LOS DIAS DE LA SEMANA (LUNES)

Ahora firmo el acta de compromiso con la vida. Me encierro en mi habitación y escribo sobre la responsabilidad. Hombre que mira a la mujer que habla. Un ojo sucio, una lengua corta, un puente de hormigón hecho por arquitectos que vinieron de MARTE y no pueden regresar.

Tengo la imagen de un canguro flotando entre duras nubes de almidón. Dura la vida. Y mientras tanto, el salto de una niña que lleva trenzas negras y un sombrero gris, alcanza el mar.

La semana es tan corta que habría que programar con más esmero las frecuencias de los relojes de la vía pública. Se escucha el zumbido. Una mosca frígida que escapó de la cárcel de Devoto se mete por la mirilla de la puerta de calle de mi vecina ciega.

¿A quién le importa el nombre de los días? El lunes podría ser árbol. El martes: cielo. El miércoles: pez enorme que cruza al trote el río Amazonas. El jueves: luna de cemento. El viernes: siesta bajo un ombú descarriado, adicto al polen de las margaritas, dependiente, siniestro, malhumorado, asqueado de tanta raíz hundida en la tierra. El sábado: pelota de trapo. El domingo: cruz.

Pero es mentira. A Juanita sí le importa. A Rubén, que para no matarse se toca mientras viaja en subte, también. A Ana, que tiene 35 y se enamoró de la panadera, seguro que sí. Y a mí, que ya no tengo remedios en el botiquín del baño porque anoche me los fume todos, sí claro. Cómo no.

Decía entonces que…

Lunes: la canción de los pobres. Suena, suena. Que se agite la bandera y el miedo desaparezca. Asunción, sangre: saben dónde van, lo saben. Tienen escrito el nombre del destino en las palmas de las manos. Un punzón caliente les agujereó la piel: libertad y estrías de pulgas ancianas. Cortan venas, rompen calles, se cobijan en la mugre. Hediondos de tanta espera, arman la murga del infinito destino sin destino, y se toman en serio las consignas de un viejo barbudo. Son líquido espeso de una inyección para el culo. Cantan. Bailan. Agarran a los perros por las patas de atrás, y los muerden hasta hacerlos sangrar. Ningún río rojo los conmueve. Sopranos del viento. Silencios de la altura. Rumiantes de la vanguardia. Espejos del tiempo apagado. Lamparita oscura que alumbra en la tenue mirada de Julia mientras promete volver.

Termina el día y un televisor me habla con la voz quebrada. Dice que ya no hay tangos que lo conmuevan. No, no, no. Ya está: comienzan a oscurecerse los ojos de los buitres. Un día más, una certeza menos.

No soy ni quiero ser la pierna que reprime la búsqueda infame de un hueco caliente por debajo de la mesa.

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