LA MUERTE DE LA PARTERA (I)

Me gustaba escucharla decir, con la misma frecuencia cardíaca y el mismo tono de voz despreocupado, cosas tan diferentes como: por mí no te preocupes, siempre seré tu puta; o como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací”.

Le gustaba Borges. La enfermaba Borges. Y me enfermaba con fragmentos de Borges a cada minuto del día. Borges a toda hora recitado con agudo tino en la interpretación, pero siempre mezclado con esas otras barbaridades que no podía contener: no quiero más hijos, suficiente martirio con el que ya me diste; un hijo que se parece tanto a vos que debo esquivarlo para no abusar de su sexo. Con Marito me basta. Algún día aprenderé a ser su madre, y ese día perderás a tu mujer.

No habíamos dejado pasar ni un segundo entre que nos vimos la primera vez y se desató nuestro vendaval de lujuria esquizofrénica. Y las cosas siempre fueron bien, sin condiciones, con la certeza de que lo único que nos pondría a salvo del tiempo sería el sexo, la búsqueda sofisticada de nuevos modos de excitar el cuerpo y la mente, incluso castrándolos cada tanto, condenándolos al enfriamiento deliberado, al engaño desenfrenado, o la mutilación parcial.

Por eso, porque su cuerpo estaba preparado para todo menos para engordar, y porque su mente estaba abierta a todo, menos a la idea de la reproducción, le costó tanto aceptar el embarazo.

Se había hecho tres abortos. Uno sólo conmigo. Y creo que por eso no dejamos que Maritio se fuera también por la alcantarilla. Lo intentamos pero algo que debe llamarse destino lo evitó. Estábamos en casa de la partera que clandestinamente hacía arte con el vientre podrido de las adolescentes del barrio. Una vieja conocida de Burzaco: Amalia Zurita. Tenía realmente una notable experiencia, sobre todo en esto de hacer las cosas sobre el filo de la ley y la moral. Estaba todo dispuesto, pero un momento antes de proceder, la vieja sufrió un terrible accidente eléctrico. Estaba enchufando el cable del velador que ponía cerca de la entrepierna de la paciente,  cuando la parca fortuna le erizó la piel y los pelos hasta convertirla en carne vieja, inmóvil, violeta, muerta. Vimos morir a Amalia Zurita, y un poco nos gustó. Yo quedé pasmado, ni siquiera atiné a apartarla. Y ella con las piernas abiertas. Tan abiertas como nunca se las había visto.

Estábamos asustados, pero nos atraía singularmente la idea de practicar sexo ahí mismo, en ese momento. No hablamos. Pero tuvimos una charla rápida con miradas mudas que fueron del cadáver de la vieja tirado sobre el piso a la lámpara de fluorescente que colgaba del techo, pasando por el sudor que empezaba a caer de su entrepierna y mojaba la camilla.

Siempre nos drogamos demasiado, vivíamos demasiado bien con eso como para erradicarlo. Aguantábamos el frío, y atravesábamos los veranos. Pero ese fue el único día que no nos drogamos. Y por eso, quizá, decidimos que un hijo era un modo de llegar a alguna parte. Dejar de cruzar la plaza para sentarnos en un banco y ver al resto pasar. Y dijimos que sí. Y vino Marito. Un hijo que tuvimos y no criamos. Un hijo que fue a las escuelas que no fuimos. Un hijo que creció sin tenernos. Un hijo que se hizo grande antes que nosotros. Un hijo al que ella perseguía hasta el cansancio, sin éxito. Un hijo que ahora, quien sabe donde está.

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