UN DILUVIO

Me dormí murmurando: ¡Qué ganas de llorar a lágrima viva! De llorarlo todo, pero llorarlo bien. Al día siguiente, de mis ojos pulidos por la tristeza nació este diluvio. Y ahora, no se cómo detenerlo.

Al principio, todos pensaron que era una llovizna más. Se preocuparon un poco luego de las primeras setenta y dos horas. Pero era verano, y esas cosas pasan. Así que siguieron como si nada. Finalmente, al cabo de una semana empezaron las complicaciones.

Ni todos los paraguas del pueblo ni los recientes canales de desagüe alcanzaron para contener y drenar lo que ellos creen que es agua que viene del cielo. En casi todo el pueblo, el estancamiento líquido supera los tres metros, y ha ahogado todas las mascotas de peluche, humedecido todos los discursos políticos y hasta incluso, son innumerables los partidos de ajedrez que han quedado inconclusos.

Yo sobrevivo amarrado a mi tabla de surf, tratando de evitar que me descubran. Lloro y todos piensan que es porque me he quedado sin casa. Pero no. El nivel de lágrimas sigue subiendo. Y no sé como detenerlo.

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