APRENDER A NADAR

Ayer por fin pude decirle que ya no lo íbamos a intentar más. Que las reconciliaciones funcionan un par de veces, pero casi nunca se pueden convertir en el modo determinante de un vínculo. Cuando se vive de reconciliaciones es porque se sobrevive entre peleas. Y así la rutina la marca una contradicción permanente que se vuelve insostenible si alguno de los dos conserva la cordura.
El tiempo deja residuos imposibles de reciclar. Silenciosa mugre que se acumula debajo de las uñas y entre los dedos de los pies. Un catálogo inexorable que sacamos a relucir en el diván de nuestro analista sin mayor esperanza que confirmar lo abominable. El tiempo deja nombres, cuentos e historias que no tienen razón de ser. El tiempo niega al amor.
También le dije que nos merecíamos ese final tanto como antes supimos conseguir todo lo demás, esas cosas bonitas que durante años llamamos felicidad. Y en ese arranque desenfrenado, le advertí que iba a ser imposible mantener intactos todos los recuerdos, aunque prometí no olvidarme jamás de su sonrisa.
Es extraño, pero percibimos la velocidad del tiempo en esos momentos en los que el tiempo parece detenerse. Hay breves instantes en la vida donde sentimos la capacidad de pausar casi todo; y en ese instante de calma la velocidad atraviesa la experiencia y morimos de angustia crónicamente pasajera.
Después pasamos quince minutos sin hablar. Es cruel la última vez, porque uno la supone, tal vez la presiente, o hasta incluso puede imaginarla mil veces; pero se vive una sola. Una única vez imposible de atrapar. Si nos dieran a elegir coleccionaríamos todos los encuentros finales, todas las despedidas, cada una de las veces que vimos por última vez a un gran amor que nunca fue el último.
Hay cosas que ya no podemos intentar. Eso le dije antes de doblar la esquina. Se nos va haciendo tarde para pilotear aviones, surfear olas en Hawai, fumar a escondidas de nuestros padres, o ir a trabajar sin dormir. Pero por suerte nos quedan otras. Dejemos de intentar aquellas posibilidades que el tiempo ya nos ha quitado, Ana. Vamos a concentrarnos en lo que podemos hacer, vamos a dejar de vernos y esta vez va a ser para siempre. Te recomiendo que aprendas a nadar. Porque nunca se hace tarde para aprender a nadar. A mí me está haciendo bastante bien.

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4 comentarios en “APRENDER A NADAR”

  1. hay cosas que la edad no te permite hacer…pero por suerte hay tantas otras que descubrís que sí podés hacer de grande…Eso es lo grosso de la vida: fluye!

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