TE DESCONOZCO

De ayer, de antes, de todos los tiempos, te desconozco. Del hambre, del viento, del mundo gastado que traen tus sandalias, te desconozco.

En las esquinas donde nos despedimos y los ascensores donde nos encontramos, te desconozco. En la calesita eterna de tu plaza dulce, te desconozco.

Como si jamás hubiésemos llorado en la penumbra, te desconozco.

De las fotografías, de las verdades, de las letras en la arena, te desconozco. De las siestas, de los puentes que cruzamos, de las uñas largas, te desconozco.

En la rayuela de tiza que dibujamos y en las hamacas tímidas que fabricamos, te desconozco. En los nombres y los documentos, te desconozco.

Como si ningún verano nos hubiese propuesto la revolución, te desconozco.

De las redes sociales, de los pasillos de hospital, de las banderas sin color, te desconozco. Del mal gusto de tu memoria, te desconozco.

En el baile esquivo de tu cintura y en la eternidad de tus piernas, te desconozco. En el patio de tu casa y entre los muebles de oficina, te desconozco.

Como si nunca te hubiese escrito mi número de teléfono en la palma de tú mano, te desconozco.

Te desconozco, y esa es mi mejor intención de amor.

ELEFANTES

Marfil entrando por tus ojos. Y una ceguera roja como el agua.

Prosperidad es una palabra feroz. Seduce porque suena bien y aunque no es muy grandilocuente viene cargada de alusiones barrocas. Es un orfebre del alfabeto que pretende hacer brillar las penumbras de las bambalinas, y en sus manos frágiles teje un engaño sutil, una trampa dulce, un hechizo del tiempo.

No está asociada al sistema y tampoco a la religión. Su posibilidad de enunciación no está limitada por lo económico ni por lo emocional. Y el impulso primario que lleva a cuanto humano la escucha a querer protegerla y resguardarla, es más ficticio de lo que podría suponerse.

Prosperidad es casi una palabra que se ha venido escuchando durante siglos sin que nadie jamás la haya podido pronunciar en realidad. Prosperidad es una mueca del aire, un consuelo de barro, un sinfín de vaguedades y atrofias del alma.

Es el peón que ha quedado sólo en tablero junto a un Rey moribundo y cobarde que ya sin poder le exige lo imposible. Es el peón que a pesar de la tragedia, improvisa movimientos ágiles en un cuadrilátero que lo acuchilla en cada vértice.

Prosperidad. Es la mentira vestida de frac. El silencio sonando en Do Mayor. El doble ascenso en un año. La fe ciega en tú capacidad para domesticar cocodrilos y hacerlos vivir a tu merced.

Prosperidad. Una verdad contada por elefantes.