Catriel

Una tarde de enero, sin preámbulos ni avisos, te vas o te llevan, no sé todavía qué fue exactamente, y espero poder revelar ese misterio antes de cualquier otra cosa; como sea, lo cierto es que durante días no estuviste, y tu desaparición se convirtió en una noticia estruendosa, y del anonimato eximio en el que vivimos nosotros y tus hijos y tus vecinos y tus amigos, saltamos a la primera plana de los periódicos nacionales que tomaron tu nombre como marca de gaseosa y la pusieron en las marquesinas, con letras pintadas de colores, y dibujaron en la circunferencia de tu apellido un misterio necesario para paliar la falta de noticias del verano y sus afluentes, y entonces, cuando tu vida, tus deseos proyectos tradiciones esperanzas y firmas en los papeles están a punto de convertirse en un caso más, cuando la solidez de tus pasos por el mundo está a punto de desvanecerse en la incógnita sepulcral de los noticieros televisivos y tu peregrinación parece esfumarse y convertirse en espíritu de las pequeñas historias policiales irresueltas, así de pronto, la sombra pálida del hombre que fuiste, la imagen de un cuerpo dócil y un espíritu débil, la voz apagada de tus cincuenta y pico de diciembres acumulados en el lomo, se presenta brutal y despiadada, siniestra en su forma, imposible en su distancia, se presenta, adquiere luz, claridad y cuerpo en el lado opuesto a donde todas mis angustias te esperaban, y como si no importara acaso ninguno de los vínculos y los placeres que te cobijaron hasta el pasado día uno, ya no sos el hijo de esta tierra que te vio limpiarte los mocos, patear en los potreros, subir a las camionetas, revisar la tierra, proveer la fertilidad, organizar la rutina, porque ahora toda tu creación pertenece a la fábula mediática que inventan y reproducen en la capital de los sueños y los repartos, esa que tantas veces juraste no pisar, esa que te costó tranquilidades y sobresaltos, esa que te robó hermanos y parientes, esa que te asfixia, que condena a toda tu gente, que te limita el margen de acción y salvación, esa que ahora, sin más conocimiento que las pocas líneas y las escazas fotos que algunos irreverentes han provisto, te pronostica un futuro lleno de complicaciones, y te mete en los consultorios y los hospitales para hacerte estudios médicos, esa que lo mismo le da la primera o la segunda docena en las apuestas que levanta para su ruleta de la política mediática sin rumbo ni consuelo, y que sin embargo, desde algún lugar, tal vez no inocente, tal vez no deseado, empezaste a alimentar algún día no tan lejano del pasado de tu vida que, sin dudas, por más tapas de diarios que empiecen a enmudecer de tu nombre hastiadas por la decadencia comercial de tu caso, jamás volverás a recuperar en un sentido estricto y verdadero, y digo esto a riesgo de equivocarme y pasar por alto la posible idea de que todo esto pueda ser el resultado de un plan ideado por tus manos, planificado por tus piernas, y que ahora sin ninguna culpa y con la mayor soberbia tu lengua saborea en secreto.

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Un comentario en “Catriel”

  1. Uno no puede desaparecer. Quizás era algo que antes se podia considerar como un privilegio pero se descubrió que es demasiado arriesgado que a la gente le dé por desaparecer y desde arriba no se tenga constancia. Pensar por uno mismo es peligroso.
    Salut

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