CHINO

Ayer cuando me desperté hablaba en chino. Fue extraño, pensaba una palabra en español pero cuando la iba a decir me salía en chino. Al principio tuve la sospecha que era chino, pero no estaba del todo segura. Porque como de chino no se nada, y lo poco que una escucha del chino parece una ensalada de sonidos guturales, ni me lo imaginé.

El primer episodio fue en el baño. Mientras me calzaba los ruleros y me ponía crema antiarrugas, traté de entonar bajito una canción de Sandro. Y la frase “tus labios de rubí” me salió bien entonada pero en chino.  Ahí me llamó la atención.

Después lo fui a despertar a Roberto. Como siempre lo apuro para que salga de la cama porque sino es capaz de levantarse a las doce. Le digo: Roberto dale que ya son las nueve. Todo en un perfecto chino que hizo que el pobre se asustara de un modo tal que automáticamente se sentó en la cama.

Medio dormido, y con los ojos llenos de lagañas verdes, me preguntó qué me pasaba. Y yo preocupada traté de explicarle, pero no hubo caso. Me salía chino. Medio con señas le fui explicando, y a los tumbos creo que fue entendiendo.

Al mismo Roberto se le ocurrió una idea genial, sobre todo para que los chicos no sufrieran. Rápidamente y en calzoncillos todavía, corrió a buscar una pizarrita mágica para que en vez de hablar yo pudiera escribir, y así comunicarme mejor. La sorpresa heló nuestra habitación cuando al querer escribir la primera frase que había sido pensada en español como “Roberto ¿qué está pasando?”, lo hice en chino.

Nos abrazamos. Y yo sin saber qué hacer bajé a la cocina y me puse a preparar el desayuno en silencio. Enseguida llegó uno de los nenes que me hizo un comentario al que yo respondí con un gesto afirmativo. Llevé el desayuno a la mesa y sin hablar unté la manteca en las tostadas de todos. Roberto trató de distraer a los chicos y a nadie le pareció extraño que yo no hablara.

Levanté todo y tomé la bolsa para hacer las compras en el supermercado. Se la mostré de lejos a Roberto, como para que entendiera, y me hizo un si con la cabeza. No sé muy bien que habrá significado. A los diez minutos estaba perdida entre góndolas de jabones y fideos.

Ir de compras siempre hace bien. Al rato ya me había olvidado de todo mi problema. Que tampoco era tan grave, como lo demostraba tan contundentemente la realidad. Casi nada de mi rutina habitual se había alterado. Así que yo seguía siendo la misma, pero con una nueva capacidad.

Cuando me acerqué a la caja tuve la intención de protestar por la fila interminable, pero me acordé que cualquier expresión en voz alta podía delatarme. Incluso, un señor me preguntó la hora y me hice como que no lo escuché. Poco a poco me fui acercando a la máquina registradora, y algo terrible me sucedió.

Empecé a notar que podía entender los diálogos que la chica de la caja tenía con un joven flaco vestido de negro que tenía detrás. ¡Los chinos! Hablaban entre ellos y yo podía entenderlos. Los entendía perfectamente. Me emocioné, porque fue en ese mismo momento que la lengua extraña en la que estaba hablando desde hacía cuatro horas se me revelaba como chino. Enseguida pensé: con lo difícil que debe ser aprenderlo, yo lo hablo como si nada. Pero en la medida que me acerqué entendí más y mejor lo que decían y no me gustó mucho.

La chica de la caja me saludó con un hola seco en español, y mientras pasaba los productos por el láser le decía al otro chino, en su lengua autóctona: esta siempre viene sin cambio, lo debe hacer a propósito, voy a ver si le puedo redondear para arriba algunos productos así no me complica la vida y me paga justo.

Por primera vez en la vida no supe qué hacer. Podría haber estallado en un grito chino que despeinara a la yegua de la caja y al otro patrón encargado. Pero me habría ahorrado tres pesos. Por otro lado, si no hablaba, me reservaba un arma poderosa para próximas oportunidades, un arma que incluso podía ayudar a otros.

Así que no dije nada. Ya veremos.

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