay farmacias de turno en el barrio. Ustedes que son tan naturales.

Ustedes que salen ilesos de cualquier intercambio sexual sin profilaxis, que no saben de chequeos de rutina, que jamás vieron una aguja perforar su epidermis. Que crecieron sin médico de cabecera, que no conocen hospitales, que nunca soportaron el tedio de la espera en una guardia de madrugada. Ustedes que no pierden el tiempo.

Que no miran la tabla de colesterol en los envases de los alimentos, que no saben cual es la presión normal ni el ritmo cardíaco adecuado, ustedes que no necesitan llevar certificados  médicos a los gimnasios, que no se agitan, que no tienen palpitaciones, que no se alteran, que no se estresan. Ustedes que viven tan tranquilos.

Ustedes que no tuvieron orzuelos, ni cayos, ni ampollas, ni llagas, ni heridas profundas. Que nunca despegaron un apósito, ni enroscaron una venda ni dieron a firmar el yeso con que se recuperan las fracturas expuestas. Ustedes que no se irritaron, que desconocen la varicela, el sarampión y la tos convulsa. Ustedes que vienen de una infancia encantadora.

Que se adaptan a cualquier clima sin picos de presión, que soportan los esfuerzos, que vuelan sin que se les tapen los oídos, que jamás se constipan ni tienen diarreas, que no sufren insomnio ni pesadillas. Ustedes a los que nunca les llora un ojo ni les duele una muela. Ustedes que son casi más que humanos.

Catriel

Una tarde de enero, sin preámbulos ni avisos, te vas o te llevan, no sé todavía qué fue exactamente, y espero poder revelar ese misterio antes de cualquier otra cosa; como sea, lo cierto es que durante días no estuviste, y tu desaparición se convirtió en una noticia estruendosa, y del anonimato eximio en el que vivimos nosotros y tus hijos y tus vecinos y tus amigos, saltamos a la primera plana de los periódicos nacionales que tomaron tu nombre como marca de gaseosa y la pusieron en las marquesinas, con letras pintadas de colores, y dibujaron en la circunferencia de tu apellido un misterio necesario para paliar la falta de noticias del verano y sus afluentes, y entonces, cuando tu vida, tus deseos proyectos tradiciones esperanzas y firmas en los papeles están a punto de convertirse en un caso más, cuando la solidez de tus pasos por el mundo está a punto de desvanecerse en la incógnita sepulcral de los noticieros televisivos y tu peregrinación parece esfumarse y convertirse en espíritu de las pequeñas historias policiales irresueltas, así de pronto, la sombra pálida del hombre que fuiste, la imagen de un cuerpo dócil y un espíritu débil, la voz apagada de tus cincuenta y pico de diciembres acumulados en el lomo, se presenta brutal y despiadada, siniestra en su forma, imposible en su distancia, se presenta, adquiere luz, claridad y cuerpo en el lado opuesto a donde todas mis angustias te esperaban, y como si no importara acaso ninguno de los vínculos y los placeres que te cobijaron hasta el pasado día uno, ya no sos el hijo de esta tierra que te vio limpiarte los mocos, patear en los potreros, subir a las camionetas, revisar la tierra, proveer la fertilidad, organizar la rutina, porque ahora toda tu creación pertenece a la fábula mediática que inventan y reproducen en la capital de los sueños y los repartos, esa que tantas veces juraste no pisar, esa que te costó tranquilidades y sobresaltos, esa que te robó hermanos y parientes, esa que te asfixia, que condena a toda tu gente, que te limita el margen de acción y salvación, esa que ahora, sin más conocimiento que las pocas líneas y las escazas fotos que algunos irreverentes han provisto, te pronostica un futuro lleno de complicaciones, y te mete en los consultorios y los hospitales para hacerte estudios médicos, esa que lo mismo le da la primera o la segunda docena en las apuestas que levanta para su ruleta de la política mediática sin rumbo ni consuelo, y que sin embargo, desde algún lugar, tal vez no inocente, tal vez no deseado, empezaste a alimentar algún día no tan lejano del pasado de tu vida que, sin dudas, por más tapas de diarios que empiecen a enmudecer de tu nombre hastiadas por la decadencia comercial de tu caso, jamás volverás a recuperar en un sentido estricto y verdadero, y digo esto a riesgo de equivocarme y pasar por alto la posible idea de que todo esto pueda ser el resultado de un plan ideado por tus manos, planificado por tus piernas, y que ahora sin ninguna culpa y con la mayor soberbia tu lengua saborea en secreto.

TE DESCONOZCO

De ayer, de antes, de todos los tiempos, te desconozco. Del hambre, del viento, del mundo gastado que traen tus sandalias, te desconozco.

En las esquinas donde nos despedimos y los ascensores donde nos encontramos, te desconozco. En la calesita eterna de tu plaza dulce, te desconozco.

Como si jamás hubiésemos llorado en la penumbra, te desconozco.

De las fotografías, de las verdades, de las letras en la arena, te desconozco. De las siestas, de los puentes que cruzamos, de las uñas largas, te desconozco.

En la rayuela de tiza que dibujamos y en las hamacas tímidas que fabricamos, te desconozco. En los nombres y los documentos, te desconozco.

Como si ningún verano nos hubiese propuesto la revolución, te desconozco.

De las redes sociales, de los pasillos de hospital, de las banderas sin color, te desconozco. Del mal gusto de tu memoria, te desconozco.

En el baile esquivo de tu cintura y en la eternidad de tus piernas, te desconozco. En el patio de tu casa y entre los muebles de oficina, te desconozco.

Como si nunca te hubiese escrito mi número de teléfono en la palma de tú mano, te desconozco.

Te desconozco, y esa es mi mejor intención de amor.

ELEFANTES

Marfil entrando por tus ojos. Y una ceguera roja como el agua.

Prosperidad es una palabra feroz. Seduce porque suena bien y aunque no es muy grandilocuente viene cargada de alusiones barrocas. Es un orfebre del alfabeto que pretende hacer brillar las penumbras de las bambalinas, y en sus manos frágiles teje un engaño sutil, una trampa dulce, un hechizo del tiempo.

No está asociada al sistema y tampoco a la religión. Su posibilidad de enunciación no está limitada por lo económico ni por lo emocional. Y el impulso primario que lleva a cuanto humano la escucha a querer protegerla y resguardarla, es más ficticio de lo que podría suponerse.

Prosperidad es casi una palabra que se ha venido escuchando durante siglos sin que nadie jamás la haya podido pronunciar en realidad. Prosperidad es una mueca del aire, un consuelo de barro, un sinfín de vaguedades y atrofias del alma.

Es el peón que ha quedado sólo en tablero junto a un Rey moribundo y cobarde que ya sin poder le exige lo imposible. Es el peón que a pesar de la tragedia, improvisa movimientos ágiles en un cuadrilátero que lo acuchilla en cada vértice.

Prosperidad. Es la mentira vestida de frac. El silencio sonando en Do Mayor. El doble ascenso en un año. La fe ciega en tú capacidad para domesticar cocodrilos y hacerlos vivir a tu merced.

Prosperidad. Una verdad contada por elefantes.

UN SICARIO

Han matado nueve gallinas para celebrar el cumpleaños de la abuela. Todavía cuelgan con sus cogotes devastados del cordel de alambre que improvisó el tío Mario. El viento levanta tierra en el patio y el calor es insoportable. El olor a sangre de animal está en el ambiente, se impregna en la ropa y la nariz. Pero todos lo disimulan. Lo que viene es pura alegría, suponen.

Celebran con los ojos. Son ochenta años y vienen parientes de muy lejos. Los más pobres y los más distinguidos. Y también el hijo menor de Doña Aurora, que hace poco eligieron diputado nacional por un partido conservador.

Llegan dos camionetas y se estacionan en la entrada de la humilde casona. Descienden cuatro hombres serios, arman una fila y esperan erguidos. Así un rato. Y de pronto Julián llega en un auto gris con vidrios negros. Los vecinos del barrio se agolpan, se mezclan con los invitados, y al bajar, una muchedumbre lo rodea con cámaras de foto, cartas y banderas. Pero el flamante representante ha aprendido bien el oficio de esquivar a la gente. Se escabulle, se mete en la casa de prisa y da un abrazo fastuoso a la abuela que llora de emoción.

Lucas permanece ajeno a todo. Aprovechando el despampanante despliegue se ha encendido uno y lo fuma a escondidas en el patio. Lo acompañan dos amigos, Javier y Pedro. Ambos han querido ir a ver al diputado, pero Lucas se los prohibió rotundamente. Exhalan a su turno el humo gris de un tabaco que huele a cerezas y miran las gallinas degolladas.

- Pobrecitas – dice Lucas.

Pasan minutos. Se sientan a la mesa. Algarabía manifiesta y mucha bronca y envidia bajo el mantel. Ya nadie se preocupa si todos los invitados han llegado. Suben el volumen de la música, ingresa un carro con una bandeja enorme con bebidas de muchos colores. Aplauden, se ríen, se miran, se olvidan para siempre.

Todos levantan la copa y hacen un esfuerzo por dejar de lado los últimos treinta años, y se cuentan el cuento de ser una familia grande y unida. Ya no se odian ni se olvidan tanto.

Silencio súbito. La abuela capta la atención. Es el momento del discurso. Habla en plural pero mira en singular. Está quieta en Julián, el diputado, el conservador, el único capaz de hacerles olvidar que son un tropel de tercos miserables; Julián, ese que a escondidas hace suspirar a las primas y masturbarse a los primos. Julián que no ha cedido al elegante sport ni siquiera en un día así. El del orgullo, la moral pública bien elevada y el espanto privado bien sepultado.

Palabras y sentencias así son las que se le vienen a la mente a Lucas, mientras mira al tío Julián. No sabe cuando perdió conexión con la realidad. Hace mucho tiempo que no fuma tabaco, y a los catorce años siente que ya lleva tres vidas. Reniega más del hambre que de su trabajo. Al fin de cuentas se lo ha cargado encima, y ya no sabe cuando fue que empezó. Son cosas sencillas pero hay que prepararse bien. Ahora ya no tiene miedo, ni tiembla, ni sueña. Pero sigue necesitando encender con furia la mecha del impulso. Relojea, mira, inquieto, una chispa, y el humo se hunde hasta el sótano del pulmón.

Lucas se para sobre la mesa que está a punto de ser servida. La abuela se calla y le pide por favor. Se arrodilla. Cumple sus últimos ochenta años. Sabe las historias que duermen en los corazones de su descendencia. Los invitados se han vuelto una masa fecal homogénea y sus voces suenan como borbotones del pantano. Lucas corre hacia la otra punta de la mesa para quedar frente al diputado. Dos guardaespaldas de contundente apariencia homosexual atinan a defenderlo pero la soberbia los detiene con la palma de la mano en alto. Lucas grita. Saca un arma del bolsillo del pantalón y dispara cinco tiros en la cara del diputado conservador. Julián, el que ya no respira.

Lucas, el que cuenta miles de dólares con cada disparo. Se seca el sudor de la frente mientras piensa cuánto mejor es cobrar por bala que por muerto. Y no deja de reírse ni siente vergüenza cuando, al volver, su mirada se cruza con la de sus inocentes amigos. Tiene que irse pronto, y probablemente cuando se vuelvan a ver, estarán seniles de tanta violencia.

DEMASIADA FELICIDAD

Te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo. La plaza estaba desierta aquella tarde, y nadie quería tener razón. Hubo un sol manso, que empinado en tu cintura me hizo pensar en el atardecer. Puras imágenes sin realidad. Y en el cantero principal se retorcían de risa unos crisantemos rojos, azules y amarillos, recién regados. Estábamos a punto de dar un paso. Pero tal vez la paloma no lo quiso, o a la rana del estanque se le antojó que era demasiada felicidad.

El temor al fracaso me había hecho darle mil vueltas a la idea. Tenía tu boca cerca. Recién habían cortado el césped y se sentía la humedad en el viento recio del invierno. Pensé, seguro que demasiado, en el futuro, en los amigos, en los secretos. Pero todo volvía en forma de espanto. Dominaba con palabras absurdas la proximidad y estiraba con silencios imprudentes el feroz encuentro.

Es que, te lo digo ahora que han pasado tantos años que ni fotos nos quedan de la felicidad que ampararon nuestros cuerpos flacos, yo no sabía nada de labios aquella tarde. Y no quería darte motivos para el desprecio. Pero frente a la mujer que promete más de lo que uno ha soñado, cómo manejar la inexperiencia. Cuando vuelvo a pensar en ese instante de adolescencia al borde de la Plaza Irlanda, siempre nace una pregunta en mis ojos: ¿qué es la cautela?

Te lo dije, brutal y desenfrenado. Nunca he besado, tengo la saliva virgen, sincera, ardiente y esperanzada. Tengo los labios áridos, ingenuos, dotados, contenidos. Tengo la boca acelerada, pura, transparente. Soy la inmaculada sombra de un niño que no sabe cómo vestirse de hombre para no perder la mágica pensión del sexo que se sirve en la bandeja del primer amor.

Y no me entendiste. Te dije todo eso, así tal cual ahora lo escribo. Y no me entendiste. Porque tenías quince años y la experiencia te gustaba más que la poesía. Y la verdad te asustaba más que la mentira. Y la urgencia te apuraba más que la prudencia. Y todo, el césped, el sol, los crisantemos, y un camioncito que vendía helados, te pareció gris, o blanco o negro.

Y te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo.

En agosto siempre vuelvo a la plaza. Desde aquella tarde, el frío del invierno huele a caramelo de los niños de la esquina. Y en el banco donde estuve a punto de besarte por primera vez, han puesto mil carteles de políticos que nunca llegaron a nada. Me siento y escucho a lo lejos la voz de un hombre que vende garrapiñadas. Y miro alrededor y la plaza sigue vacía.

Es tierno el tiempo cuando uno se queda solo, habitado por nostalgias o besos que jamás nacieron.

Y son muy tristes las cosas que perduran en el tiempo y nos hacen pensar en los tiempos que nos faltaron para conseguir perdurar sin tristeza en las cosas.

IDEAS

Me pedí un licuado de bananas y abrí Clarín Espectáculos. A la segunda hoja me detuve en un titular mediocre: “Graciela Borges prepara nueva película”. Leí bajada, copete y epígrafe y no entendí nada. Pensé en los pobres periodistas que ganan menos de lo que dejan. Pero seguí con la nota. Y párrafo a párrafo me fui indignando. El guión de la película se parecía mucho a una idea que había tenido y desarrollado cuando fui estudiante de cine. Casi sobre el cierre de la nota, en negritas y sin anestesia, estaba el nombre del autor: mi profesor de guión. Ese que se hacía el confianzudo, me dedicaba tiempo extra fuera de clases, y me pedía copia por email de cada línea que escribía. Y yo que pensé que era puto.

Me afanaron dos veces esa tarde. La segunda fue con el licuado. A lo mejor perdí noción del tiempo y el espacio pero ¿35 pesos? Tenía dos tareas impostergables: a) confirmar que esa idea al menos había sido registrada en lo de los muchachos de la propiedad intelectual, y b) chequear el precio del kilo de bananas en alguna verdulería.

He recibido no pocos pedidos para revelar en este momento el nombre del maldito plagiador. Pero no voy a hacerlo. Del mismo modo que tampoco diré el nombre del bar y/o barrio donde consumí semejante asalto a la carta.

Bananas, el kilo, según la zona, va entre los 6 y los 11 pesos. Por kilo entran cinco o seis bananas. Con esa cantidad más la leche te podés hacer algo así como dos litros de licuado. En fin, hecho en casa el mismo vaso me costaba alrededor de $ 3. Pero, hace mucho que aprendimos que costo y valor no son lo mismo. Si me quedaba en casa nunca me enteraba lo de la película de la Borges, porque yo esas cosas no tengo en casa. Le digo cosa a Clarín Espectáculos. Con lo cual creo que salí ganando.

O al menos eso pensaba cuando todavía tenía abierto el grifo de una esperanza gris llamada AMPI (Asociación de Muchachos de la Propiedad Intelectual). Buen dííííííía, me recibió sonriendo una rubia de años y años acumulados en la lengua. No me acuerdo si hace muchos años registré una obra o no, como se puede averiguar, le expliqué. Dejando de lado la sonrisa inicial y comiéndome con los ojos, preguntó, ¿tipo de obra? Escrito, le dije. Escritos hay muchos, ¿de qué se trata? un cuento, una canción, una poesía, una obra de teatro. No no no, la corté rápido para no hacerle perder más tiempo. Se trata de una idea, murmuré casi sobre su carcajada hiriente. Se dio media vuelta para atrás y mirando muy suelta a otra rubia muy parecida a ella, lanzó la maldita frase: Normita, vamos a tener que abrir el Departamento de Ideas nomás.

REGADERAS

ESTE POST ES UN POCO MÁS LARGO QUE DE COSTUMBRE

PERO CON LA COSTUMBRE NO VAMOS A NINGUNA PARTE

DAME TIEMPO, QUE YO TE DOY BASTANTE

Todo bien, capaz que en tu agenda catastral todavía caben un montón de postergaciones y eso te da la pauta de que es posible seguir creyendo en el lifting de mercado que te venden en cuotas. Pero la juventud ya pasó. Están en otro sitio los nombres y los pecados que antes eran una especie de tregua con la muerte. Son recuerdos lentos de cosas que pasaron rápido. Son heridas oxidadas de navajas tan superficiales como cuentos de amor a los quince.

(Andrea daba besos con sabor a las Yapa. Cada tanto me compro un paquete para volver a besarla. Hago polvo cada pastilla y con mi saliva fabrico una pasta que unto sobre mis labios. Entonces, siento que Andrea está volviendo a trepar por mi boca)

Te entiendo. Lo más terrible de abandonar la juventud es todo el tiempo que lleva. Desde las primeras sospechas a las últimas certezas pasan cientos de años. Y lo más probable es que la muerte te encuentre en ese tránsito. La vida consiste en aprender a abandonar la juventud y la juventud consiste en aprender a abandonar la vida.

Mi historia personal, por ejemplo. A los treinta me empecé a dar cuenta. Tuve momentos en los que dije ya está, asumido, resuelto, otra etapa. Y después me arrepentí mucho de esos momentos: volví a los pantalones ajustados, los colores ruidosos en las remeras y peinados raros viejos y armados. En ese vaivén absurdo fui de los discos de Goyeneche y Adriana Varela a los recitales de Miranda. De las series serias de Fox a las primeras temporadas de Los Simpsons. De un verano en sunga con ron y frutillas a un invierno con mantas y whisky importado.

(Puntual: descubrí que ya no era joven en una oportunidad en la que estando con mi madre sentí por primera vez más miedo que ella. Siempre me perturbó la diferencia entre los abominables miedos de mi madre y los míos minúsculos. Y un día fue al revés. Los jóvenes y los viejos le temen a pocas cosas. Los adultos están preñados de miedos, igual que aquel viajero que se queda pierde en mitad del camino y no puede llegar pero tampoco regresar)

Lo curioso es que nunca se te va el malestar de una preocupación absurda que se manifiesta en la mediocridad de los segundos que te corren y te sacan a correr: dieta y gimnasio para estar en forma, chocolates importados antes del último adiós, mejor viajar y después tener hijos, cosas simples y cosas complejas, y sobre todo una multicolor paleta de trabajos nuevos que no pagan tanto como los que nos permiten vivir haciéndonos tantas preguntas sobre el trabajo que queremos tener y no podemos. Ah! Paleta circular de colores que se funden y terminan en el blanco.

(Ahora pienso todo el tiempo que perdí haciendo el círculo cromático, dos veces por años, cinco años en la vida. La de besos que hubiese podido dar en vez de mojar cerda en témpera de ofertas en el Hogar Obrero)

Es cierto, la edad es una cosa y la juventud es otra. Pero antes de los treinta. Después no. Un montón de neuróticos, amigos y enemigos, empleados globales de la negligencia y la imprudencia, te rompen los esquemas, te llaman por teléfono, te dejan mensajes dramáticos en el muro, juegan con tu sensibilidad tuitera y hasta vienen a tocar el timbre de tu casa para decirte que mejor domar el espíritu, tirar la toalla, llenar la pileta, cortar el césped, y morir de pie.

Regaderas de plomo para hombres de madera y mujeres de plástico: las flores se secan más rápido cuando nadie las riega.

APRENDER A NADAR

Ayer por fin pude decirle que ya no lo íbamos a intentar más. Que las reconciliaciones funcionan un par de veces, pero casi nunca se pueden convertir en el modo determinante de un vínculo. Cuando se vive de reconciliaciones es porque se sobrevive entre peleas. Y así la rutina la marca una contradicción permanente que se vuelve insostenible si alguno de los dos conserva la cordura.
El tiempo deja residuos imposibles de reciclar. Silenciosa mugre que se acumula debajo de las uñas y entre los dedos de los pies. Un catálogo inexorable que sacamos a relucir en el diván de nuestro analista sin mayor esperanza que confirmar lo abominable. El tiempo deja nombres, cuentos e historias que no tienen razón de ser. El tiempo niega al amor.
También le dije que nos merecíamos ese final tanto como antes supimos conseguir todo lo demás, esas cosas bonitas que durante años llamamos felicidad. Y en ese arranque desenfrenado, le advertí que iba a ser imposible mantener intactos todos los recuerdos, aunque prometí no olvidarme jamás de su sonrisa.
Es extraño, pero percibimos la velocidad del tiempo en esos momentos en los que el tiempo parece detenerse. Hay breves instantes en la vida donde sentimos la capacidad de pausar casi todo; y en ese instante de calma la velocidad atraviesa la experiencia y morimos de angustia crónicamente pasajera.
Después pasamos quince minutos sin hablar. Es cruel la última vez, porque uno la supone, tal vez la presiente, o hasta incluso puede imaginarla mil veces; pero se vive una sola. Una única vez imposible de atrapar. Si nos dieran a elegir coleccionaríamos todos los encuentros finales, todas las despedidas, cada una de las veces que vimos por última vez a un gran amor que nunca fue el último.
Hay cosas que ya no podemos intentar. Eso le dije antes de doblar la esquina. Se nos va haciendo tarde para pilotear aviones, surfear olas en Hawai, fumar a escondidas de nuestros padres, o ir a trabajar sin dormir. Pero por suerte nos quedan otras. Dejemos de intentar aquellas posibilidades que el tiempo ya nos ha quitado, Ana. Vamos a concentrarnos en lo que podemos hacer, vamos a dejar de vernos y esta vez va a ser para siempre. Te recomiendo que aprendas a nadar. Porque nunca se hace tarde para aprender a nadar. A mí me está haciendo bastante bien.

SERVIR

No Marcia, no encendí las estufas. Es cierto que regresé temprano, más que nunca. Pero no encendí las estufas. No lo hice porque necesitaba revelarme. Estoy un poco cansado de andar por esta casa haciendo todo lo que usted ordena en tono de sugerencia. ¿Sabe acaso lo que dicen de mi Ramona y Gervasio? Seguro que sí porque su costumbre de escuchar conversaciones ajenas tras las puertas no ha menguado con la edad. En cualquier caso, a quien le importa tanto. Esa pobre gente no tiene otro espectáculo al que asistir en la vida. Pero el otro día me enfrenté con mi propio límite. El chofer, de quién desconozco el nombre en absoluto, me condujo por una diligencia muy menor hacia el centro de la ciudad, y en el camino de regreso me exigió que le diera dos días libres el próximo mes a cambio de no revelar los pormenores del sitio al que me llevó. Por supuesto que me negué. Pero él insistió con firmeza y dijo: no creo que a Marcia le guste conocer los detalles de esta tarde agitada. Han empezado a usar su nombre como amenaza, me extorsionan porque saben que me doblego frente a su presencia. Su sola mirada me paraliza, su aliento me pone en jaque, sus gritos me alteran, sus desaires me desesperan. Ando sin rumbo tratando de no cometer ni un solo error. Pero no tiene sentido, porque está en mi el fantasma de su persecución perpetua, Marcia.

Me gustaría que diga algo. Que se defienda. Que me diga que estoy equivocado, que nunca esperó nada de mi, o mejor aún, que soy perfecto haciendo cada uno de los quehaceres necesarios para mantener la casa reluciente y que mi moral y decencia están en la más alta estima. Pero no. Duerme usted esta noche el profundo sueño de los victimarios más temidos. Por eso he venido a dar con el final de mi angustia. A desprenderme de una vez por todas del yugo de su brazo. Lo he pensado. He dado mil vueltas en la cama imaginando con qué palabras enfrentarla para conseguir algo de piedad o misericordia. Y que al menos las mañanas se volvieran más tranquilas. ¿Por qué Marcia? ¿Por qué no fue capaz de dejarme vivir sin perturbarme, sin adormecer mi hombría, sin ensañarse con mi felicidad, sin entorpecer mi trabajo? Ya no tengo honor Marcia. Mi reputación cae por el suelo, y estoy seguro que en otras casas tan distinguidas como esta hablarán de mí como el único mayordomo que sucumbió a su ama de llaves. Un perro faldero sin consuelo que vale menos que la mugre que limpian su criados. El perro faldero de la gran Marcia. ¿Por qué mujer de hierro? ¿Acaso porque no supe amarla en la penumbra de los pasillos y en los tiempos muertos que muy de vez en cuando nos dejan los Señores? ¿O por la cobardía de no haber escapado juntos a tiempo, ese plan ridículo que pretendió en su juventud aún sabiendo que poníamos en riesgo nuestro futuro y el de nuestro amado hijo?

Perdón Marcia. Ya no puedo vivir con su cuerpo como fantasma. Con sus labios como hiedras. Con sus manos como lazos que atan nudos imposibles. La mato por las entrañas, que es por donde me dio vida. La mato por la garganta, que es por donde me enseñó a pecar. La mato por las manos, que es por donde me golpeó sin piedad. La mato toda antes de que despierte, para abandonar la cárcel que me enferma y seguir sirviendo sin edad ni vergüenza a los grandes hombres de esta patria.

NO

Tal vez escribí mil veces que no, sin pensar en lo difícil del duelo. Es amarga esta dinastía de muertos que te abruman con deudas y no dejan herencias. Admito mi falta de conciencia, mi afán desmedido, mi ilusión y mi romanticismo. En esa trampa estoy dando vueltas, tratando de entender. Y mientras desentierro de mi abdomen el filo de acero que tus uñas dejaron, reniego de todos los no que escribí, sin pensar en tu duelo.

No es verdad que el amor pueda mutar sin remedio en enfermedad crónica. Y tu mendigar sin sentido, no hace más que edificar una larga fila de paranoicos abusos que con falsa ternura esperan en la puerta de la reconciliación.

No se agota la magia del primer segundo por más horas que se acumulen sobre la frente. Y tu reclamo nervioso por las cosas, los números, las cuentas y el dinero, pronostica una fría mañana de bienes que se separan y caminos que se dividen.

No vuelven los fantasmas del pasado mientras los del presente son más fuertes. Y el miedo a perder pone en tu boca nombres que ya ni recuerdo, y los hace volar como dagas que cruzan de lado a lado la cama de hospital en la que duermo.

El duelo te ha convertido en perpetradora. Me mata de a poco tu incapacidad para olvidar. Me deja inmóvil, me pierde, me desnuda, me arroja a las vías del tren. Y a pesar de todo, quiero seguir pensando que algún no todavía es posible. Aunque sea, para resistir a la vida.

VICTIMAS

Siento asfixias en toda la casa y tengo ganas de matar en todo el cuerpo. Todavía no logro olvidarme de las noches que pasaron, y de las cosas que dijeron, y de las bombas que hicieron explotar. Y lo que más me perturba es la ingenuidad con la que hice mis cálculos: no los vi venir, no presentí ni siquiera el mísero olor de sus babas.

Ahora ladran con palabras humanas en la puerta de calle. Han colmado las veredas y las calles de adoquín, y quieren que entregue mi cuerpo para una carnicería pública que nada va a remediar, aunque si colmará sus ansias de orden y su mesiánica necesidad de control.

Si no pienso rápido, quemarán las puertas, dispararán contra las ventanas, y romperán en pedazos los recuerdos de mi vida y con ellos también me llevarán a mí. Y todo en nombre de la civilización que han visto perturbada por mi excepcional gesto bárbaro.

ACÁ ESTAMOS

Acá estamos. Los hijos de los que nunca tuvieron nada. Esperando que la rueda de la fortuna se detenga otra vez, a ver si cambian los vientos y los años. Acá estamos, mirándonos en el espejo que heredamos de una abuela nacida al sur de Italia, buscando en el fondo de tanto reflejo la modestia que trajeron en barco. Acá estamos. Los hijos de los que no fueron a la universidad. Deseando reconocimientos postergados que sólo merecemos mientras el anonimato medie entre nosotros y la felicidad. Acá estamos, orgullosos de lo insatisfecho que nos ponen todas las postales de la historia que fuimos coleccionando. Acá estamos. Los hijos de los que siempre alquilaron casas de dos habitaciones. Revisando en qué momento se puso duro el paño y la baraja dejó de deslizarse sin obstáculos. Acá estamos, rezando sin saber ni querer, comprando aspiradoras en cuotas para tener siempre limpia la alfombra en la que duermen a menudo los amigos más cercanos. Acá estamos. Los hijos de los verduleros y las maestras de primer grado. Desatando una competencia feroz con el tiempo para ver quien llega primero a la muerte. Acá estamos, oxidados de tanta obra social sin respaldo, queriendo salir de la enfermedad a costa de cualquier miserable pedazo de pan. Acá estamos. Pese a todo, sin odio. Masticando la culpa de haber tocado el cielo que ellos ni siquiera imaginaron. Un cielo bajito con el que se conforman los que después de la universidad consiguen rápidamente un trabajo y con el primer sueldo empiezan a soñar que fabrican familias donde hay hijos que mañana se sentirán hijos de los que nunca tuvieron nada.

TOMADA

Tengo la ilusión tomada. Pero no importa. Eso sí: esta es la última vez que me agarran ganas de cambiar el mundo. Lo prometo. Y bajo promesa, me dedico a fertilizar las plazas y jardines de la ciudad, para ver si de tanto esfuerzo edulcorado nace alguna conciencia maquillada. Porque con eso alcanza. Después que se vayan, que nos dejen, o se pongan en contra si quieren. Pero ahora, no sientan que la revolución está en sus manos, porque adquieren un look muy patético. Ahora tomen el pedacito de dignidad que les queda en el fondo de la billetera y conviden buen porvenir a los vecinos. Ahora, dejen de tenerle miedo a las calles y los jóvenes oscuros y permitan a sus pupilas dilatarse. Ahora, no se cuelguen de una ilusión amarilla que les promete llegar al sol, porque no es verano, y no necesitamos playas privadas sino arenas comunes.

Insisto, esta es la última vez. Dejo todo lo que puedo en los cuadernos y carpetas, en las paredes, en el asfalto, en los carteles que voy pegando en las avenidas. Me aferro al último resquicio de optimismo y salgo al frío helado a tomar el pulso de los que escriben con la derecha. Los paro uno a uno en la calle, les doy un cigarro, se los enciendo, y les pido por favor que cambien. Y les digo que para cambiar hay que saber.

Pero es la última vez. Pienso pasar así los próximos veinte días. Pero si después fracaso, si fracasamos todos en el último intento, no me ven más el pelo. Me hundo en las entrañas de un subterráneo, me refugio en el balcón de mi casita de Saavedra, me quedo rancio viendo pasar los taxis cargados de políticos al volante, espío los noticieros para ver cómo la gente se mata antes de morirse, riego las plantas de mi interior y que nazca lo que sea: y que se hunda la imprudencia en lo infernal, y que no haya más canciones que nos acompañen, porque después del diluvio el sonido será el silencio.

Tengo la ilusión tomada, pero no importa.

PERINOLA

El mundo como una perinola. Todos ponen. Y entre giros y tumbos, los que ganan se aferran al futuro, y los que pierden al pasado. Juego extraño, de carambolas y azares, que desata un sin fin de asombros.

Pon uno. A mí, a lo que me queda en el bolsillo, a los diplomas que acumulé, a la experiencia que sólo llena el currículum. Temblores del alma que avivan el fuego de los deportados. Todavía hay demasiado olvido en tu sonrisa.

Pon dos. Hay sacrificios que no voy a hacer. Si quieren me perdonan, y sino me castigan. Pero ya no me tientan con promesas de estación: la primavera pasó hace rato, y todavía recuerdo el día que me prometió no volver jamás.

Toma uno. ¿Para qué? Si lo que nos faltan son cien o quizás mil. Ese cuento ya lo quisieron vender por acá: de granos de arena está hecho el desierto. ¡Mentira africana! Los desiertos y los ríos que los desean tienen dueño.

Toma dos. Cuanto conformismo persigue al optimista que se arrastra por la limosna del cóndor. Prefiero la sutileza del hornero, o la destreza de la calandria. Volverá el cielo a pintarse de gris y mis manos llorarán tu ausencia con lágrimas rojas.

Suspiros de ácido contaminan la esperanza. La política descarriló antes de llegar al andén. Todavía vemos el humo de los vagones retorcidos. El trigo se desgarra. El carbón se incendia. Mientras los hombres vestidos de negro, toman todo.

LOS PERROS

Tengo un padre que fue hachero, un hijo viudo y un hermano militar. Mi madre murió el día de mi primera comunión y mi esposa se fue con otro antes de los cinco años de matrimonio. Casi no tengo amigos y hasta ahora los extraños siempre han sido una buena compañía.

Toda mi vida he trabajado en la oficina de tránsito de la municipalidad. Nunca me ascendieron, pero nunca me humillaron. Las responsabilidades del primer día fueron idénticas a las del último. Cuando me jubilé organizaron una fiesta homenaje porque tuve el record de años de servicio.

Ando por el pueblo en una camioneta destartalada que compré en un remate. Hace mucho ruido y parece que va a despedazarse en cualquier momento, pero tiene un lindo pasacasette en el que escucho algunas milongas mientras doy vueltas por las calles casi vacías.

Hace veinte años alquilo una casa modesta en una de las orillas. Y aunque no es de mi propiedad, eso ya ha dejado de agobiarme. Como ahora tengo más tiempo, he sacado a mi padre del asilo y lo traje a vivir conmigo. La pasamos muy bien juntos, aunque él casi no escucha.

Dice mi hijo que debería hacer un viaje. Aunque no sé muy bien a dónde. Cuando me preguntan por lugres que me gustaría conocer siempre digo el sur. Pero se me hace muy lejos y no sé si estoy preparado para un viaje tan largo.

Yo lo más que anduve fue hasta el pueblo vecino, por unos trámites. Y tampoco fueron tantas veces. Cuando la gente se amontona ya me pongo nervioso. Y si en las calles hay muchos autos, pienso que en cualquier momento me van a chocar.

Así que prefiero quedarme acá. Tranquilo en el patio de casa. Tomar mate y compartir la vida con Dorotea, que aunque está viejita, sigue siendo leal. Pienso que cuando ella se muera, será el quinto perro que entierre en el fondo del patio de esta casa que alquilo desde hace veinte años.

UN MUNDO MEJOR

Justo cuando empecé a creer que un mundo mejor era posible, dejé de soñarlo. Antes tenía nítidas imágenes sin proyecto alguno para alcanzarlas. Ahora tengo profundas convicciones sin imágenes.  Y me pregunto si en este mundo tan preñado de visualidades es posible hacer algo nuevo sin tener que graficarlo antes.

Porque nos hemos quedado en la era de los crayones. Nuestros hijos necesitan cajas cada vez más grandes, con tonos y gamas que se multiplican hasta el infinito, hasta volver casi imperceptible la delicada línea que divide al celestito del más celestito. Para que nada nos impida representar la diversidad, y mucho menos el color de la diversidad.

Puras patrañas. Porque los crayones vienen en cajas que son el resultado de una cadena que fabrica la explotación de otros niños que, en esa porción del mundo que nos han hecho conocer como el “lejano, muy lejano”, sólo pueden pintar la vida con el blanco de la sal y el negro del carbón.

Sin embargo, igual creo que es posible. El mundo que quiero es un mundo en el que las ideas estarán por encima de los íconos que asuman como disfraces. Un mundo sin máscaras, ni atuendos, ni luces. Una vida consumada en las bambalinas de la cultura, donde todavía los actores deambulan semidesnudos, y no han llegado a ser personajes en la tragedia del escenario.

Un mundo en el que sólo mil imágenes valgan lo mismo que mil palabras.

EL APARATO

Tiene los ojos saltones el aparato. Te mira, me mira, nos mira. Y piensa que la realidad es cubista.

Tu mano se alza por encima de cabezas con pies en lugar de orejas, y en vez de dedos en la punta lleva una boca que intenta gritar y no puede.

El aparato se regocija en la fragmentación y te ahoga. Pero también, te ofrece respiradores artificiales en cómodas cuotas.

El aparato está en tus vecinos, en tus deseos, en tus patentes atrasadas. El aparato no fabrica solamente las miserias de la vida diaria, también hace posible las maravillas que se consumen a montones.

Es un modo de soñar, una forma de cocinar, un modelo a seguir y el ídolo que canta desde tu mp3.

El  aparato no te da tregua aunque te de vacaciones. Te prepara playas y montañas especiales, te asigna tarjetas de crédito que te hacen creer que es posible, te fomenta el entusiasmo y te lo carga de objetos innecesariamente fundamentales.

El aparato inventa historias de las que somos protagonistas: cupones de descuento que son puro cuento; barras que son el código de nuestra perpetua cadena; y mucho material aislante en todas partes.

El aparato no necesitas guardias ni guardianes. Es un manto que nos cubre sin pedirnos nada a cambio. Nos hace portadores de una singularidad que más tarde utiliza sin piedad para pasarnos por encima.

El aparato, bicho raro de difícil explicación. Engendro in vitro de un laboratorio para la libertad que sigue fabricando enfermedades y medicamentos, como aceite vital para el buen funcionamiento de los engranajes.

El aparato, hermano menor del sistema.

LA PESQUISA NACE

(para una mejor comprensión te recomiendo que antes o después, te leas esto)

I

Al Rengo Cerviño se lo quería cargar medio pueblo. A todos, de alguna manera, les había robado algo. Aunque siempre con justicia: a los ricos un poco más y a los pobres un poco menos. Pero en los pueblos chicos, la impunidad es una aliada del rumor, y juntos crecen sin mesura ni destino.

II

Lo cierto es que el Rengo era el blanco de una sensación colectiva de venganza alimentada en una postergación permanente y que nunca acababa por estallar.

III

Tal vez por eso, porque su palabra no tenía crédito, cerró la boca aquella noche de cine en el Club Sportivo Arroyito, cuando descubrió que la tela blanca que hacía de pantalla estaba perforada.

IV

Pero también porque secretamente tuvo la intuición de que en ese agujero quemado por la pólvora nacía una pesquisa capaz de revelar el misterioso asesinato del Dr. Nario Olfino y dar con los culpables. Y sobre eso quería el monopolio absoluto. Después de todo, la vida le daba la oportunidad de reivindicar su buen nombre.

V

Mientras todos corrían desaforados tratando de superar el desconcierto, la ambulancia del hospital entró marcha atrás y sus frenos chillaron justo al costado del cadáver. Un médico y un enfermero muy joven trabajaron rápidamente;  pusieron el cuerpo sin vida sobre la camilla y lo cargaron. Atrás subió también la flamante viuda.

VI

El Rengo vio toda la escena parado junto a la tela blanca mientras trataba de poner en orden las primeras y casi disparatadas ideas que se le venían sin freno a su cabeza. Conocía cada personaje del pueblo en profundidad. Había entrado en sus casas en la oscuridad de la noche o en la ausencia durante las vacaciones, había abierto escritorios y forzado cajas fuertes, pero también había leído papeles inconvenientes y documentos comprometidos, y sabía de fotos secretas y videos privados.

VII

El Rengo tenía al pueblo en sus manos mucho más de lo que todos creían; tal vez por eso le llevó menos de veinte minutos tener las primeras hipótesis y armar mentalmente el mapa de una investigación difícil pero apasionante y necesaria para su propio destino.

VII

En ese repaso mental de nombres, vínculos y archivos estaba cuando la voz aguda de una rubia platinada lo trajo otra vez al mundo real.

- ¡Rengo! ¡Rengo! Si no venís ya conmigo me voy sola. ¡Rengo!

VIII

El Rengo la miró y la vio con su minifalda de cuero, sus botas con tachas y su musculosa intransigente, y fue cruel. Se arrepintió tanto de haberla invitado al cine improvisado en el Club Sportivo Arroyito, tanto, tanto, tanto, que no pudo disimularlo.

- Andá vos sola Raquel, yo mañana paso por tu casa.

BARCOS

En mi almohada están pintadas las velas de los barcos que ayer te trajeron y hoy te llevan. Azares de óleo que sueñan mares sin sal donde tu paciencia se hunde. El tiempo y sus antojos de humano. ¡Qué vergüenza me dan las cartas que te escribí ahora que estás a punto de llevarte todas las respuestas! Después de la despedida y las promesas, siempre llega la melancolía de las palabras mudas, la especulación sin sentido del futuro ciego, y la soberbia de la soledad faldera que te come las uñas con limas de porcelana. Los humanos y sus antojos de tiempo.

Está bien que te vayas y que no pidas permiso, ni perdón, ni clemencia. A la larga, los que fácil se arrodillan se convierten en devotos del fracaso. Y no soy capaz de desearte semejante compañía en la celda de tu futuro. Si al fin de cuentas, es tu vida la que va prendida en la bandera de un mástil helado por el viento. Esa vida que tantas veces quise cambiar y no pude. Esa vida que no me daba nada mientras me regalaba todo. Esa vida de estanque sin ranas, ni algas, ni hojas podridas en el fondo. Esa vida que no quise y añoro, porque era tuya y mía, de nadie y de todos: seca, fácil, dulce, joven. Y que ahora, de pronto sin certeza pero convencida, va hacia la nada en busca de la redención.

En este cambio de clima que asume tu personalidad, esta aventura promete ser la más inolvidable. Me abraza la locura de sólo pensar que jamás podré sentir el olor de tus noches al despertar ni la luz de tus mañanas al dormir. Tendrás allá lejos y en medio del mar la vida que yo te imaginé. Y mientra esa vida suceda, seguiré imaginando. Y mi imaginación tejerá una capa de distancia con la que algún tiempo después espero abrigar a los hijos que ya no me darás.

Cruceros que no miran el agua que dividen: rumiantes de la felicidad que vienen con máscaras preciosas a llevarse el mercurio hirviendo que corre en mis venas. Me explota en las manos la vida, pero te saco la venda de los ojos y te dejo elegir en libertad; y mientras, casi como un susurro, mi corazón se pone a cantar la primera de todas las canciones que me enseñaste.