EL PROBLEMA

Soy un hombre común. Tengo una esposa, dos hijos y cuarenta cinco años. Vivo tranquilo, en un barrio poco ruidoso de la ciudad de  Buenos Aires.  Pero el problema, dicen, es que me gusta pintarme las uñas. No todo el tiempo; tengo mis momentos. Incluso soy  bastante delicado en la elección de  los colores y las ocasiones. Me tira más el rojo brillante o anaranjado que los bordó. Y mi mujer  colabora trayendo catálogos para que pruebe nuevas  marcas. Al principio le costó mucho aceptarlo, pero ahora ya lo entiende y hasta  lo comparte.

Por lo demás, no me salgo mucho de lo común. Trabajo en una oficina a la que voy cada mañana, vestido siempre con un traje  diferente. Me junto  con amigos a conversar de fútbol, de mujeres o de política. Y en esas reuniones suelo beber demasiado. Pero el  problema, dicen, es que me gusta usar  lencería. Y en esto soy intransigente: no me gustan los boxer, ni los slips, ni andar en bolas.  Así que en el primer cajón de mi mesa de luz, la ropa  íntima se me confunde con la de mi esposa. Mis preferidas son las tangas  caladas en negro. Creo que me quedan muy bien, y me dan una extraña  sensación de seguridad al caminar.

Como ven, soy una persona aceptable, razonable, encaminada. Soy católico practicante, y los domingos me gusta ir con mis hijos a  escuchar la misa que dan en una capilla de Colegiales. Es un gran rito familiar. Todos nos confesamos y comulgamos para renovar  nuestra espiritualidad. Pero el problema, dicen, es que en mis ratos libres me gusta contactar adolescentes por Internet con un sentido claramente sexual. Me gustan las jovencitas que a esa edad empiezan a descubrir el sexo, y siento que con mis años, algo puedo darles a cambio de su entrega inocente. Sólo en muy pocas ocasiones he logrado un encuentro real, aunque confieso que todas resultaron grandes experiencias. Sentir que uno es quien está desatando el despertar sexual de una personita, es encantador.

Toda mi vida familiar es una maravilla. Pasamos Navidad en casa de los padres de mi esposa, y en año nuevo siempre cenamos con los amigos que todavía conservo de la Universidad. Con ellos, con sus esposas, y con sus hijos. Es siempre una fiesta agradable. Y en febrero, salimos de vacaciones para algún lugar tranquilo de la costa Argentina. Pero el problema, dicen, es que hace quince años arreglé un par de jueces para no compartir con mis hermanos la herencia de mis padres. Desde entonces ellos no me hablan, y tampoco sus familias. Los entiendo, porque hace mucho tiempo que arrastran problemas que los han vuelto un tanto resentidos. Por lo demás, no era tanta plata la que había que repartir, y en su momento consideré que haberme hecho cargo del crematorio, me daba todos los derechos.

Reconozco muy bien todas mis virtudes: socialmente agradable, buen humor, inteligencia, y un atractivo físico que conservo incluso a esta edad. Todo esto me ayuda a llevar adelante esta vida tranquila. Pero hay dos cosas que rescato por sobre todo: no ser rencoroso, y no sentir culpa. Esos dos elementos combinados en la personalidad, te hacen permanecer más clamo y confiado. Y se envejece más tarde. Pero el problema, dicen, es que maté a un delincuente de 14 años, mientras intentaba robarme una noche en la puerta del garaje. Cuando la justicia me obliga a repasar mentalmente las imágenes de aquel episodio, no dejo de sentir que hice lo correcto: la forma de andar, de vestirse, de interceptarme, todos indicadores que anunciaban lo terrible. Pero yo estoy bien entrenado para afrontar este tipo de situaciones: saqué el arma de la guantera y le disparé tres balazos desde adentro del auto antes que pudiera decir una palabra. Por suerte, cayó al instante.

Pero el problema, dicen, es que el delincuente no estaba armado.

No sé, todo eso lo determinará la justicia. Y yo soy un hombre común, que tiene mucha fe en Dios y la justicia de este país.

Anuncios

2 pensamientos en “EL PROBLEMA”

  1. Me hace pensar en Dexter, que es todas esas cosas que decis: buen padre, buen esposo, bueno en su trabajo. Se junta con amigos, habla de mujeres, de futbol. Va a misa con sus hijos. Pero es el asesino serial mas grande de Miami. Y lo peor de todo es que no se le mueve un pelo.

  2. Tranquilo, estás en el país adecuado. Lo más importante, me parece, es que te asegures de enseñarle tus valores a tus hijos. A la sociedad la cambiamos desde abajo.

    Saludos,
    Blopas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s