SON MÁS DÍAS DE LA SEMANA

Martes: esos pescadores no van al mar. La luna se relaja, y es posible. Se relaja sobre un estanque que hay en el patio de la casa de mi abuela. Los sapos bailan el minué que estuvo de moda en el 68. Una pata de pollo y papas fritas sin aceite. Queda seca la lengua del torero cuando no hay fortuna. Una mujer mira desde la tribuna, pero la pelota no para. Directo al ángulo: la mano inquieta del director se desmaya sobre la nalga de una enfermera infartante que no usa corpiños. El señor de bigotes que va leyendo el periódico es un informante. Nos siguen, nos persiguen, nos van a conquistar otra vez. Estoy seguro, doctor. Dice un diagnóstico de la Universidad del Infierno: los hombres que se retuercen en la tumba no están muertos.

Miércoles: ¿qué clase de astro renuncia a la luz eterna? Nadie sabe contar. María, uno, Juan, dos. Hay en Tribunales una caja que guarda las fojas de una causa en la que nunca me presenté. Y me preguntan: ¿por qué no querés hablar de lo que viste? Sí, sí. Ovnis: no como sustantivo sino como verbo.

Mientras subo lento, agitado y desentonado las escaleras hasta el piso nueve, escucho voces de todos los mundo privados de las familias de mi edificio. Algún día firmaré el petitorio para que revisen con más frecuencia y menos prudencia, los secretos mecanismo que elevan y elevan personas en cajas cuadradas. Me detengo extasiado. La del quinto hache le dice, a los gritos, a sus hijos de cinco y nueve años: No soy ni quiero ser la enfermera despiadada que se desabrocha el primer botón del delantal y trepa a la cama del convaleciente.

Jueves: vino el lechero y era un hombre guapo vestido de mujer. En la guantera de un camión cargado de trigo hay un lápiz labial. Y la rubia se pone a llorar delante del espejo. ¿Quién inventó la saliva? ¿Y el celibato? Mariana no se depila porque le duele el lóbulo derecho de la indecencia. Yo vi un cerro de noche, y estaba lleno de luciérnagas privatizadas. Se venden. Todos tienen algo para vender. Ya no hay héroes; y el tráfico de picaportes está en extinción.

Final de la fiesta. Mi prima ha contratado descolgadotes de guirnaldas profesionales. Cobran barato y aceptan tickets. Además, hacen su trabajo con el torso semidesnudo. Dos amigos arrebatan mi última copa de vino. Los cristales se estrellan. Como pueden me suben a un taxi y un señor parecido a Dios hace que los escucha. Y le dicen:

“Este es un hombre sin suerte. Puede llevarlo a cualquier parte, incluso, dejarlo en la próxima esquina si quiere. Puede perderlo o perderse con él, asesinarlo o tomar su camino. Puede insultarlo, estafarlo o raptarlo. Puede pedirle cosas imposibles, confesarle deseos ocultos, desenfrenarse, acribillarlo, adorarlo, hacer en su nombre una hoguera o fundir su sangre con la baba de su hija menor. Puede frotarle el vientre, peinarlo, desvestirlo, cortarle una oreja o arrancarle los dientes. Si quiere, si resulta que algo de esto, o todo esto al mismo tiempo, le da placer, puede hacerlo. Nosotros lo autorizamos. Y le prometemos que no habrá reclamos. Entregamos un pasajero que no sabe que está viajando, y ese es ya su peor destino. El resto le pertenece a usted.”

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