REPETIR

No hay milagros. Pero si coincidencias absurdas que parecen milagros. En esto pienso mientras, por enésima vez, me enfrento a la dulce encrucijada de las fotos en las que estamos juntos esparcidas sobre la mesa. Y aunque está claro que el problema no son las fotos, sino mis ganas de volver a verlas a cada rato, no deja de inquietarme una idea trágica: tengo que quemarlas.

Todavía me asomo por balcón a las nueve menos cuarto de la mañana para ver si te veo pasar para el trabajo. Tres años después sigo creyendo que no cambiaste de trabajo, y que vivís en el mismo departamento húmedo de la calle Hungría. Y por eso estás obligada a pasar por mi cuadra.

Pero la ciudad tiene suficientes atajos como para no repetir ni una sola vez el mismo recorrido. La ciudad está llena de caminos, pasajes, esquinas, plazas y pasos peatonales que conjuran contra esas coincidencias que a menudo necesitamos los desamparados.

Soy un hábil jugador, erudito en el conocimiento de las reglas, obsesivo en la cuenta mental del orden con que se reparten las barajas, prolijo anotando mentalmente cada nuevo rumbo. Tengo todo para ganar, menos la suerte.

Podría probar con un método más efectivo: al fin y al cabo sé dónde encontrarte. Pero necesito estar a salvo de semejante gesto burdo, eso sería perderte definitivamente. Por eso, necesito una pizca de suerte. Pero no, la suerte es toda tuya. Y a mí sólo me queda repetir, con la ilusión del aburrimiento.

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