DEMASIADA FELICIDAD

Te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo. La plaza estaba desierta aquella tarde, y nadie quería tener razón. Hubo un sol manso, que empinado en tu cintura me hizo pensar en el atardecer. Puras imágenes sin realidad. Y en el cantero principal se retorcían de risa unos crisantemos rojos, azules y amarillos, recién regados. Estábamos a punto de dar un paso. Pero tal vez la paloma no lo quiso, o a la rana del estanque se le antojó que era demasiada felicidad.

El temor al fracaso me había hecho darle mil vueltas a la idea. Tenía tu boca cerca. Recién habían cortado el césped y se sentía la humedad en el viento recio del invierno. Pensé, seguro que demasiado, en el futuro, en los amigos, en los secretos. Pero todo volvía en forma de espanto. Dominaba con palabras absurdas la proximidad y estiraba con silencios imprudentes el feroz encuentro.

Es que, te lo digo ahora que han pasado tantos años que ni fotos nos quedan de la felicidad que ampararon nuestros cuerpos flacos, yo no sabía nada de labios aquella tarde. Y no quería darte motivos para el desprecio. Pero frente a la mujer que promete más de lo que uno ha soñado, cómo manejar la inexperiencia. Cuando vuelvo a pensar en ese instante de adolescencia al borde de la Plaza Irlanda, siempre nace una pregunta en mis ojos: ¿qué es la cautela?

Te lo dije, brutal y desenfrenado. Nunca he besado, tengo la saliva virgen, sincera, ardiente y esperanzada. Tengo los labios áridos, ingenuos, dotados, contenidos. Tengo la boca acelerada, pura, transparente. Soy la inmaculada sombra de un niño que no sabe cómo vestirse de hombre para no perder la mágica pensión del sexo que se sirve en la bandeja del primer amor.

Y no me entendiste. Te dije todo eso, así tal cual ahora lo escribo. Y no me entendiste. Porque tenías quince años y la experiencia te gustaba más que la poesía. Y la verdad te asustaba más que la mentira. Y la urgencia te apuraba más que la prudencia. Y todo, el césped, el sol, los crisantemos, y un camioncito que vendía helados, te pareció gris, o blanco o negro.

Y te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo.

En agosto siempre vuelvo a la plaza. Desde aquella tarde, el frío del invierno huele a caramelo de los niños de la esquina. Y en el banco donde estuve a punto de besarte por primera vez, han puesto mil carteles de políticos que nunca llegaron a nada. Me siento y escucho a lo lejos la voz de un hombre que vende garrapiñadas. Y miro alrededor y la plaza sigue vacía.

Es tierno el tiempo cuando uno se queda solo, habitado por nostalgias o besos que jamás nacieron.

Y son muy tristes las cosas que perduran en el tiempo y nos hacen pensar en los tiempos que nos faltaron para conseguir perdurar sin tristeza en las cosas.

APRENDER A NADAR

Ayer por fin pude decirle que ya no lo íbamos a intentar más. Que las reconciliaciones funcionan un par de veces, pero casi nunca se pueden convertir en el modo determinante de un vínculo. Cuando se vive de reconciliaciones es porque se sobrevive entre peleas. Y así la rutina la marca una contradicción permanente que se vuelve insostenible si alguno de los dos conserva la cordura.
El tiempo deja residuos imposibles de reciclar. Silenciosa mugre que se acumula debajo de las uñas y entre los dedos de los pies. Un catálogo inexorable que sacamos a relucir en el diván de nuestro analista sin mayor esperanza que confirmar lo abominable. El tiempo deja nombres, cuentos e historias que no tienen razón de ser. El tiempo niega al amor.
También le dije que nos merecíamos ese final tanto como antes supimos conseguir todo lo demás, esas cosas bonitas que durante años llamamos felicidad. Y en ese arranque desenfrenado, le advertí que iba a ser imposible mantener intactos todos los recuerdos, aunque prometí no olvidarme jamás de su sonrisa.
Es extraño, pero percibimos la velocidad del tiempo en esos momentos en los que el tiempo parece detenerse. Hay breves instantes en la vida donde sentimos la capacidad de pausar casi todo; y en ese instante de calma la velocidad atraviesa la experiencia y morimos de angustia crónicamente pasajera.
Después pasamos quince minutos sin hablar. Es cruel la última vez, porque uno la supone, tal vez la presiente, o hasta incluso puede imaginarla mil veces; pero se vive una sola. Una única vez imposible de atrapar. Si nos dieran a elegir coleccionaríamos todos los encuentros finales, todas las despedidas, cada una de las veces que vimos por última vez a un gran amor que nunca fue el último.
Hay cosas que ya no podemos intentar. Eso le dije antes de doblar la esquina. Se nos va haciendo tarde para pilotear aviones, surfear olas en Hawai, fumar a escondidas de nuestros padres, o ir a trabajar sin dormir. Pero por suerte nos quedan otras. Dejemos de intentar aquellas posibilidades que el tiempo ya nos ha quitado, Ana. Vamos a concentrarnos en lo que podemos hacer, vamos a dejar de vernos y esta vez va a ser para siempre. Te recomiendo que aprendas a nadar. Porque nunca se hace tarde para aprender a nadar. A mí me está haciendo bastante bien.

SERVIR

No Marcia, no encendí las estufas. Es cierto que regresé temprano, más que nunca. Pero no encendí las estufas. No lo hice porque necesitaba revelarme. Estoy un poco cansado de andar por esta casa haciendo todo lo que usted ordena en tono de sugerencia. ¿Sabe acaso lo que dicen de mi Ramona y Gervasio? Seguro que sí porque su costumbre de escuchar conversaciones ajenas tras las puertas no ha menguado con la edad. En cualquier caso, a quien le importa tanto. Esa pobre gente no tiene otro espectáculo al que asistir en la vida. Pero el otro día me enfrenté con mi propio límite. El chofer, de quién desconozco el nombre en absoluto, me condujo por una diligencia muy menor hacia el centro de la ciudad, y en el camino de regreso me exigió que le diera dos días libres el próximo mes a cambio de no revelar los pormenores del sitio al que me llevó. Por supuesto que me negué. Pero él insistió con firmeza y dijo: no creo que a Marcia le guste conocer los detalles de esta tarde agitada. Han empezado a usar su nombre como amenaza, me extorsionan porque saben que me doblego frente a su presencia. Su sola mirada me paraliza, su aliento me pone en jaque, sus gritos me alteran, sus desaires me desesperan. Ando sin rumbo tratando de no cometer ni un solo error. Pero no tiene sentido, porque está en mi el fantasma de su persecución perpetua, Marcia.

Me gustaría que diga algo. Que se defienda. Que me diga que estoy equivocado, que nunca esperó nada de mi, o mejor aún, que soy perfecto haciendo cada uno de los quehaceres necesarios para mantener la casa reluciente y que mi moral y decencia están en la más alta estima. Pero no. Duerme usted esta noche el profundo sueño de los victimarios más temidos. Por eso he venido a dar con el final de mi angustia. A desprenderme de una vez por todas del yugo de su brazo. Lo he pensado. He dado mil vueltas en la cama imaginando con qué palabras enfrentarla para conseguir algo de piedad o misericordia. Y que al menos las mañanas se volvieran más tranquilas. ¿Por qué Marcia? ¿Por qué no fue capaz de dejarme vivir sin perturbarme, sin adormecer mi hombría, sin ensañarse con mi felicidad, sin entorpecer mi trabajo? Ya no tengo honor Marcia. Mi reputación cae por el suelo, y estoy seguro que en otras casas tan distinguidas como esta hablarán de mí como el único mayordomo que sucumbió a su ama de llaves. Un perro faldero sin consuelo que vale menos que la mugre que limpian su criados. El perro faldero de la gran Marcia. ¿Por qué mujer de hierro? ¿Acaso porque no supe amarla en la penumbra de los pasillos y en los tiempos muertos que muy de vez en cuando nos dejan los Señores? ¿O por la cobardía de no haber escapado juntos a tiempo, ese plan ridículo que pretendió en su juventud aún sabiendo que poníamos en riesgo nuestro futuro y el de nuestro amado hijo?

Perdón Marcia. Ya no puedo vivir con su cuerpo como fantasma. Con sus labios como hiedras. Con sus manos como lazos que atan nudos imposibles. La mato por las entrañas, que es por donde me dio vida. La mato por la garganta, que es por donde me enseñó a pecar. La mato por las manos, que es por donde me golpeó sin piedad. La mato toda antes de que despierte, para abandonar la cárcel que me enferma y seguir sirviendo sin edad ni vergüenza a los grandes hombres de esta patria.

NO

Tal vez escribí mil veces que no, sin pensar en lo difícil del duelo. Es amarga esta dinastía de muertos que te abruman con deudas y no dejan herencias. Admito mi falta de conciencia, mi afán desmedido, mi ilusión y mi romanticismo. En esa trampa estoy dando vueltas, tratando de entender. Y mientras desentierro de mi abdomen el filo de acero que tus uñas dejaron, reniego de todos los no que escribí, sin pensar en tu duelo.

No es verdad que el amor pueda mutar sin remedio en enfermedad crónica. Y tu mendigar sin sentido, no hace más que edificar una larga fila de paranoicos abusos que con falsa ternura esperan en la puerta de la reconciliación.

No se agota la magia del primer segundo por más horas que se acumulen sobre la frente. Y tu reclamo nervioso por las cosas, los números, las cuentas y el dinero, pronostica una fría mañana de bienes que se separan y caminos que se dividen.

No vuelven los fantasmas del pasado mientras los del presente son más fuertes. Y el miedo a perder pone en tu boca nombres que ya ni recuerdo, y los hace volar como dagas que cruzan de lado a lado la cama de hospital en la que duermo.

El duelo te ha convertido en perpetradora. Me mata de a poco tu incapacidad para olvidar. Me deja inmóvil, me pierde, me desnuda, me arroja a las vías del tren. Y a pesar de todo, quiero seguir pensando que algún no todavía es posible. Aunque sea, para resistir a la vida.

DON JOSÉ DE SAN MARTÍN

Dos años consecutivos traté de ser Don José de San Martín; y fue por amor. La más linda de todas las pibas de quinto grado se llamaba Analía, y tenía aires de grandeza. La tocabas en sueños, únicamente. Y la mirabas de reojo o a través del vidrio. Arisca, insolente, despiadada. Pero preciosa. Debajo del guardapolvo reluciente, le asomaba siempre una camisa con volados despampanantes. Tenía los zapatos lustrados y un perfume mágico que nunca más volví a oler.

Me ignoraba con admirable empeño. Ni siquiera mis maldades cotidianas la apartaban de su estabilidad emocional tan poco enfocada en mi. Le robé gomas, lápices, una caja de fibras de doce, y hasta la cartuchera completa un día. Terminé en la dirección diez veces en un año, me humillé frente a mis padres, y tuve penitencias interminables.

También probé por el camino del convencimiento. Me endeudé sin asco en el kiosco de la esquina del colegio, comprando al por mayor topolinos con sorpresa que secretamente dejaba debajo de su banco o dentro de su portafolio. Y ella nada: se los comía sola en el recreo, brillando bajo el sol de la primavera, y después, con la boca llena de caramelo jugaba largas horas con su juguetito.

Un domingo en bicicleta pasé treinta veces por la puerta de su casa, para ver si salía por casualidad o asombro. Pero ni un centímetro se movieron las persianas que le impedían verme. Agoté los modos y los métodos: me senté muy cerca en el banco de la iglesia, le propuse hamacarla con fuerza, le ofrecí mi patineta, le calqué un mapa de favor, y hasta me robé tizas que después ella se llevaba para la casa.

Pero un agosto de crudo invierno, cuando mi desolación alcanzaba su punto más bajo, una luz se volvió a encender. La maestra entró con la noticia de que nos habían asignado la responsabilidad de preparar el acto para conmemorar un aniversario más de la muerte de nuestro libertador, Don José de San Martín.

Escribió en el pizarrón los nombres de los personajes que había que representar y esperó el ofrecimiento gentil de su alumnos. Analía, suave y encantadora, dijo que iba a ser de Remedios de Escalada. No perdí el tiempo, y en absoluta conciencia de mis profusas limitaciones actorales, me ofrecí para ser San Martín. Después de mí, atragantado por la bronca de un momento de lentitud, Andrés, el otro pretendiente, apenas pudo anotarse en el papel del Sargento Cabral.

Listo, pensé. Dos pájaros de un tiro. Empezaron los ensayos. Y claro, sobre las tablas quedaron al desnudo mis dotes flacos. No había caso. Para empezar, tenía mucho texto que se me hacía imposible aprender. Pero cada día remontaba mi entusiasmo con la ilusión de la escena final: Don José besaba en la frente a su Remedios de Escalada. Y así, yo probaría la fruta imposible de mi Analía.

Continuara…

LOS TIEMPOS

I

En un guarda muebles de la calle Alsina dejé una mesa con dos sillas, el elástico de una cama de dos plazas, y un aparador con puertitas de vidrio amarronado. Me crucé a un bar y pedí café con leche y medialunas. Cuando por fin me lo trajeron, saqué del bolsillo de la camisa la carta que me había escrito Mimí antes de irse. Después de leer la última línea en la que decía “y no te olvides que a Tito le gusta caminar a la tardecita así que no te olvides de sacarlo”, me puse a llorar sin parar. El amor es una colección de momentos que sólo se perciben como recuerdo. El amor depende del olvido. Y de la soledad. Mimí llegó a mi vida una madrugada de lluvia, a la salida del restaurante donde trabajaba como encargado. Ni la esperaba, ni la buscaba, ni la necesitaba. Pero me dolió su fragilidad en medio de la abominable tormenta.

II

No quiero que un día cualquiera, después de las flores en la cama y el olor a tostadas por toda la casa, te vayas con las valijas cargadas de tres años de pases mágicos. Al menos, fantaseo con no contribuir en nada con semejante decisión. Prefiero concentrarme en todo lo contrario, a riesgo de no ver venir la soledad, y descubrirla súbitamente, sin más remedio que la resignación.

III

He estado dejando cosas en tu muro con el perfil de un usuario de nombre falso. Y no lo hice por cobarde, sino por perverso. Para probarte una vez más que el camino que te lleva de la ignorancia a la pasión desenfrenada siempre está lleno de cosas triviales y efímeras. Aunque a tus amigas le digas lo contrario. Y te lo crean. Me gustó ver como ibas cambiando tu estado de ánimos, tus frases cortas, tus fotos, tus amigos, tus eventos, tu páginas favoritas, en la medida que te cortejaba un desconocido.

IV

La ciudad es grande y la vida corta. En un monoambiente no entramos todos, aunque necesitamos estar más cerca. La luz es lo de menos, ahora hay lámparas de bajo consumo; en unos años el sol quemará la Tierra. Puedo vivir sin lavadero, y ojala que el buzón se llene de cartas.

LAS MUJERES QUE SE PERFUMAN HUELEN SIEMPRE BIEN

Dijo que fuéramos al hotel, y ya habían pasado las 5 am. En el lobby ella murmuró palabras que parecían de amor. Pero después vinieron los cigarrillos, el humo, y el polvo. Volvió a repasar el plan con sonidos dulces que estremecieron mi oído derecho. Y pensé en el plomo entrando en la carne. Tuve miedo. El vino ardiente me hizo tentar con el arrepentimiento. Pero Sabrina olía demasiado bien para desobedecerle.

Todas las promesas brillaban. Y no teníamos demasiado tiempo. Los turnos cambiaban a las seis. Lo había estudiado todo. Así que dormimos una tibia siesta con los ojos abiertos. La mucama se escandalizó cuando ella bajó el cierre de mi pantalón. Dejó la máquina de lustrar en soledad. Y Sabrina me recordó cómo me había convencido.

No vimos más gente. El ascensor estaba abierto de par en par y una luz blanca venía desde el fondo. Me dijo el número de la habitación. 327. Me puso el arma en el bolsillo del saco. Un 38. Me dio besos en la frente. 2. Y encomendó a Dios mi aventura.

Quince minutos después, el forcejeo con un prevenido esposo entrado en años, me condujo a un final inesperado. Toda mi seguridad salió brutalmente por la ventana de un tercer piso, y sobre la vereda fría de una madrugada trágica se desparramó mi cerebro. Vi las partes de mi memoria en el piso. Y las de mi inteligencia corrieron alcantarilla abajo.

Me gusta esta tumba en Kansas. Todos volvemos a casa algún día. Tan enterrado estoy que ni un rayo de sol me da. Pero la tierra negra huele demasiado a Sabrina.

 

PERFECTO

I

Perfecto. Asesino. Rapado. Virgen. Suicida. Perdido.

II

Se aglomeran en mi nariz estornudos aparentes, y se me vuelve vicio esa sensación orgásmica que estruja el pulmón. Tienden a caerse los nidos de avestruz que cargo sobre mis hombros. Sobre un colectivo que pasa tronando, un conventillo de hienas traidoras se disputa la única cámara fotográfica. En una vidriera de Modart han puesto tres fotos mías en blanco y negro. Dos globos rojos explotan en la cornisa del edificio de obras públicas y derraman sangre sobre las estatuas de la galería.

III

Tengo ganas de darle una seca a un LeMans suave. Y no se si se fabrican todavía. Un LeMans suave era como un susurro de cocodrilo en medio de la selva espesa. Me parece que me voy a fumar uno que mi tío me regaló para mi fiesta de graduación. Pero no sé, de sólo pensar en los lobos marinos y los osos polares que van a venir a quejarse del humo, me da bronca. Hoy por hoy, humo de LeMans suave fabricado en los ochenta es para gozar y coleccionar.

IV

Mentís Marta. Mentís y te gusta. Te gusta porque en la mentira sos la mujer que siempre quisiste ser y nunca te dejaron.

Mentís Marta. Vos no tomás clases de canto. Ni vas a cenar con tus compañeros de gimnasio. Ni tampoco tu jefe te invita a desfiles de alta moda.

Mentís Marta. Mentis del mismo modo que otros prefieren soñar. Pero vos sos insaciable y no te alcanza con imaginarte una vida llena de cosas dulces. También la inventás para otros.

Mentís Marta. Vos no te compraste cremas importadas de la India. Ni te da miedo pasar por debajo de las escaleras. Ni siquiera es cierto que hayas recibido flores en tu cumpleaños.

Mentís Marta. Mentís porque sos mediocre. Porque no podés controlar tu ansiedad y tus ganas de llegar a reina. Pero sabés que el nombre no te da, y el apellido tampoco.

Mentís Marta. Vos no encontraste al mejor odontólogo de la ciudad. Ni bajaste trescientos gramos el mes pasado. Así que no vengas con eso de que te entran los pantalones del verano.

Mentís Marta. Mentís porque no te queda otra. Porque te hubiese encantado tener un hijo, pero como no pudiste, andas diciendo que los mellizos estudian en el exterior.

Mentís Marta. Nunca fuiste a Berlín, ni tenés un pedazo del muro en la mesita de luz de tu habitación. Ni fumaste habano, ni conociste a Fidel, ni sos pasajero frecuente en LAN.com.

Mentís Marta.

SUBJUNTIVA III

(cuando aparecen las palabras “entre comillas” los amantes implicados hacían un gesto típico alzando sus manos y agitaban al mismo tiempo los  dedos índice y mayor de ambas manos)

BEATRIZ: Quería verte otra vez porque me entró una “duda”.

ROBERTO: Ah bien… decime.

BEATRIZ: ¿Vos te quedaste con “mis” discos de Laura Pausini?

ROBERTO: Me los “quedé” porque vos me los “regalaste” ¿te acordás?

BEATRIZ: Si, perfectamente. Pero eso fue hace “mucho”.

ROBERTO: Vos no me podés reclamar ahora cosas que me regalaste en otra época.

BEATRIZ: Si puedo. Los regalos no tienen “época”.

ROBERTO: No, claro, al fin estamos “de acuerdo”. Pero las personas y las relaciones sí tienen “épocas”. Y esta es una “época” diferente.

BEATRIZ: Bueno, si es una “época” tan “diferente”, supongo que no querrás escuchar más esa música.

ROBERTO: Te equivocás… porque “esa” música me gustaba desde “mucho” antes de “conocerte”.

BEATRIZ: Te los quedaste a propósito “¿no?”

ROBERTO: Mirá si tanto los extrañas te los podes bajar y listo.

BEATRIZ: Yo no me “bajo” música. Yo me “compro” música.

ROBERTO: Bueno, te decía porque es lo más “práctico”.

BEATRIZ: Si, pero lo más “práctico” no siempre es lo “correcto”.

ROBERTO: En este caso “práctico” y “correcto” coinciden. Porque lo “práctico” y lo “correcto” sería que no me llames más por estas cuestiones.

BEATRIZ: Así que ahora, algo tan obsceno como “esto” para vos es una “cuestión”.  ¿Y a que otras situaciones graves vos le ponés el rótulo de “cuestión”?

ROBERTO: “¿Obsceno?”

BEATRIZ: Roberto, por favor. Yo sé muy bien que esto lo hacés para seguir prolongando el vínculo entre nosotros…

ROBERTO: “Prolongando” nada Beatriz. Los discos son “míos”. Esa es la única “cuestión”.

BEATRIZ: Bueno, pero es que justamente vos no lo estás planteando como “cuestión”, sino como “hecho consumado”: son tuyos y punto. Lo que yo te vengo a reclamar es que se trata de una “cuestión”, porque al no estar “tan” claro quien tiene la propiedad sobre los discos, todo esto es una “cuestión” que habrá que dilucidar, “cuestión” en el sentido de “interrogante”, ¿se entiende?

SALIR

No me imagino la vida sin  vos. Pero no puedo dejar de  arriesgarme a una vida  distinta sólo porque no me  la imagino. Porque quizá mi  falta de imaginación está  unida a tu presencia crónica  en mis mañanas, mis tardes  y mis noches.

Así que me voy. Pero no para buscarte reemplazo, sino para encontrar otro modo de estar en el mundo. Uno que no se parezca tanto a la dependencia, y que descanse más en la libertad y la capacidad de renacer.

No quiero que estés triste, porque no me llevo ni un solo recuerdo malo. De hecho, no me llevo fotos porque todas me hablan de lo felices que hemos sido y de lo increíblemente mágica que la vida se nos fue regalando mientras estuvimos juntos.

Tampoco quiero que hablemos respecto de mi partida. Tus preguntas no encontrarán respuestas, y no porque no quiera dártelas sino porque no existen. Y el problema, por más horas de café nos pasemos tratando de encontrarle la vuelta, es que siempre me vas a hacer las preguntas incorrectas.

Te agradezco los reproches tanto como los consejos. Todos me confirman tu amor inmenso, sano y sereno. Me gustaría tener más tiempo para anotarlos en un cuaderno y así poder releerlos cada vez que sienta haberme equivocado. Pero no tengo tanto tiempo. Así que haremos de cuenta que tus consejos y tus reproches son besos de despedida que me das a falta de besos verdaderos.

Si vas a llorar te ruego que lo hagas más tarde, cuando ya no esté. Siempre he preferido tu tristeza o tu mal humor a tus lágrimas. Cuando tus ojos se empañan por mi culpa siento el mar abrirse y deseo morir ahogado. Pero aunque nada de esto haya cambiado, igual voy a irme pese a tu llanto. Y así las cosas sólo podrían estar peores.

No me imagino la vida sin vos. Así que me voy. No quiero que estés triste, porque no me llevo ni un solo recuerdo malo. Tampoco quiero que hablemos respecto de mi partida. Te agradezco los consejos y los reproches. Si vas a llorar te ruego que lo hagas más tarde, cuando ya no esté. Porque no me imagino la vida sin vos. Y a pesar de todo, ya estoy por salir.

LUCES

No le importó nada: ni sus hijos durmiendo en la habitación contigua, ni sus fotos de casamiento colgadas en la pared, ni sus casi treinta años  llevados con delicada perfección, ni mi virginidad un poco atrasada. Se abalanzó sobre mi cuerpo impávido, le arrancó las vestiduras, y empezó a  devorarlo todo.

Me costó entrar en la noche, en la oscuridad del adulterio, en la ceremonia de lo que cada vez más era mi verdadera primera comunión. Pero en la  radio estaban dando una canción de Michael Bolton que no puedo recordar, y la escuché y me dejé poseer como quien se entrega a dulce filo de los  colmillos de un vampiro.

Dimos mil vueltas. Estuvimos en cada rincón de esa cama que no era ni mía ni de ella. El remolino de improvisación y nerviosismo que armaron  nuestras bocas y brazos y piernas, fue dejando una estela de aromas cálidos que pronto nos trajo la luz del día a nuestros ojos, que siempre  estuvieron tan abiertos como el mar.

Me vistió con una paciencia que antes no había tenido. Me besó con una ternura que antes no había mostrado. Y me abrazó con un temblor diferente, ese que sólo sienten los que están todo el tiempo solos.

Me dijo: cada noche que pases por mi casa y veas la luz del porche encendida, es porque estoy sola y esperándote. Y me fui a desayunar solo. Fui tan grande esa mañana.

No la volví a ver. Pasaron los años, malvados; cada tanto el destino me lleva a pasar por la vereda de su casa y siempre encuentro aquella luz encendida.

No puedo más que pensar en tres explicaciones posibles: o es producto de un descuido porque ya se olvidó de todo lo que hizo y dijo aquella noche; o es una señal que ahora tiene con otro amante no tan virgen pero amante al fin; o todavía espera que yo vuelva con la frescura adolescente en mi boca para confirmarle que lo único que pone freno a la crueldad del tiempo es la ilusión de una sola noche de pasión.

El gato sin botas, sin nada; afilado como el acero

Dudando estaba Amalia entre poner huevos de campo o de criadero a la mayonesa casera que estaba a punto de batir con sus robustos brazos, cuando de pronto, el gato gris del vecino se le asomó muy campante por la pequeña ventana de la cocina y mirándola fijo a los ojos le habló en lenguaje humano.

Casi al instante, mientras la hermosa mujer discutía en silencio con su conciencia pacata, vio crecer de entre el pelaje sedoso y cuidado del animal, una erección suprema que acabó por desconcertarla. Con tal panorama en frente y la mayonesa aún por hacerse, Amalia decidió ponerle fin a tal inescrupulosa irrupción dando una orden certera y firme que pretendió devolver al felino a los aposentos de su dueño, imaginando tal vez ingenuamente que la voz erguida de una solterona voluptuosa llevaría al animal a poner freno a su impúdico estado de ansiedad, por llamarlo de algún modo.

Pero no. Resistiendo con estoica firmeza y aprovechándose del asombro que no dejaba de dominar el rostro de su interlocutora, sobre todo la parte de la mandíbula, el gato se animó a más y le confesó que la espiaba todas las noches desde hacía meses, y aprovechando entonces el pasmado estado en que la dejó, tendió un arañazo delicado que con delicioso tino rasgó uno de los senos de Amalia y la obligó a emitir un gritito muy parecido a un gemido que no hizo más que prolongar la ya mayúscula erección del animal.

Entregada a un episodio doméstico que parecía un sueño fatal, un sueño que de haber estado sobria jamás se hubiese permitido tener, Amalia llevó súbitamente su mano izquierda sobre el pecho dañado tratando de contener el derrame evidente de sangre, mientras el gato se relamía y en silencio la miraba libidinoso entre cerrando los ojos más verdes que nadie jamás haya visto.

La sorpresa fue inaudita para ambos cuando entre los dedos temblorosos de Amalia que apenas alcanzaban a sostener la teta herida, empezó a brotar no el líquido rojo que anuncia la insalvable rajadura de la piel, sino un espeso jugo blanco que al mismo tiempo y casi susurrando nuestros dos protagonistas celebraron enunciando la palabra leche. De la emoción, Amalia retiró su mano y dejó fluir ese manantial inesperado. El gato se abalanzó con todo el instinto animal que había cultivado en sus cortos cinco años de vida, y empezó a lamer con la fuerza de quién por primera vez descubre que puede gozar con aquello mismo que debe alimentarse.

Amalia gritó tanto que los vecinos vinieron a socorrerla, y una vez que estuvo rodeada, casi atrapada y sin salida, pensó que era imposible explicar la situación. Con el gato encima, todo húmedo, erecto y desquiciado, ella atinó a decir: la mayonesa, la mayonesa, la mayonesa.

VISTE

¿Viste que no era tan puro romántico sincero incomparable único inigualable salvaje interminable arriesgado exultante honesto vigoroso delicado irrepetible transparente fuerte comprometido rebelde indescriptible profundo excitante complejo exquisito aventurero calmo enigmático complicado incandescente cruel interesante maravilloso optimista sublime extravagante ágil arrollador marginado dulce serio poderoso exigente creativo dañino egoísta loco elegante generoso divino azul afectuoso dedicado sencillo místico centrado dócil hipersensible culto descontracturado amargo evidente caprichoso lúdico sexual sereno educado sano virtuoso flexible ejemplar vago llamativo escandaloso envidiable mínimo exigente edulcorado curioso sonante profuso irritable desmesurado elocuente ingenioso descarriado pletórico ciego carnoso y amable nuestro amor?

CONVERTIR EL PANTANO EN ASFALTO

No me pidas coherencia. Te puse mil veces un ticket de avión entre las manos y vos siempre decidiste guardar en la valija más cosas de las que podías llevar. Entonces no digas que yo estoy pensando en las flores marchitas y los árboles del otoño, porque es un descaro. No me despierto enredado en culpas ni duermo con sobresaltos. Todos los espasmos que ves son simplemente rayas de amor que consumo al atardecer, mientras se desvanece el perfume de tu pelo sobre el escritorio.

No soy yo el que desayunó postre y cenó mandarinas. Si tuvieras más entusiasmo y abrieras las tarjetas de cumpleaños con más calma, uno de los tantos destinos te hubiera parecido pertinente. No puede el amante desmedido contemplar todas las enfermedades, las ataduras y las irresponsabilidades del sujeto amado. Ahora mismo, a pesar de la frustración que tú tímido parpadeo impone sobre mi orgullo, no dejo de descargar arena seca en mi patio trasero, tratando de convertir el pantano en asfalto.

Y no te anuncies en la recepción con nombres falsos, porque ya me los conozco todos. Aunque inventes pasaportes de colores y tapados sin piel. Se que venís detrás del camuflaje inconfundible del adulterio y la desmesura. Te conozco por el modo en el que tus talones golpean el parqué y tu corazón retumba amargo en la sala de espera.

Ayer decidí no volver a casa. Hundí las llaves de la alacena en las aguas turbias de la fuente de la plaza mayor. Y fabriqué un tinglado con alfalfa y alambres, cerca de la desembocadura de la omnipotencia. Al final del camino de todos los caminos, me radiqué con el nombre y apellido que me dieron mis padres. Pero puse una fecha falsa sobre mi frente. Ya he salido, ya he muerto. Y todos creen que fue por amor.

LA MUERTE DE LA PARTERA (I)

Me gustaba escucharla decir, con la misma frecuencia cardíaca y el mismo tono de voz despreocupado, cosas tan diferentes como: por mí no te preocupes, siempre seré tu puta; o como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací”.

Le gustaba Borges. La enfermaba Borges. Y me enfermaba con fragmentos de Borges a cada minuto del día. Borges a toda hora recitado con agudo tino en la interpretación, pero siempre mezclado con esas otras barbaridades que no podía contener: no quiero más hijos, suficiente martirio con el que ya me diste; un hijo que se parece tanto a vos que debo esquivarlo para no abusar de su sexo. Con Marito me basta. Algún día aprenderé a ser su madre, y ese día perderás a tu mujer.

No habíamos dejado pasar ni un segundo entre que nos vimos la primera vez y se desató nuestro vendaval de lujuria esquizofrénica. Y las cosas siempre fueron bien, sin condiciones, con la certeza de que lo único que nos pondría a salvo del tiempo sería el sexo, la búsqueda sofisticada de nuevos modos de excitar el cuerpo y la mente, incluso castrándolos cada tanto, condenándolos al enfriamiento deliberado, al engaño desenfrenado, o la mutilación parcial.

Por eso, porque su cuerpo estaba preparado para todo menos para engordar, y porque su mente estaba abierta a todo, menos a la idea de la reproducción, le costó tanto aceptar el embarazo.

Se había hecho tres abortos. Uno sólo conmigo. Y creo que por eso no dejamos que Maritio se fuera también por la alcantarilla. Lo intentamos pero algo que debe llamarse destino lo evitó. Estábamos en casa de la partera que clandestinamente hacía arte con el vientre podrido de las adolescentes del barrio. Una vieja conocida de Burzaco: Amalia Zurita. Tenía realmente una notable experiencia, sobre todo en esto de hacer las cosas sobre el filo de la ley y la moral. Estaba todo dispuesto, pero un momento antes de proceder, la vieja sufrió un terrible accidente eléctrico. Estaba enchufando el cable del velador que ponía cerca de la entrepierna de la paciente,  cuando la parca fortuna le erizó la piel y los pelos hasta convertirla en carne vieja, inmóvil, violeta, muerta. Vimos morir a Amalia Zurita, y un poco nos gustó. Yo quedé pasmado, ni siquiera atiné a apartarla. Y ella con las piernas abiertas. Tan abiertas como nunca se las había visto.

Estábamos asustados, pero nos atraía singularmente la idea de practicar sexo ahí mismo, en ese momento. No hablamos. Pero tuvimos una charla rápida con miradas mudas que fueron del cadáver de la vieja tirado sobre el piso a la lámpara de fluorescente que colgaba del techo, pasando por el sudor que empezaba a caer de su entrepierna y mojaba la camilla.

Siempre nos drogamos demasiado, vivíamos demasiado bien con eso como para erradicarlo. Aguantábamos el frío, y atravesábamos los veranos. Pero ese fue el único día que no nos drogamos. Y por eso, quizá, decidimos que un hijo era un modo de llegar a alguna parte. Dejar de cruzar la plaza para sentarnos en un banco y ver al resto pasar. Y dijimos que sí. Y vino Marito. Un hijo que tuvimos y no criamos. Un hijo que fue a las escuelas que no fuimos. Un hijo que creció sin tenernos. Un hijo que se hizo grande antes que nosotros. Un hijo al que ella perseguía hasta el cansancio, sin éxito. Un hijo que ahora, quien sabe donde está.

PANCITOS CASEROS

Esta conchuda se hace la superada. Me llama después de cinco años y me dice, con un descaro digno de documental: te extrañé. Lo  primero que le pregunto es dónde consiguió el número. Y sigue con esa insolencia: lo tenía, ¿no te acordás? No, no me acuerdo.  ¡Hija de puta! Si cuando la dejé de ver todavía no se habían inventado los celulares. Una de dos: o le corto ahora mismo, o le digo de  vernos para cagarla a trompadas. Pero no me deja meter bocado, y agrega, creyéndose misteriosa: necesito hablar con vos de un  tema importante. No entiendo, tendría que estar en un manicomio. Parece que es importante porque no me lo quiere decir por  teléfono.  En fin, quedamos para cenar.

Y yo todo el día me estoy haciendo la cabeza con lo peor. ¿Qué es lo peor? La dejé embarazada, y esta yegua no me dijo nada, y  seguro me cae con un pibe de cinco años que me dice papá, y me trae los cuadernitos del jardín para mortificarme con dibujos de una  familia sin padre. Tengo que ir preparado, con mi propia versión. Le voy a explicar bien clarito al pibe. Tiene que saber que acá la  culpable es la madre; si yo nunca me enteré. Quiero decir, nunca me dijo. ¿Capaz debí intuirlo? No, no, que no me venga con esas pelotudeces de mujer que hace yoga. No sé cómo pudo pasar. O sí, que se yo. La verdad que cogíamos todo el tiempo. Y a veces nos cuidábamos, y a veces no. Igual qué importa eso.

Así estoy todo el día. Haciendo cuentas, tratando de recordar momentos que a lo mejor nunca existieron, porque todo fue hace cinco años. Ya no me acuerdo si la deje o me dejó. No… ella me dejó. Si, entonces más a mi favor: si ella me deja ella es responsable de no haberme dicho nada. Pero todo esto cómo se lo explico a un pibe de cinco años. Pobre. Es increíble: sabemos cuándo el puñal de una mujer entra, pero nunca hasta dónde puede hundirse.

Si lo hubiese sabido en su momento, que se yo, lo asumía. Me hacía cargo. Pero a esta altura, un hijo es una complicación. Yo estoy en otra historia, bien, con convivencia de unos años, tranquilo. No puedo pensar en un hijo. No sé. Y si quiere guita. Menos. Porque si viene con el pendejo, seguro quiere guita. Yo la conozco, no va a venir porque si a decirme ¡ay sos padre disfrutá disfrutá, tenés un hijo! Seguro que sabe que ando con un buen laburo y lo que quiere es sacarme plata. Pero no, andá a saber si es mío. Yo primero me hago los análisis. Claro que al pibe no le digo nada, ya bastante se aguantó. Pero tampoco le voy a hacer un padre cariñoso de una. A ella, a solas, se lo digo sin filtro: Bueno, me mandé una cagada, está bien, lo voy a remediar, pero necesito estar seguro. Es lógico. ¿Es lógico? Si es lógico, hace cinco años que no la veo, que se yo si el pibe es mío.

Llega la noche. Yo estoy que no doy más. Nos vamos a encontrar en un lugar para cenar. Fino, lindo. Yo lo conozco de afuera, nunca entré. Ella ya me está esperando sentada a una de las mesas del fondo. Sola. Es piola, se vino sin el pibe. Entonces quiere guita. Enseguida intenta armar un teatro, por el tiempo que hace que no nos vemos. Se para como para abrazarme y besarme. No sé, me parece que me busca la boca para darme un beso, la esquivo. Al final nos sentamos. Y yo no me aguanto, y ella tampoco. Así que le digo, Andrea que pasa. Y ella, con una cara de amor que no le había visto jamás me dice: la empresa me ofrece irme a vivir a Miami. Irme del país, para siempre. Es una oportunidad única. Pero antes de aceptar quería estar segura de algo: ¿vos no te querés casar conmigo no?

Silencio total. El mozo trae unos pancitos caseros y los pone sobre la mesa, presintiendo todo.

Y ella sigue: No, porque en caso que quieras, yo no acepto el puesto y me quedo. Con vos.