SON COMO TREINTA

Un día me desperté y tenía treinta años. Y me parecen tantos que ya no los escribo con números. Estoy seguro que son muchos, pero hago todo lo    posible por que sean pocos. En las mejores mañanas de este año sombrío, los treinta se me antojan la mejor edad, el inicio de la mejor etapa, la  mejor de todas las posibilidades. Pero no. Son todas patrañas acumuladas una tras otra en las promociones de las tarjetas de crédito, en las playas  a las que voy de vacaciones, o en los trabajos magníficamente flexibles que me ofrecen a diario. Todas mentiras de un mundo que mientras te mete  en una cárcel del tiempo te anuncia la libertad esclavizante de los productos: productos que puedo comprar con el sueldo de los treinta para  parecerme a los chicos de 20.

Este es un mundo de 20. Pero inclusivo, ilusoriamente inclusivo. Pósters, pancartas, afiches, carteles: un andamiaje publicitario que te dispara al  centro del pecho que duele como la puta madre. Todos diciendo, en el fondo, que no es para tanto. Que con treinta todavía se puede prolongar la  agonía. Y que eso, es lo más parecido a la felicidad. Pero mentira. Ya no soy joven. Ya no me responde el cuerpo. Ya me preocupan otras  cuestiones. La vida se arma y se dibujan con más precisión las opciones del futuro. Y sobre todo, ya tienen diez años las fotos de las noches de           drogas, alcohol y sitios desconocidos.

A los treinta, muchas cosas ya tienen más de diez años, y son amarillento recuerdo impreso en papel ilustración: la primera vez que fumaste; la primera vez que volviste tarde a tu casa; la primera vez que dormiste toda una noche con alguien; la primera vez que elegiste qué pantalones ponerte; la primera vez que fuiste infiel; la primera vez que compraste un disco; la primera vez que entraste en la universidad; la primera vez que buscaste trabajo; la primera vez que te quedaste esperando mucho tiempo a la que nunca llegó. La primera vez.

Los amigos están, pero no son los mismos que antes. Porque ellos también tienen treinta, y han tenido itinerarios más o menos parecidos. Y durante un largo tiempo, todas las reuniones son para hablar de tres o cuatro tópicos recurrentes: a) se acuerdan cuando nos conocimos; b) nos estamos haciendo grandes, pero estamos bien; c) a dónde van de vacaciones. Es que a los treinta, los amigos se empiezan a cansar de uno tanto como uno de ellos. Porque cada vez tienen menos oportunidades de hacer cosas para seguir siendo amigos, excepto recordar lo amigos que fueron antes.

Pero sobre todo, a los treinta, cada vez con más frecuencia, te atrapa una necesidad feroz de cambiar. Cambiar todo y cualquier cosa, tener una vida diferente a la que tenés. Querés ser cosas que siempre postergaste: guionista de cine, estrella de rock, cocinero de un gran restaurante, taxista, piloto de avión, abogado.

A los treinta el cuerpo te empieza a avisar que ya es hora de: cuidar el colesterol, prevenir las arrugas, tapar las canas, no perder la línea, y no sufrir por amor.

A los treinta te da más miedo que nunca quedarte solo. Porque te parece que es imposible volver a restablecer cualquier vínculo. Y en nombre de ese miedo a la soledad, te quedás con cualquiera, para no llegar a casa y tener la cama vacía. A los treinta te parece abominable la mesa con un plato solo, o no disputar con nadie por el control remoto. A los treinta te duele hasta el llanto decidir en soledad el color de la pintura del living, o enfermarte y que te cuide una de tus hermanas menores.

A los treinta, te duelen cosas que nunca antes habías notado: te duele que te mientan en cosas insignificantes; o que no elogien tu buen gusto para la ropa. Y también te duele cruzarte con personas con las cosas menos claras.

A los treinta, los miedos son más invisibles. No te da miedo perder algún juguete, sino quedarte sin tiempo para jugar. No te da miedo perder un trabajo, sino que el trabajo sea lo único que le da sentido a tu vida. No te da miedo el mal sexo, sino una larga temporada sin ser deseado.

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6 pensamientos en “SON COMO TREINTA”

  1. en breve quizás pueda contarte lo que es tener un lustro más, y ver que tan odiosa resultará la comparación. es cierto que nos llenamos de límites, desamparos, manías y cuidados extremos, pero también en esta toma de consciencia logramos algún tipo de apertura. por ejemplo, no podría haber leído este texto antes de mis treinta y disfrutarlo acabo de hacerlo. salú!

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