DEMASIADA FELICIDAD

Te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo. La plaza estaba desierta aquella tarde, y nadie quería tener razón. Hubo un sol manso, que empinado en tu cintura me hizo pensar en el atardecer. Puras imágenes sin realidad. Y en el cantero principal se retorcían de risa unos crisantemos rojos, azules y amarillos, recién regados. Estábamos a punto de dar un paso. Pero tal vez la paloma no lo quiso, o a la rana del estanque se le antojó que era demasiada felicidad.

El temor al fracaso me había hecho darle mil vueltas a la idea. Tenía tu boca cerca. Recién habían cortado el césped y se sentía la humedad en el viento recio del invierno. Pensé, seguro que demasiado, en el futuro, en los amigos, en los secretos. Pero todo volvía en forma de espanto. Dominaba con palabras absurdas la proximidad y estiraba con silencios imprudentes el feroz encuentro.

Es que, te lo digo ahora que han pasado tantos años que ni fotos nos quedan de la felicidad que ampararon nuestros cuerpos flacos, yo no sabía nada de labios aquella tarde. Y no quería darte motivos para el desprecio. Pero frente a la mujer que promete más de lo que uno ha soñado, cómo manejar la inexperiencia. Cuando vuelvo a pensar en ese instante de adolescencia al borde de la Plaza Irlanda, siempre nace una pregunta en mis ojos: ¿qué es la cautela?

Te lo dije, brutal y desenfrenado. Nunca he besado, tengo la saliva virgen, sincera, ardiente y esperanzada. Tengo los labios áridos, ingenuos, dotados, contenidos. Tengo la boca acelerada, pura, transparente. Soy la inmaculada sombra de un niño que no sabe cómo vestirse de hombre para no perder la mágica pensión del sexo que se sirve en la bandeja del primer amor.

Y no me entendiste. Te dije todo eso, así tal cual ahora lo escribo. Y no me entendiste. Porque tenías quince años y la experiencia te gustaba más que la poesía. Y la verdad te asustaba más que la mentira. Y la urgencia te apuraba más que la prudencia. Y todo, el césped, el sol, los crisantemos, y un camioncito que vendía helados, te pareció gris, o blanco o negro.

Y te fuiste, con aire tangencial, por la veredita de polvo de ladrillo.

En agosto siempre vuelvo a la plaza. Desde aquella tarde, el frío del invierno huele a caramelo de los niños de la esquina. Y en el banco donde estuve a punto de besarte por primera vez, han puesto mil carteles de políticos que nunca llegaron a nada. Me siento y escucho a lo lejos la voz de un hombre que vende garrapiñadas. Y miro alrededor y la plaza sigue vacía.

Es tierno el tiempo cuando uno se queda solo, habitado por nostalgias o besos que jamás nacieron.

Y son muy tristes las cosas que perduran en el tiempo y nos hacen pensar en los tiempos que nos faltaron para conseguir perdurar sin tristeza en las cosas.

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