ÉRAMOS TAN FELICES

Las serpientes se arrastraban sobre la alfombra. Baba espesa y tabaco: el sabor de la humedad dormía la siesta con nosotros. A Carla todavía le sangraban levemente las heridas de la noche anterior. El reloj se paró a las tres y no hubo posibilidad de reanimarlo. Afuera, crecía el desierto.

Me habló en voz baja, sólo para recordarme que teníamos dos hijos. Y entonces ya no pude volver a excitarme. Porque la heladera estaba vacía, y me daba algo de culpa no haber podido ni siquiera traer un pedazo de pan. Me besó en los ojos y me dijo que no había de que preocuparse, todavía nos quedaba el maíz del verano.

Escuchábamos sus voces a lo lejos, como perdidas. Cantaban débiles las canciones que les habíamos enseñado cuando todavía éramos felices. Y el sonido nos trajo la imagen. Un espejo antiguo nos dijo tantas verdades que nos arrepentimos de nuestra desnudez.

Y salimos a buscarlos. Pero el desierto es demasiado grande cuando no hay esperanza. No estaban. Apenas la arena y el sol ardiendo. Como cambian las cosas.

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4 comentarios en “ÉRAMOS TAN FELICES”

  1. Imagenes que siguen hablando más allá de la riqueza misma de de tu relato. “sólo quedan las ganas de llorar al ver que nuestro amor se aleja…”
    El fin del amor, cuando se impone como irrecuperable.

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