PUERTAS

Pasaron dos años nada más. En el medio vos te fuiste ocho meses a trabajar en un crucero, diste cinco vueltas al mundo, hiciste una carrera, cambiaste por completo tu corte de pelo y un poco tu forma de vestir. Mientras tanto, yo seguí acá. Al principio creyendo que te esperaba, después esperándote, y finalmente, entendiendo que no tenía más sentido esperarte. Y un día volviste, y fue raro porque no éramos los que habíamos pensado que íbamos a ser. No supe si ir a buscarte al aeropuerto; y no fui. No tenía claro si llamarte o esperar; y esperé. Y pensé mil veces si el mejor lugar para vernos era tu casa, o la mía, o un bar. Me decidí por un bar, y todavía dudaba entre uno que nos significara algo, y otro completamente nuevo. En todas estas dudas estaba yo, sabiendo que habías vuelto y no haciendo nada, en definitiva, para verte. Hasta que nos encontramos en la fila del Banco Patagonia. Yo buscando cambio en monedas; vos por cobrar tu último sueldo de la Royal Caribean. Más raro. Y fuimos al bar de enfrente al Banco, un bar cualquiera con el que jamás había especulado. Y nos sentamos como siempre, y pedimos cada uno lo suyo, y no me pasó nada con volver a verte, excepto la nostalgia de tu cambio. Vos me mostraste unas fotos que tenías en tu súper cámara digital y hablaste de Grecia como el país más impactante.

Después de eso pasó un año, tal vez un poco más, sin hablar ni escribirnos ni vernos ni nada. Pero con la inquieta espina de sabernos en la misma ciudad. Y me llamas a mi celular para ir al cine a ver la nueva de Tim Burton. Y vamos, como amigos, como viejos amores, como perdedores del destino. Terminamos en otro bar, uno al que nunca habíamos ido. Y te cuento que hay otra persona en mi vida, y me decís que la noticia te alegra. Y siento que te alegra y eso me alegra a mi también. Noto la verdad fluir con el fernet. Y cuando parece que llega el final, que vamos a cerrar con un abrazo fraterno una noche tan patética como los adioses, llorás un llano de telenovela alucinante. Pienso en filmarte y sacarte muchas fotos, pero puede ser cínico. En un ahogo de lágrimas cristalinas que brillan bajo la luz de neón, me confesás que soy el amor de tu vida, que necesitás recuperarme, que no tiene caso la vida sin mi. Y lo peor, me hablás de tu seguridad, de tu convencimiento atroz, que te indica que a mi me pasa lo mismo. Y en la mesa se inaugura el juego de la frase de amor más impertinente de todas: entre nosotros, siempre habrá una puerta abierta.

Dos años sin vernos, el engaño de la historia superada, para caer en la metáfora de la puerta abierta. Me dan ganas de gritarte que todo el mundo tiene la puerta abierta, porque de eso se trata el amor. Me dan ganas de decirte que sos un obvio, un inconstante, un retrasado. Me dan ganas de abrir y cerrar esa misma puerta sobre tus dedos para que te duela tanto como a mi me duele que hayas llegado tan tarde con tus metáforas pobres.

Y te digo que no. Que no hay ni habrá puerta abierta. Que lo nuestro está en las fotos, y las fotos son tiempo capturado que no late, las fotos son copias envidiosas del futuro, las fotos son agujeros en la memoria. Estamos en las fotos, en los bytes que las fotos que nos sacamos ocupan en mi computadora. Nuestro amor es ahora un montón de bytes que nos recuerdan no sólo lo que fuimos, sino también lo que podríamos haber sido. Pero hubo tanto desencuentro, que lo único que quiero es cerrar la puerta y nunca más volver a sentir que tus manos, hermosas, vienen a golpearla.

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2 comentarios en “PUERTAS”

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