FIGURITA DIFICIL (II)

potreroPuede resultar extraña esta historia de niños queriendo completar álbumes, sobre todo hoy que nada parece difícil, o que aquello que realmente lo es no tiene sentido ni cautiva a nadie. En el fondo teníamos un sueño, todavía. El sueño de completar el álbum, un sueño que era proyecto, un proyecto que tenía sentido. Secretamente se impuso para todos la lógica de una competencia en la que lo que estaba en juego era el prestigio: que todos supieran que tal o cual había sido el primero en completarlo. Qué todos supieran que un afortunado había logrado sortear lo difícil. Estaba en juego el prestigio. O por lo menos, con eso fantaseábamos los que nos habíamos anotado en la carrera.

Se rubricó rápidamente un acuerdo tácito que exigía ejecutar un plan un tanto perverso, cuyos alcances desconocíamos. Perverso porque el juego nos permitió advertir rápidamente que todas las chances de ganar eran posesión de aquellos que más posibilidades de comprar figuritas tenían. Aquellos que en vez de redondeces en el fondo del bolsillo del guardapolvo, acariciaban cada día, el lado áspero de los billetes.

La diferencia de recursos, personalidades y estrategias, fue imponiendo diversos modos de intercambiar figuritas en la escuela. La primera jugada consistió en conocer con detalle cuáles eran los clubes que los otros habían elegido, y qué espacios aún tenían vacantes. La segunda: no descuidar el propio campo de juego. La tercera: ahorrar lo más posible para comprar, al menos, un paquete por día. Esto último te garantizaba renovar el stock de figuritas, y con eso, seguías estando adentro. Pero no siempre era posible para algunos de nosotros.

Frente a la prolongada ausencia del árbitro, todo comenzó a cambiar: un extraño sentimiento de solidaridad mezclado con codicia se fue apoderando de cada uno. Nos alegraba abrir un sobre con el número que a alguien le faltaba; pero para entregarlo siempre se establecían severas condiciones: ¿esta te hace falta? te la cambio por cinco. No hubo uno solo que abdicara de tan maleva y socarrona práctica.

Así fue como se instaló un nuevo objetivo. Ya no bastaba con completar el álbum: mientras eso sucedía, además era preciso tener más y más figuritas, lo que sin duda alguna otorgaba al propietario un mejor posicionamiento para establecer los parámetros de cualquier negociación. Al dilema de la calidad, es decir la posibilidad de ir adquiriendo las difíciles (sin hablar del árbitro, que a esta altura ya se nos hacía imposible), se le agregó el de la cantidad. Extraño: podías tener el álbum vacío, pero muchas figuritas en el bolsillo. En esta situación extrema se encontraban todos los que habiendo heredado el oro de sus abuelos terratenientes, no conseguían dar ni siquiera con una pizca de suerte.

Esta modalidad pervirtió lo poco que podía haber de juego en aquello. Aparecieron los primeros cínicos: pibes con padres que podían tener sin sacrificio las cosas que los nuestros apenas podían desear. Esos, las juntaban a montones. Podían tener en una mano todas las figuritas que a muchos otros les faltaban en el álbum, pero no las cambiaban fácilmente. Alardeaban, ironizaban, empezaban a petrificarse socialmente en una jerarquía que volvería con más fuerza durante la adolescencia. Porque la escuela estaba en un pueblo chico, y ya se sabe como son estas cosas. Pero esa es otra historia.

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