TOMADA

Tengo la ilusión tomada. Pero no importa. Eso sí: esta es la última vez que me agarran ganas de cambiar el mundo. Lo prometo. Y bajo promesa, me dedico a fertilizar las plazas y jardines de la ciudad, para ver si de tanto esfuerzo edulcorado nace alguna conciencia maquillada. Porque con eso alcanza. Después que se vayan, que nos dejen, o se pongan en contra si quieren. Pero ahora, no sientan que la revolución está en sus manos, porque adquieren un look muy patético. Ahora tomen el pedacito de dignidad que les queda en el fondo de la billetera y conviden buen porvenir a los vecinos. Ahora, dejen de tenerle miedo a las calles y los jóvenes oscuros y permitan a sus pupilas dilatarse. Ahora, no se cuelguen de una ilusión amarilla que les promete llegar al sol, porque no es verano, y no necesitamos playas privadas sino arenas comunes.

Insisto, esta es la última vez. Dejo todo lo que puedo en los cuadernos y carpetas, en las paredes, en el asfalto, en los carteles que voy pegando en las avenidas. Me aferro al último resquicio de optimismo y salgo al frío helado a tomar el pulso de los que escriben con la derecha. Los paro uno a uno en la calle, les doy un cigarro, se los enciendo, y les pido por favor que cambien. Y les digo que para cambiar hay que saber.

Pero es la última vez. Pienso pasar así los próximos veinte días. Pero si después fracaso, si fracasamos todos en el último intento, no me ven más el pelo. Me hundo en las entrañas de un subterráneo, me refugio en el balcón de mi casita de Saavedra, me quedo rancio viendo pasar los taxis cargados de políticos al volante, espío los noticieros para ver cómo la gente se mata antes de morirse, riego las plantas de mi interior y que nazca lo que sea: y que se hunda la imprudencia en lo infernal, y que no haya más canciones que nos acompañen, porque después del diluvio el sonido será el silencio.

Tengo la ilusión tomada, pero no importa.

LOS PERROS

Tengo un padre que fue hachero, un hijo viudo y un hermano militar. Mi madre murió el día de mi primera comunión y mi esposa se fue con otro antes de los cinco años de matrimonio. Casi no tengo amigos y hasta ahora los extraños siempre han sido una buena compañía.

Toda mi vida he trabajado en la oficina de tránsito de la municipalidad. Nunca me ascendieron, pero nunca me humillaron. Las responsabilidades del primer día fueron idénticas a las del último. Cuando me jubilé organizaron una fiesta homenaje porque tuve el record de años de servicio.

Ando por el pueblo en una camioneta destartalada que compré en un remate. Hace mucho ruido y parece que va a despedazarse en cualquier momento, pero tiene un lindo pasacasette en el que escucho algunas milongas mientras doy vueltas por las calles casi vacías.

Hace veinte años alquilo una casa modesta en una de las orillas. Y aunque no es de mi propiedad, eso ya ha dejado de agobiarme. Como ahora tengo más tiempo, he sacado a mi padre del asilo y lo traje a vivir conmigo. La pasamos muy bien juntos, aunque él casi no escucha.

Dice mi hijo que debería hacer un viaje. Aunque no sé muy bien a dónde. Cuando me preguntan por lugres que me gustaría conocer siempre digo el sur. Pero se me hace muy lejos y no sé si estoy preparado para un viaje tan largo.

Yo lo más que anduve fue hasta el pueblo vecino, por unos trámites. Y tampoco fueron tantas veces. Cuando la gente se amontona ya me pongo nervioso. Y si en las calles hay muchos autos, pienso que en cualquier momento me van a chocar.

Así que prefiero quedarme acá. Tranquilo en el patio de casa. Tomar mate y compartir la vida con Dorotea, que aunque está viejita, sigue siendo leal. Pienso que cuando ella se muera, será el quinto perro que entierre en el fondo del patio de esta casa que alquilo desde hace veinte años.

LA PESQUISA NACE

(para una mejor comprensión te recomiendo que antes o después, te leas esto)

I

Al Rengo Cerviño se lo quería cargar medio pueblo. A todos, de alguna manera, les había robado algo. Aunque siempre con justicia: a los ricos un poco más y a los pobres un poco menos. Pero en los pueblos chicos, la impunidad es una aliada del rumor, y juntos crecen sin mesura ni destino.

II

Lo cierto es que el Rengo era el blanco de una sensación colectiva de venganza alimentada en una postergación permanente y que nunca acababa por estallar.

III

Tal vez por eso, porque su palabra no tenía crédito, cerró la boca aquella noche de cine en el Club Sportivo Arroyito, cuando descubrió que la tela blanca que hacía de pantalla estaba perforada.

IV

Pero también porque secretamente tuvo la intuición de que en ese agujero quemado por la pólvora nacía una pesquisa capaz de revelar el misterioso asesinato del Dr. Nario Olfino y dar con los culpables. Y sobre eso quería el monopolio absoluto. Después de todo, la vida le daba la oportunidad de reivindicar su buen nombre.

V

Mientras todos corrían desaforados tratando de superar el desconcierto, la ambulancia del hospital entró marcha atrás y sus frenos chillaron justo al costado del cadáver. Un médico y un enfermero muy joven trabajaron rápidamente;  pusieron el cuerpo sin vida sobre la camilla y lo cargaron. Atrás subió también la flamante viuda.

VI

El Rengo vio toda la escena parado junto a la tela blanca mientras trataba de poner en orden las primeras y casi disparatadas ideas que se le venían sin freno a su cabeza. Conocía cada personaje del pueblo en profundidad. Había entrado en sus casas en la oscuridad de la noche o en la ausencia durante las vacaciones, había abierto escritorios y forzado cajas fuertes, pero también había leído papeles inconvenientes y documentos comprometidos, y sabía de fotos secretas y videos privados.

VII

El Rengo tenía al pueblo en sus manos mucho más de lo que todos creían; tal vez por eso le llevó menos de veinte minutos tener las primeras hipótesis y armar mentalmente el mapa de una investigación difícil pero apasionante y necesaria para su propio destino.

VII

En ese repaso mental de nombres, vínculos y archivos estaba cuando la voz aguda de una rubia platinada lo trajo otra vez al mundo real.

- ¡Rengo! ¡Rengo! Si no venís ya conmigo me voy sola. ¡Rengo!

VIII

El Rengo la miró y la vio con su minifalda de cuero, sus botas con tachas y su musculosa intransigente, y fue cruel. Se arrepintió tanto de haberla invitado al cine improvisado en el Club Sportivo Arroyito, tanto, tanto, tanto, que no pudo disimularlo.

- Andá vos sola Raquel, yo mañana paso por tu casa.

CHINO

Ayer cuando me desperté hablaba en chino. Fue extraño, pensaba una palabra en español pero cuando la iba a decir me salía en chino. Al principio tuve la sospecha que era chino, pero no estaba del todo segura. Porque como de chino no se nada, y lo poco que una escucha del chino parece una ensalada de sonidos guturales, ni me lo imaginé.

El primer episodio fue en el baño. Mientras me calzaba los ruleros y me ponía crema antiarrugas, traté de entonar bajito una canción de Sandro. Y la frase “tus labios de rubí” me salió bien entonada pero en chino.  Ahí me llamó la atención.

Después lo fui a despertar a Roberto. Como siempre lo apuro para que salga de la cama porque sino es capaz de levantarse a las doce. Le digo: Roberto dale que ya son las nueve. Todo en un perfecto chino que hizo que el pobre se asustara de un modo tal que automáticamente se sentó en la cama.

Medio dormido, y con los ojos llenos de lagañas verdes, me preguntó qué me pasaba. Y yo preocupada traté de explicarle, pero no hubo caso. Me salía chino. Medio con señas le fui explicando, y a los tumbos creo que fue entendiendo.

Al mismo Roberto se le ocurrió una idea genial, sobre todo para que los chicos no sufrieran. Rápidamente y en calzoncillos todavía, corrió a buscar una pizarrita mágica para que en vez de hablar yo pudiera escribir, y así comunicarme mejor. La sorpresa heló nuestra habitación cuando al querer escribir la primera frase que había sido pensada en español como “Roberto ¿qué está pasando?”, lo hice en chino.

Nos abrazamos. Y yo sin saber qué hacer bajé a la cocina y me puse a preparar el desayuno en silencio. Enseguida llegó uno de los nenes que me hizo un comentario al que yo respondí con un gesto afirmativo. Llevé el desayuno a la mesa y sin hablar unté la manteca en las tostadas de todos. Roberto trató de distraer a los chicos y a nadie le pareció extraño que yo no hablara.

Levanté todo y tomé la bolsa para hacer las compras en el supermercado. Se la mostré de lejos a Roberto, como para que entendiera, y me hizo un si con la cabeza. No sé muy bien que habrá significado. A los diez minutos estaba perdida entre góndolas de jabones y fideos.

Ir de compras siempre hace bien. Al rato ya me había olvidado de todo mi problema. Que tampoco era tan grave, como lo demostraba tan contundentemente la realidad. Casi nada de mi rutina habitual se había alterado. Así que yo seguía siendo la misma, pero con una nueva capacidad.

Cuando me acerqué a la caja tuve la intención de protestar por la fila interminable, pero me acordé que cualquier expresión en voz alta podía delatarme. Incluso, un señor me preguntó la hora y me hice como que no lo escuché. Poco a poco me fui acercando a la máquina registradora, y algo terrible me sucedió.

Empecé a notar que podía entender los diálogos que la chica de la caja tenía con un joven flaco vestido de negro que tenía detrás. ¡Los chinos! Hablaban entre ellos y yo podía entenderlos. Los entendía perfectamente. Me emocioné, porque fue en ese mismo momento que la lengua extraña en la que estaba hablando desde hacía cuatro horas se me revelaba como chino. Enseguida pensé: con lo difícil que debe ser aprenderlo, yo lo hablo como si nada. Pero en la medida que me acerqué entendí más y mejor lo que decían y no me gustó mucho.

La chica de la caja me saludó con un hola seco en español, y mientras pasaba los productos por el láser le decía al otro chino, en su lengua autóctona: esta siempre viene sin cambio, lo debe hacer a propósito, voy a ver si le puedo redondear para arriba algunos productos así no me complica la vida y me paga justo.

Por primera vez en la vida no supe qué hacer. Podría haber estallado en un grito chino que despeinara a la yegua de la caja y al otro patrón encargado. Pero me habría ahorrado tres pesos. Por otro lado, si no hablaba, me reservaba un arma poderosa para próximas oportunidades, un arma que incluso podía ayudar a otros.

Así que no dije nada. Ya veremos.

Los mejores vs. los imprescindibles

De nada sirve que te esfuerces por ser el mejor, porque siempre habrá otro mejor.  Te lo digo yo que estoy hasta acá de mejores. Aún cuando logres ser mejor que alguno, habrá otro que antes no viste. Porque el mundo está lleno de unos que son mejores que otros. En cambio, los que si hacen falta son los imprescindibles. Pero no se puede hacer nada para ser imprescindible. Eso ni se hace ni se consigue. Imprescindible se nace.

Es triste y profuso el catálogo de causalidades que nos confirman que somos seres perfectamente prescindibles. Catálogo que automáticamente nos inscribe en la carrera por ser mejores. Porque claramente cuando uno descubre que no es imprescindible, quiere al menos ser el mejor.

Prescindibles quiere decir que podríamos estar o no. Ser de este modo o de otro. Es terriblemente angustiante pensar que este ser que uno es podría no existir, y al mundo, incluso a los amigos, hermanos y padres, resultarles la misma cosa.

Los padres sufren si te vas porque ya te han tenido, pero si no hubiese sido así, no sufrirían. Incluso, antes de nuestro nacimiento, se jactaban en reuniones que hacían con amigos tan prescindibles como ellos, que les daba lo mismo que fuésemos un varón o una nena. Si a alguien le da lo mismo lo que puedas ser, eso es justamente no ser para nada imprescindible.

Incluso ahora, cuántas cualidades que hablan de quienes somos, que nos hacen sentir tan únicos, tan inexplicables, tan seductores, tan buenos, son cualidades perfectamente intercambiables sin perjuicio de amistades, vínculos sanguíneos y/o laborales. Si a tu jefe le da lo mismo tu orientación sexual, tu reputación en a oficina, el color de tu ropa interior, o tu capacidad en el trabajo, eso es ser absolutamente prescindible.

Un ejemplo cercano y penoso. Este blog y muchos otros que visito y admiro, podrían establecer una competencia sana (o no) para ver cual es mejor que otro. Pero no creo que nada se modifique si este blog mañana desapareciera. ¿Por qué? Porque es blog no es imprescindible. Y si algo de lo que hacemos no es imprescindible, entonces, nosotros mismos dejamos de serlo.

Pero fíjense lo extraño que puede ser todo. Porque resulta que ustedes, los lectores, si son imprescindibles para mi, para esto, incluso, para que yo me pueda sentir mejor.

Habiendo pasado ya el mal trago, y asumiendo que soy perfectamente prescindible en todo, me he vuelto a anotar en una de esas carreras que cada tanto me confirman que puedo ser el mejor. Así que a ustedes, mis queridos imprescindibles, les pido que me ayuden a ser mejor. Para hacerlo, pueden clikear en el link que hay más abajo y votar por mi post para ganar un concurso re lindo.

Los mejores participamos en concursos todo el tiempo. Los imprescindibles, los organizan.

HACEME SENTIR MEJOR

OSCAR QUE SIEMPRE ME GANA

Chorrea a montones la crema pastelera de unas facturas que trajo Oscar para pasar la tarde del domingo. Mientras las miro reventar de colesterol pienso en los análisis que debería haberme hecho hace tres o cuatro meses. Qué querremos decir cuando hablamos de cuidarnos, de cuidarse, de tener cuidado. La maldad se posa sobre todas las cosas, y cada vez es más difícil amar a Dios. Pido disculpas por usar justo este día para semejante comentario pagano, pero me parece que la estrategia de alojarse en lo espiritual por sobre lo material y de ahí querer conquistar la voluntad o la fe de los hombres, fue un error.

Las tardes con Oscar duran un buen rato. Y siempre son una gran oportunidad para mezclarlo todo. Empezamos con lo dulce y después pasamos a lo amargo. Vamos de los diarios a los libros, y de los discos de los setenta a las FM de moda. Miramos fotos viejas y nos sacamos otras nuevas, donde siempre aparecemos mirando las fotos viejas. Nos divierte jugar con cualquier posibilidad. Escribimos cosas sueltas en papeles de almacén, y seguimos soñando con hacer una película sobre lo trágica que puede se la vida los domingos.

No me gusta ni el momento antes de que Oscar llegue, ni el momento antes de que Oscar se vaya. Me levanto todos los domingos pensando: mejor que no venga hoy, yo tengo muchas cosas que hacer. Pero después de un rato de verlo ahí sentado en la cocina, con la luz del sol poniéndole naranja la mirada, ya entro a pensar mejor no se vaya nunca. Juntos nos divertimos con cosas que por separado nos parecerían un perfecto aburrimiento. De todos los pasatiempos que inventamos, hay una competencia que es nuestra favorita: jugar a ver quien escucha el sonido más lejano.

Oscar siempre gana. En todo. Gana porque  decide cuando llegar y cuando irse. Gana porque no le importa que ropa me pongo. Gana porque le da lo mismo si la luz está cortada y hay que subir por escaleras. Gana porque vive tranquilo. Y aunque como yo, sabe que un día se va a morir, gana porque está seguro que eso nunca va a suceder un domingo. En cambio yo, para ganar tengo que animarme a pedirle que se quede.  Y eso es terrible, porque nada se parece más a una tarde de domingo que la falta de fuerzas para pedirle que se quede.

Es como cavar en la angustia para enterrar la angustia.

LAS MUDANZAS Y LAS COSAS

Las cosas nunca ocupan tanto lugar como en las épocas de mudanzas. Se revelan materia pura y con una intransigencia que desconoce de argumentos racionales, nos imponen la lógica del “no me tires que por algo estoy aquí”.

Las mudanzas se convierten así en un privilegiado momento dentro de la cadena de momentos que nos han llevado a ser (tan) grandes, para sentarnos a reflexionar cómo fue que llegamos a tener esta vida abarrotada de posesiones.

No es una novedad mi teoría: las cosas imponen el ritmo de las mudanzas. No sólo la cantidad y la calidad, sino el modo en el que hemos gestionado los vínculos con las cosas determina la lógica que nos permite cambiar de domicilio en un día, un mes o un año.

Detrás del agobio que supone una mudanza sólo se revela la más oscura noticia de que cada uno es todas las cosas que ha metido en su casa. Y entonces, lo que soy cabe en unas cajas, lo que soy se puede mudar, lo que soy se arma y se desarma en cualquier repisa de cualquier departamento de cualquier barrio de cualquier ciudad. Porque si algo se descubre con cada mudanza, es que uno puede ser cualquier cosa.

Por otro lado, cómo continuar la vida en una casa nueva sin las cosas que se tenían en la casa vieja. Las cosas restituyen la apacible continuidad de la vida frente al trágico abismo de las mudanzas. Las cosas confirman en el nuevo domicilio que uno no ha dejado de ser el que era, excepto que ahora hay un balcón que da a la calle y una ventana por la que al fin entra la luz del día.

Las cosas disfrutan de las mudanzas. Para ellas, mudarse es confirmar que siguen estando en nuestro mundo. Y corren carreras secretas entre ellas. En un mismo estante, no valen igual el cenicero robado de la mesa de un bar, que ya ha resistido cinco mudanzas, que el porta saumerios que acaba de ser comprado en la feria de artesanos. El cenicero es capo: instruye a las otras cosas, las prepara, les dice como volverse cosas indispensables, y les enseña a esperar agazapadas la próxima mudanza.

LA BALA OXIDADA

Estos días de ayuno. El embrujo del auto que no arranca. El otoño impúdico en la plaza. La fibromialgia de las mañanas. La enfermedad sin fiebre. Las tostadas recién hechas. Los viajes postergados. Las mudanzas programadas. La pereza de las agujas del reloj. Los lugares de la casa. El zapping infinito. La radio en mala sintonía. La cobardía del celular apagado. Las caminatas sin destino. Un doctor que sabe lo que dice. Análisis de sangre que dan bien. Ejercicios para estirar los músculos. Pastillas de todos los colores y tamaños. Unas ganas de llorar que se embotellan en el pecho. Canciones de Ricardo Montaner que parecen buenas. Duchas de agua hirviendo. Un blog descuidado. Lejos de la prisa. Los nervios pelados. Toca discos de la nostalgia. Amigos de antes que ya no me conocen. Espejos al pasado. Ventanas al presente. Túneles al futuro. El recuerdo de una autopista colmada. La energía fluctuante. Los vecinos recién llegados. Todos los que aún no se fueron de vacaciones. Deportistas profesionales. Fotos viejas que se mezclan con las nuevas. La computadora más lenta que nunca. La campana de la iglesia cada hora. Personas que se casan y hacen fiestas. Tías que se tiñen el pelo. Abuelas que se quiebran las muñecas. Sesión de ultrasonido a las cuatro de la tarde. Una inmobiliaria sin ofertas. Decisiones que viajan por Internet. Trabajo para mejorar la postura. La cuenta del banco que adelgaza. Comidas más sanas. Pasajes de ómnibus sobre la mesa. Intención de volver. Miedo a regresar. Silencio. A veces un llanto. Y la bala oxidada de tanto suicidio amagado.

UN DILUVIO

Me dormí murmurando: ¡Qué ganas de llorar a lágrima viva! De llorarlo todo, pero llorarlo bien. Al día siguiente, de mis ojos pulidos por la tristeza nació este diluvio. Y ahora, no se cómo detenerlo.

Al principio, todos pensaron que era una llovizna más. Se preocuparon un poco luego de las primeras setenta y dos horas. Pero era verano, y esas cosas pasan. Así que siguieron como si nada. Finalmente, al cabo de una semana empezaron las complicaciones.

Ni todos los paraguas del pueblo ni los recientes canales de desagüe alcanzaron para contener y drenar lo que ellos creen que es agua que viene del cielo. En casi todo el pueblo, el estancamiento líquido supera los tres metros, y ha ahogado todas las mascotas de peluche, humedecido todos los discursos políticos y hasta incluso, son innumerables los partidos de ajedrez que han quedado inconclusos.

Yo sobrevivo amarrado a mi tabla de surf, tratando de evitar que me descubran. Lloro y todos piensan que es porque me he quedado sin casa. Pero no. El nivel de lágrimas sigue subiendo. Y no sé como detenerlo.

VERANOS III

Andrea quiere crecer. Mira y se derrite mirando el partido de fútbol que un grupo de pibes del barrio juega en el potrero de la esquina. Esta sentada en un pequeño banco de madera que su padre le fabricó en las vacaciones, y desoyendo los consejos de los más grandes, se ha ubicado bien al borde de la línea de juego. Sigue con atención cada movimiento, cada jugada, cada oportunidad de gol. A pesar de todo lo que los demás le dicen, ella hace el sacrificio y se queda, convencida de su misión. Hasta que un repentino tiro libre le confirma que tanto esfuerzo vale la pena. Francisco se eleva por encima del resto, y empujando levemente la pelota con su cabeza, inaugura el marcador. Ella suspira o rezonga, piensa que ese momento es único, y mira alrededor para estar segura que nadie la ha visto. Francisco, al igual que los otros jugadores, son un poco más grande que Andrea. Por eso quiere crecer. Está convencida que si pudiese entrar en el juego, todas esas pelotas que chocan contra la red quedarían en sus manos audaces.

VERANOS II

Se le antojo fácil la tarea de ponerle sal al plato de pasta. Su padre se lo advirtió tres veces, pero ella, engreída y orgullosa, con sus seis impunes años de vida, tomó el inmenso salero amarillo y lo dio vuelta sobre su comida, como tantas veces había visto hacerlo a su madre. Pero la tapa estaba floja, y una montaña de sal blanca resplandeció súbitamente delante de sus ojos. Entonces hubo penitencia molesta. Y mientras por las rendijas de la ventana se metían los gritos y las risas de todos los niños del barrio que jugaban en la pileta del fondo, Andrea tuvo que dormir la siesta más larga de su vida.

VERANOS I

Estaban tan a punto los durazneros de la plaza, que cuando Andrea caminaba descalza para sentir el tibio de las baldosas en la planta de sus pies, los duraznos se le caían en la cabeza y explotaban su jugo contra el piso. Fue un verano increíble. Todas las veredas colmadas de carozos amargos, que habían deseado un destino mejor, y sólo encontraron aquel, tan parecido al abandono, que daban ganas de matarse.

YO SIN BARBA

De paso te afeito, mientras se enfría el té. Este verano desconoce la piedad, y nosotros también. Disimulemos tanto tiempo perdido y afilemos la distancia.

Siempre me persiguió hasta la asfixia la fantasía de surcar con esmero y prudencia tu extenso mar rosado. Desde que tus años y los míos podían contarse con los dedos de una mano. Pero no perdamos ni un segundo: la abuela llegará pronto, y será mejor tener la ropa puesta y los cierres en alto.

Ángela, quizá sienta la necesidad de cortarte. No mucho, no toda. Y no por el placer de la sangre brotando. Sino simplemente por el morbo de abrir tu piel, trozarla, hundirme en ella muñido de una delgada hoja de acero agudo que mientras te penetra, duele y olvida al mismo tiempo.

Hablame de Roma o cantame canciones en alemán. Yo voy a ir subiendo lento. Una pierna no es nada, y montado en mi ilusión de metal filoso, puedo llegar hasta tu cavidad perfecta, justo ahí donde se cosecha ese licor salado que jamás probaré.

No te duermas. No llores. No grites. Escucho el ascensor detenerse y las puertas de hierro se abren y se cierran. Escucho los pasos acercarse por el pasillo. Es ella, ha vuelto antes de los previsto. Me desconcentro. Pierdo el pulso.

Pierdo el pulso Ángela. Y no hay nada que hacer. La abuela abre la puerta. Y yo nunca tuve tanto placer.

SON MÁS DÍAS DE LA SEMANA

Martes: esos pescadores no van al mar. La luna se relaja, y es posible. Se relaja sobre un estanque que hay en el patio de la casa de mi abuela. Los sapos bailan el minué que estuvo de moda en el 68. Una pata de pollo y papas fritas sin aceite. Queda seca la lengua del torero cuando no hay fortuna. Una mujer mira desde la tribuna, pero la pelota no para. Directo al ángulo: la mano inquieta del director se desmaya sobre la nalga de una enfermera infartante que no usa corpiños. El señor de bigotes que va leyendo el periódico es un informante. Nos siguen, nos persiguen, nos van a conquistar otra vez. Estoy seguro, doctor. Dice un diagnóstico de la Universidad del Infierno: los hombres que se retuercen en la tumba no están muertos.

Miércoles: ¿qué clase de astro renuncia a la luz eterna? Nadie sabe contar. María, uno, Juan, dos. Hay en Tribunales una caja que guarda las fojas de una causa en la que nunca me presenté. Y me preguntan: ¿por qué no querés hablar de lo que viste? Sí, sí. Ovnis: no como sustantivo sino como verbo.

Mientras subo lento, agitado y desentonado las escaleras hasta el piso nueve, escucho voces de todos los mundo privados de las familias de mi edificio. Algún día firmaré el petitorio para que revisen con más frecuencia y menos prudencia, los secretos mecanismo que elevan y elevan personas en cajas cuadradas. Me detengo extasiado. La del quinto hache le dice, a los gritos, a sus hijos de cinco y nueve años: No soy ni quiero ser la enfermera despiadada que se desabrocha el primer botón del delantal y trepa a la cama del convaleciente.

Jueves: vino el lechero y era un hombre guapo vestido de mujer. En la guantera de un camión cargado de trigo hay un lápiz labial. Y la rubia se pone a llorar delante del espejo. ¿Quién inventó la saliva? ¿Y el celibato? Mariana no se depila porque le duele el lóbulo derecho de la indecencia. Yo vi un cerro de noche, y estaba lleno de luciérnagas privatizadas. Se venden. Todos tienen algo para vender. Ya no hay héroes; y el tráfico de picaportes está en extinción.

Final de la fiesta. Mi prima ha contratado descolgadotes de guirnaldas profesionales. Cobran barato y aceptan tickets. Además, hacen su trabajo con el torso semidesnudo. Dos amigos arrebatan mi última copa de vino. Los cristales se estrellan. Como pueden me suben a un taxi y un señor parecido a Dios hace que los escucha. Y le dicen:

“Este es un hombre sin suerte. Puede llevarlo a cualquier parte, incluso, dejarlo en la próxima esquina si quiere. Puede perderlo o perderse con él, asesinarlo o tomar su camino. Puede insultarlo, estafarlo o raptarlo. Puede pedirle cosas imposibles, confesarle deseos ocultos, desenfrenarse, acribillarlo, adorarlo, hacer en su nombre una hoguera o fundir su sangre con la baba de su hija menor. Puede frotarle el vientre, peinarlo, desvestirlo, cortarle una oreja o arrancarle los dientes. Si quiere, si resulta que algo de esto, o todo esto al mismo tiempo, le da placer, puede hacerlo. Nosotros lo autorizamos. Y le prometemos que no habrá reclamos. Entregamos un pasajero que no sabe que está viajando, y ese es ya su peor destino. El resto le pertenece a usted.”

NO ESTAMOS ENVOLVIENDO

¿Quién no ha recibido regalos cuando era un niño? ¿Quién no ha deseado, cada cumpleaños, cada día del niño, o cada Navidad, frente a la inexorable elocuencia del paquete aún cerrado: que no sea ropa que no sea ropa que no sea ropa? ¿Quién no ha disfrutado hasta el último jirón de papel la mágica incertidumbre, mezcla de fantasía y deseo, que contamina el rito de quitar un envoltorio? ¿Quién será alguna vez tan cruel como para olvidar todas esas sensaciones, por más años y regalos que se acumulen en la mesita de luz? Nada en la vida vuelve a ser tan dulce como las tardes de cumpleaños sentados frente a la pila de regalos por abrir. Si alguna vez quisimos que algo fuera eterno, seguro fue uno de esos ratos.

Yo era de los que no podía evitar dirigir la mirada al regalo que el invitado traía entre sus manos, incluso antes de darle el beso de bienvenida. Mi madre siempre trató por todos los medios de hacerme entender que eso estaba mal, y que era mucho más grave aún si además lo acompañaba de una sentencia tal como ¿qué me trajiste? Todo el empeño que puso, no logró calar profundo en mi ansiedad. Sigo disfrutando igual que antes, ese momento en el que un envoltorio cualquiera llena de indicios el ambiente y te carcome por dentro. Y en esto, permítanme una digresión, no hay bolsita de cartón de Shopping alguno que reemplace, ni en el potencial del regalo ni en la capacidad de generar incógnita, al papel rosita que algún kiosquero de barrio le ponía nuestros paquetes de antaño.

Pero también hay que ser justos y decir que todo lo que había de emocionante en aquellas ocasiones era la cantidad de envoltorios que abrir y de papel por romper. No así el contenido de esos paquetes, que en la mayoría de los casos era realmente decepcionante, y generaba climas realmente perturbadores entre los invitados. ¿Con qué ganas ibas a jugar más tarde a la mancha agachada con el compañero que te había traído una colonia Pibes? ¿Cómo no mirar con odio a aquella que sin control alguno devoraba la milhojas con dulce de leche, y sólo te había traído una caja de fibras de seis colores? ¿Qué ganas de reventar la piñata te podían dar, si de todos esos que esperaban hambrientos abajo del globo enorme, apenas uno o dos te había sorprendido realmente con un camión a pilas o un mutante que disparaba flechas?

En la memoria de estas sensaciones, y de otras que ahora no sé como escribir, me amparé días atrás cuando prácticamente me amotiné en la sucursal de una de estas cadenas de jugueterías tan modernas que se alzan impunes en las grandes avenidas de la ciudad.

Paso a explicar: habiéndome muñido de un hermoso ejemplar coleccionable para mi sobrina de apenas ocho años, me dirijo tan ilusionado como antes por abrir los regalos, esta vez para pagar. Los que hemos disfrutado de recibir regalos, lo hacemos del mismo modo comprando cosas para otros. Entonces, me cobran, pago, guardo el vuelto, y el juguete yace sobre el mostrador. Ella, la cajera, me mira a los ojos. Silencio. Yo, sin quitarle la vista de encima, le digo: es para regalo. Y ella, detrás de su rostro suntuosamente posmoderno y sus insolentes 22 años, me escupe las siguientes palabras: no estamos envolviendo. Silencio. Todo este vendaval de recuerdos se me vino encima, y encendió en el medio del pecho el fuego más feroz que jamás haya sentido. Un fuego que se expresó como vómito agresivo cargado de connotaciones ideológicas que esta chica, probablemente sin comerla ni beberla, debió atajar sin chistar.

¿No estamos envolviendo? Vuelvo a ser niño un instante. ¿No estamos envolviendo? No quiero dejar de ser chico. Es como si el heladero me dijera no estamos haciendo crema del cielo. O como si el señor de la calecita me advirtiera mira que no estamos pasando la sortija. O como si un fabricante antiguo de golosinas me anunciara no estamos poniendo sorpresas en el Topolino O como si, al fin de cuentas, el dueño de un circo se excusara: no estamos trayendo tigres (aunque esto último, ahora que lo pienso, sucedió muchas veces)

Ella trató de argumentar: Mirá, soy la encargada, y tengo tres chicas más. En total… cuatro. Tengo el local a pleno. Si encima tenemos que envolver cada cosa, es RE difícil.

Yo enfurecí. Y ella entendió. Y envolvió.

Te pido perdón. No se cómo fue la infancia de los que ahora tienen 20 o 22 años. Pero te juro, que para los que tenemos apenitas más de treinta, el envoltorio de los regalos, los helados de crema del cielo, la sortija de la calecita, la sorpresa del topolino y los tigres, fueron y siguen siendo RE importantes, che.