PARANOIAS

Ahora todo está bien. Los pájaros se calmaron y encontramos la llave de la puerta principal. Paula terminó su maqueta y logramos encender la caldera.

Le tengo miedo a la vejez. Pero no a las arrugas o a perder la vista, sino a la vejez. No me preocupa ni caminar con bastón ni olvidarme de casi todo, sino ser viejo.

Soy un donador de sangre social. No me gusta, no confío en ningún acero manipulado por seres humanos. Pero lo hago porque todos me miran inquisidores.

Cuando se terminen las naranjas, Amanda inventará mil excusas para sus clientes. Pero no voy a ser tan ingenuo como todos. Ellos están acostumbrados. Yo no.

El día está lleno de palabras. Más graves, más agudas, más esdrújulas. Palabras que disparan contra nosotros. Y otras que también nos sirven de escudo.

La mujer quiere que le de mi asiento. Yo estoy cansado porque trabajo parado ocho horas atendiendo un puesto de comida al paso. Pero la mujer no lo sabe y acusa.

El teléfono no sonó en todo el día. Aunque tiene tono, llamé a la compañía proveedora, pero muy calmos dicen  que no hay de qué preocuparse.

Si Sergio no viene a cenar será por algo. Ojala que mañana llame Paula y me lo explique mejor. Aunque dudo, porque Ernesto la tiene bien controlada. Pobre Amanda.

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