SERVIR

No Marcia, no encendí las estufas. Es cierto que regresé temprano, más que nunca. Pero no encendí las estufas. No lo hice porque necesitaba revelarme. Estoy un poco cansado de andar por esta casa haciendo todo lo que usted ordena en tono de sugerencia. ¿Sabe acaso lo que dicen de mi Ramona y Gervasio? Seguro que sí porque su costumbre de escuchar conversaciones ajenas tras las puertas no ha menguado con la edad. En cualquier caso, a quien le importa tanto. Esa pobre gente no tiene otro espectáculo al que asistir en la vida. Pero el otro día me enfrenté con mi propio límite. El chofer, de quién desconozco el nombre en absoluto, me condujo por una diligencia muy menor hacia el centro de la ciudad, y en el camino de regreso me exigió que le diera dos días libres el próximo mes a cambio de no revelar los pormenores del sitio al que me llevó. Por supuesto que me negué. Pero él insistió con firmeza y dijo: no creo que a Marcia le guste conocer los detalles de esta tarde agitada. Han empezado a usar su nombre como amenaza, me extorsionan porque saben que me doblego frente a su presencia. Su sola mirada me paraliza, su aliento me pone en jaque, sus gritos me alteran, sus desaires me desesperan. Ando sin rumbo tratando de no cometer ni un solo error. Pero no tiene sentido, porque está en mi el fantasma de su persecución perpetua, Marcia.

Me gustaría que diga algo. Que se defienda. Que me diga que estoy equivocado, que nunca esperó nada de mi, o mejor aún, que soy perfecto haciendo cada uno de los quehaceres necesarios para mantener la casa reluciente y que mi moral y decencia están en la más alta estima. Pero no. Duerme usted esta noche el profundo sueño de los victimarios más temidos. Por eso he venido a dar con el final de mi angustia. A desprenderme de una vez por todas del yugo de su brazo. Lo he pensado. He dado mil vueltas en la cama imaginando con qué palabras enfrentarla para conseguir algo de piedad o misericordia. Y que al menos las mañanas se volvieran más tranquilas. ¿Por qué Marcia? ¿Por qué no fue capaz de dejarme vivir sin perturbarme, sin adormecer mi hombría, sin ensañarse con mi felicidad, sin entorpecer mi trabajo? Ya no tengo honor Marcia. Mi reputación cae por el suelo, y estoy seguro que en otras casas tan distinguidas como esta hablarán de mí como el único mayordomo que sucumbió a su ama de llaves. Un perro faldero sin consuelo que vale menos que la mugre que limpian su criados. El perro faldero de la gran Marcia. ¿Por qué mujer de hierro? ¿Acaso porque no supe amarla en la penumbra de los pasillos y en los tiempos muertos que muy de vez en cuando nos dejan los Señores? ¿O por la cobardía de no haber escapado juntos a tiempo, ese plan ridículo que pretendió en su juventud aún sabiendo que poníamos en riesgo nuestro futuro y el de nuestro amado hijo?

Perdón Marcia. Ya no puedo vivir con su cuerpo como fantasma. Con sus labios como hiedras. Con sus manos como lazos que atan nudos imposibles. La mato por las entrañas, que es por donde me dio vida. La mato por la garganta, que es por donde me enseñó a pecar. La mato por las manos, que es por donde me golpeó sin piedad. La mato toda antes de que despierte, para abandonar la cárcel que me enferma y seguir sirviendo sin edad ni vergüenza a los grandes hombres de esta patria.

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