UN SICARIO

Han matado nueve gallinas para celebrar el cumpleaños de la abuela. Todavía cuelgan con sus cogotes devastados del cordel de alambre que improvisó el tío Mario. El viento levanta tierra en el patio y el calor es insoportable. El olor a sangre de animal está en el ambiente, se impregna en la ropa y la nariz. Pero todos lo disimulan. Lo que viene es pura alegría, suponen.

Celebran con los ojos. Son ochenta años y vienen parientes de muy lejos. Los más pobres y los más distinguidos. Y también el hijo menor de Doña Aurora, que hace poco eligieron diputado nacional por un partido conservador.

Llegan dos camionetas y se estacionan en la entrada de la humilde casona. Descienden cuatro hombres serios, arman una fila y esperan erguidos. Así un rato. Y de pronto Julián llega en un auto gris con vidrios negros. Los vecinos del barrio se agolpan, se mezclan con los invitados, y al bajar, una muchedumbre lo rodea con cámaras de foto, cartas y banderas. Pero el flamante representante ha aprendido bien el oficio de esquivar a la gente. Se escabulle, se mete en la casa de prisa y da un abrazo fastuoso a la abuela que llora de emoción.

Lucas permanece ajeno a todo. Aprovechando el despampanante despliegue se ha encendido uno y lo fuma a escondidas en el patio. Lo acompañan dos amigos, Javier y Pedro. Ambos han querido ir a ver al diputado, pero Lucas se los prohibió rotundamente. Exhalan a su turno el humo gris de un tabaco que huele a cerezas y miran las gallinas degolladas.

– Pobrecitas – dice Lucas.

Pasan minutos. Se sientan a la mesa. Algarabía manifiesta y mucha bronca y envidia bajo el mantel. Ya nadie se preocupa si todos los invitados han llegado. Suben el volumen de la música, ingresa un carro con una bandeja enorme con bebidas de muchos colores. Aplauden, se ríen, se miran, se olvidan para siempre.

Todos levantan la copa y hacen un esfuerzo por dejar de lado los últimos treinta años, y se cuentan el cuento de ser una familia grande y unida. Ya no se odian ni se olvidan tanto.

Silencio súbito. La abuela capta la atención. Es el momento del discurso. Habla en plural pero mira en singular. Está quieta en Julián, el diputado, el conservador, el único capaz de hacerles olvidar que son un tropel de tercos miserables; Julián, ese que a escondidas hace suspirar a las primas y masturbarse a los primos. Julián que no ha cedido al elegante sport ni siquiera en un día así. El del orgullo, la moral pública bien elevada y el espanto privado bien sepultado.

Palabras y sentencias así son las que se le vienen a la mente a Lucas, mientras mira al tío Julián. No sabe cuando perdió conexión con la realidad. Hace mucho tiempo que no fuma tabaco, y a los catorce años siente que ya lleva tres vidas. Reniega más del hambre que de su trabajo. Al fin de cuentas se lo ha cargado encima, y ya no sabe cuando fue que empezó. Son cosas sencillas pero hay que prepararse bien. Ahora ya no tiene miedo, ni tiembla, ni sueña. Pero sigue necesitando encender con furia la mecha del impulso. Relojea, mira, inquieto, una chispa, y el humo se hunde hasta el sótano del pulmón.

Lucas se para sobre la mesa que está a punto de ser servida. La abuela se calla y le pide por favor. Se arrodilla. Cumple sus últimos ochenta años. Sabe las historias que duermen en los corazones de su descendencia. Los invitados se han vuelto una masa fecal homogénea y sus voces suenan como borbotones del pantano. Lucas corre hacia la otra punta de la mesa para quedar frente al diputado. Dos guardaespaldas de contundente apariencia homosexual atinan a defenderlo pero la soberbia los detiene con la palma de la mano en alto. Lucas grita. Saca un arma del bolsillo del pantalón y dispara cinco tiros en la cara del diputado conservador. Julián, el que ya no respira.

Lucas, el que cuenta miles de dólares con cada disparo. Se seca el sudor de la frente mientras piensa cuánto mejor es cobrar por bala que por muerto. Y no deja de reírse ni siente vergüenza cuando, al volver, su mirada se cruza con la de sus inocentes amigos. Tiene que irse pronto, y probablemente cuando se vuelvan a ver, estarán seniles de tanta violencia.

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4 pensamientos en “UN SICARIO”

  1. La muerte en manos jóvenes, parece menos muerte. Matar un político menos pena, morir a manos de un ideal menos culpa. Pero todo es morir.
    Buena ambientación familiar con sorpresa para ser completo el cumpleaños
    Salut.

  2. Muy bueno. Los rotulos y etiquetas son odiosos pero el escenario y los personajes me recuerdan a las descripciones de Cristian Alarcon en Cuando Muera Quiero Que Me Toquen Cumbia, medio desiguales, marginales, me encanto. Abrazo, Lucho

  3. Partes lento y en pausas, dibujando con trazos finos la ambientación. En un día caluroso, no sé si viene a cuento pero se me antoja que la sangre y los cumpleaños pegan más fuerte el mazazo de la muerte del tío, que es despachado por ser demasiado bueno para ser verdad.
    Me quedo con tu frase final, que retrata de cuerpo entero a una generación que está curada de espanto por escenas parecidas a las que describes.

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