El gato sin botas, sin nada; afilado como el acero

Dudando estaba Amalia entre poner huevos de campo o de criadero a la mayonesa casera que estaba a punto de batir con sus robustos brazos, cuando de pronto, el gato gris del vecino se le asomó muy campante por la pequeña ventana de la cocina y mirándola fijo a los ojos le habló en lenguaje humano.

Casi al instante, mientras la hermosa mujer discutía en silencio con su conciencia pacata, vio crecer de entre el pelaje sedoso y cuidado del animal, una erección suprema que acabó por desconcertarla. Con tal panorama en frente y la mayonesa aún por hacerse, Amalia decidió ponerle fin a tal inescrupulosa irrupción dando una orden certera y firme que pretendió devolver al felino a los aposentos de su dueño, imaginando tal vez ingenuamente que la voz erguida de una solterona voluptuosa llevaría al animal a poner freno a su impúdico estado de ansiedad, por llamarlo de algún modo.

Pero no. Resistiendo con estoica firmeza y aprovechándose del asombro que no dejaba de dominar el rostro de su interlocutora, sobre todo la parte de la mandíbula, el gato se animó a más y le confesó que la espiaba todas las noches desde hacía meses, y aprovechando entonces el pasmado estado en que la dejó, tendió un arañazo delicado que con delicioso tino rasgó uno de los senos de Amalia y la obligó a emitir un gritito muy parecido a un gemido que no hizo más que prolongar la ya mayúscula erección del animal.

Entregada a un episodio doméstico que parecía un sueño fatal, un sueño que de haber estado sobria jamás se hubiese permitido tener, Amalia llevó súbitamente su mano izquierda sobre el pecho dañado tratando de contener el derrame evidente de sangre, mientras el gato se relamía y en silencio la miraba libidinoso entre cerrando los ojos más verdes que nadie jamás haya visto.

La sorpresa fue inaudita para ambos cuando entre los dedos temblorosos de Amalia que apenas alcanzaban a sostener la teta herida, empezó a brotar no el líquido rojo que anuncia la insalvable rajadura de la piel, sino un espeso jugo blanco que al mismo tiempo y casi susurrando nuestros dos protagonistas celebraron enunciando la palabra leche. De la emoción, Amalia retiró su mano y dejó fluir ese manantial inesperado. El gato se abalanzó con todo el instinto animal que había cultivado en sus cortos cinco años de vida, y empezó a lamer con la fuerza de quién por primera vez descubre que puede gozar con aquello mismo que debe alimentarse.

Amalia gritó tanto que los vecinos vinieron a socorrerla, y una vez que estuvo rodeada, casi atrapada y sin salida, pensó que era imposible explicar la situación. Con el gato encima, todo húmedo, erecto y desquiciado, ella atinó a decir: la mayonesa, la mayonesa, la mayonesa.

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5 pensamientos en “El gato sin botas, sin nada; afilado como el acero”

  1. no se que me preocupa mas… si la zoofilia latente como la ereccion del gato o el hecho de que este post este categorizado bajo “ex novias en fuga”.
    en fin, fabuloso regreso mi querido.

    1. para mí lo más divertido es que esté en esa categoría.
      ¿con qué animales tendrán sexo aquell@s que ya no reciben de nosotros el placer sexual?
      me reconforta que estén ahi compañeros…
      ahora voy a volver a leerlos.

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