LATIR

El destino es un disco externo sin formatear: una ampliación artificial de nuestra capacidad de memoria. Dos copas más tarde ya nos habíamos hecho las preguntas fundamentales, y yo sentí que podía dormir sin culpa entre tus piernas. Hablamos de la eternidad en la primera cita, y confesamos pecados y transgredimos las normas y el buen gusto.

Perdimos las llaves de tu casa y se nos hizo de día en el umbral antiguo de San Telmo. El amor es una llave esperando encontrar su sitio. Pero no era esa nuestra preocupación principal: el sol nos apuraba los ojos y era inminente el verano sin vacaciones. Vos cambiaste de trabajo, yo perdí una buena oportunidad. El amor es un candado que ha extraviado las llaves. Pero tampoco nos importaba.

Tuve que llamarte hasta desvanecer de dolor. Me hablaste de las falsas expectativas, y te mentí con la sobriedad que dan los años. Muy legítima la parodia de la pasión que inventamos a medias. Planificamos viajes, intercambiamos libros, y no pude volver temprano ni a mi cuerpo ni a mis razones. Salté la vereda, doblé en la esquina, y respirando agitado te puse nombre de imposible.

Me esperaba una casa abandonada, la derrota en la cama, la ropa sucia y las obligaciones intactas. Me esperaba un perro hambriento y una lámpara encendida. Pero jamás regresé al hogar donde me hice grande. Basta de monotonía serena.

Fue tu boca de higo la que me quitó las ganas de dormir tranquilo. Y empecé a latir.

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