HIPOCONDRIAS

Ustedes que no se enferman, que jamás sospechan de raras afecciones, que no sienten dolores incómodos, que no se contracturan, que no se descomponen, que no se marean. Ustedes que siempre están bien.

Que no saben lo que significan palabras elementales como paracetamol, ibuprofeno o dramamine. Ustedes que no usan pastilleros de viaje, que no toman aspirinas por las dudas, que no les importa si hay farmacias de turno en el barrio. Ustedes que son tan naturales.

Ustedes que salen ilesos de cualquier intercambio sexual sin profilaxis, que no saben de chequeos de rutina, que jamás vieron una aguja perforar su epidermis. Que crecieron sin médico de cabecera, que no conocen hospitales, que nunca soportaron el tedio de la espera en una guardia de madrugada. Ustedes que no pierden el tiempo.

Que no miran la tabla de colesterol en los envases de los alimentos, que no saben cual es la presión normal ni el ritmo cardíaco adecuado, ustedes que no necesitan llevar certificados  médicos a los gimnasios, que no se agitan, que no tienen palpitaciones, que no se alteran, que no se estresan. Ustedes que viven tan tranquilos.

Ustedes que no tuvieron orzuelos, ni cayos, ni ampollas, ni llagas, ni heridas profundas. Que nunca despegaron un apósito, ni enroscaron una venda ni dieron a firmar el yeso con que se recuperan las fracturas expuestas. Ustedes que no se irritaron, que desconocen la varicela, el sarampión y la tos convulsa. Ustedes que vienen de una infancia encantadora.

Que se adaptan a cualquier clima sin picos de presión, que soportan los esfuerzos, que vuelan sin que se les tapen los oídos, que jamás se constipan ni tienen diarreas, que no sufren insomnio ni pesadillas. Ustedes a los que nunca les llora un ojo ni les duele una muela. Ustedes que son casi más que humanos.

Catriel

Una tarde de enero, sin preámbulos ni avisos, te vas o te llevan, no sé todavía qué fue exactamente, y espero poder revelar ese misterio antes de cualquier otra cosa; como sea, lo cierto es que durante días no estuviste, y tu desaparición se convirtió en una noticia estruendosa, y del anonimato eximio en el que vivimos nosotros y tus hijos y tus vecinos y tus amigos, saltamos a la primera plana de los periódicos nacionales que tomaron tu nombre como marca de gaseosa y la pusieron en las marquesinas, con letras pintadas de colores, y dibujaron en la circunferencia de tu apellido un misterio necesario para paliar la falta de noticias del verano y sus afluentes, y entonces, cuando tu vida, tus deseos proyectos tradiciones esperanzas y firmas en los papeles están a punto de convertirse en un caso más, cuando la solidez de tus pasos por el mundo está a punto de desvanecerse en la incógnita sepulcral de los noticieros televisivos y tu peregrinación parece esfumarse y convertirse en espíritu de las pequeñas historias policiales irresueltas, así de pronto, la sombra pálida del hombre que fuiste, la imagen de un cuerpo dócil y un espíritu débil, la voz apagada de tus cincuenta y pico de diciembres acumulados en el lomo, se presenta brutal y despiadada, siniestra en su forma, imposible en su distancia, se presenta, adquiere luz, claridad y cuerpo en el lado opuesto a donde todas mis angustias te esperaban, y como si no importara acaso ninguno de los vínculos y los placeres que te cobijaron hasta el pasado día uno, ya no sos el hijo de esta tierra que te vio limpiarte los mocos, patear en los potreros, subir a las camionetas, revisar la tierra, proveer la fertilidad, organizar la rutina, porque ahora toda tu creación pertenece a la fábula mediática que inventan y reproducen en la capital de los sueños y los repartos, esa que tantas veces juraste no pisar, esa que te costó tranquilidades y sobresaltos, esa que te robó hermanos y parientes, esa que te asfixia, que condena a toda tu gente, que te limita el margen de acción y salvación, esa que ahora, sin más conocimiento que las pocas líneas y las escazas fotos que algunos irreverentes han provisto, te pronostica un futuro lleno de complicaciones, y te mete en los consultorios y los hospitales para hacerte estudios médicos, esa que lo mismo le da la primera o la segunda docena en las apuestas que levanta para su ruleta de la política mediática sin rumbo ni consuelo, y que sin embargo, desde algún lugar, tal vez no inocente, tal vez no deseado, empezaste a alimentar algún día no tan lejano del pasado de tu vida que, sin dudas, por más tapas de diarios que empiecen a enmudecer de tu nombre hastiadas por la decadencia comercial de tu caso, jamás volverás a recuperar en un sentido estricto y verdadero, y digo esto a riesgo de equivocarme y pasar por alto la posible idea de que todo esto pueda ser el resultado de un plan ideado por tus manos, planificado por tus piernas, y que ahora sin ninguna culpa y con la mayor soberbia tu lengua saborea en secreto.