NO ESTAMOS ENVOLVIENDO

¿Quién no ha recibido regalos cuando era un niño? ¿Quién no ha deseado, cada cumpleaños, cada día del niño, o cada Navidad, frente a la inexorable elocuencia del paquete aún cerrado: que no sea ropa que no sea ropa que no sea ropa? ¿Quién no ha disfrutado hasta el último jirón de papel la mágica incertidumbre, mezcla de fantasía y deseo, que contamina el rito de quitar un envoltorio? ¿Quién será alguna vez tan cruel como para olvidar todas esas sensaciones, por más años y regalos que se acumulen en la mesita de luz? Nada en la vida vuelve a ser tan dulce como las tardes de cumpleaños sentados frente a la pila de regalos por abrir. Si alguna vez quisimos que algo fuera eterno, seguro fue uno de esos ratos.

Yo era de los que no podía evitar dirigir la mirada al regalo que el invitado traía entre sus manos, incluso antes de darle el beso de bienvenida. Mi madre siempre trató por todos los medios de hacerme entender que eso estaba mal, y que era mucho más grave aún si además lo acompañaba de una sentencia tal como ¿qué me trajiste? Todo el empeño que puso, no logró calar profundo en mi ansiedad. Sigo disfrutando igual que antes, ese momento en el que un envoltorio cualquiera llena de indicios el ambiente y te carcome por dentro. Y en esto, permítanme una digresión, no hay bolsita de cartón de Shopping alguno que reemplace, ni en el potencial del regalo ni en la capacidad de generar incógnita, al papel rosita que algún kiosquero de barrio le ponía nuestros paquetes de antaño.

Pero también hay que ser justos y decir que todo lo que había de emocionante en aquellas ocasiones era la cantidad de envoltorios que abrir y de papel por romper. No así el contenido de esos paquetes, que en la mayoría de los casos era realmente decepcionante, y generaba climas realmente perturbadores entre los invitados. ¿Con qué ganas ibas a jugar más tarde a la mancha agachada con el compañero que te había traído una colonia Pibes? ¿Cómo no mirar con odio a aquella que sin control alguno devoraba la milhojas con dulce de leche, y sólo te había traído una caja de fibras de seis colores? ¿Qué ganas de reventar la piñata te podían dar, si de todos esos que esperaban hambrientos abajo del globo enorme, apenas uno o dos te había sorprendido realmente con un camión a pilas o un mutante que disparaba flechas?

En la memoria de estas sensaciones, y de otras que ahora no sé como escribir, me amparé días atrás cuando prácticamente me amotiné en la sucursal de una de estas cadenas de jugueterías tan modernas que se alzan impunes en las grandes avenidas de la ciudad.

Paso a explicar: habiéndome muñido de un hermoso ejemplar coleccionable para mi sobrina de apenas ocho años, me dirijo tan ilusionado como antes por abrir los regalos, esta vez para pagar. Los que hemos disfrutado de recibir regalos, lo hacemos del mismo modo comprando cosas para otros. Entonces, me cobran, pago, guardo el vuelto, y el juguete yace sobre el mostrador. Ella, la cajera, me mira a los ojos. Silencio. Yo, sin quitarle la vista de encima, le digo: es para regalo. Y ella, detrás de su rostro suntuosamente posmoderno y sus insolentes 22 años, me escupe las siguientes palabras: no estamos envolviendo. Silencio. Todo este vendaval de recuerdos se me vino encima, y encendió en el medio del pecho el fuego más feroz que jamás haya sentido. Un fuego que se expresó como vómito agresivo cargado de connotaciones ideológicas que esta chica, probablemente sin comerla ni beberla, debió atajar sin chistar.

¿No estamos envolviendo? Vuelvo a ser niño un instante. ¿No estamos envolviendo? No quiero dejar de ser chico. Es como si el heladero me dijera no estamos haciendo crema del cielo. O como si el señor de la calecita me advirtiera mira que no estamos pasando la sortija. O como si un fabricante antiguo de golosinas me anunciara no estamos poniendo sorpresas en el Topolino O como si, al fin de cuentas, el dueño de un circo se excusara: no estamos trayendo tigres (aunque esto último, ahora que lo pienso, sucedió muchas veces)

Ella trató de argumentar: Mirá, soy la encargada, y tengo tres chicas más. En total… cuatro. Tengo el local a pleno. Si encima tenemos que envolver cada cosa, es RE difícil.

Yo enfurecí. Y ella entendió. Y envolvió.

Te pido perdón. No se cómo fue la infancia de los que ahora tienen 20 o 22 años. Pero te juro, que para los que tenemos apenitas más de treinta, el envoltorio de los regalos, los helados de crema del cielo, la sortija de la calecita, la sorpresa del topolino y los tigres, fueron y siguen siendo RE importantes, che.

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3 comentarios en “NO ESTAMOS ENVOLVIENDO”

  1. A mi modo de ver las cosas, decir que “nada en la vida vuelve a ser tan dulce…” es un poco extremista. Las cosas vuelven a ser dulces una y otra vez, hay que estar atento.
    No me gusta ser critica con vos, pero la melanco de la infancia no me cabe.
    Te quiero

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