PORTUGAL

Me dijiste gesto de amor y crucé el Atlántico. Estabas en Lisboa, de gira con tu grupo de patinaje artístico. Y aunque nunca me avisaste,  siempre fue fácil encontrar tu rastro. Fácil y cruel. Pensé que era mi única o mi última oportunidad. Tendencias autodestructivas de una desesperación inconsciente. Y armé un plan perfecto. Vendí mis pocas cosas de valor: una cámara de fotos con la que trabajaba en eventos sociales, la notebook que ya estaba bastante usada y se le había borrado la tecla del “enter”, y un par de zapatos que nunca había estrenado porque me apretaban mucho el dedo gordo. Compré un pasaje de avión y un anillo, armé una mochila con ropa para diez días, y pedí un taxi hasta Ezeiza. Tendencias inconscientes de una desesperación autodestructiva. Gesto de amor, dijo con encanto la azafata, antes de traerme una manta extra. Y soñé todo un vuelo con tus ojos de litio.

Mujer de luna. Estás clavada en la ribera de mi angustia y la voz de tu alma en pena retumba en mi estómago. Enciendo y apago, una y otra vez, los dos veladores que compramos para nuestra postergada habitación matrimonial. Sueño intermitente que va y viene del otoño al verano; de América a Europa; del carro triste que arrastran los pibes de la barriada, a los Airbus que aterrizan el lujo sobre el asfalto concreto de mi esperanza.

En portugués a medias pregunté por tu habitación en la recepción de un hotel con ventanales enormes que daban a la Praça da Alegría. Sorprendida bajaste de un ascensor pequeño y no te salió más que un ¿qué hacés acá? Entendí el mensaje y el gesto de amor que traía conmigo empezó a derretirse.

Caminamos sin hablar, apurados por tus horarios y la incomodidad del sol. Nos detuvimos unos pocos minutos frente al mar. Yo insistí con aquello porque quería al menos llevarme una buena imagen de nosotros dos, sobre todo si iba a ser la última. En un momento dije algo que te hizo reír, y después todo volvió a ser dureza puesta en el rostro de una mujer que no conocía. Ahí me dejaste, te quise acompañar de vuelta al hotel pero no fue posible. Cruzaste una avenida y te perdiste.

Anduve un rato por la ciudad, cené en un lugar pequeño y pedí un taxi al aeropuerto. Veinte horas en Lisboa alcanzaron para perder un amor. Volví. Sin billetes, sin recuerdos para la familia, sin fotografías de nosotros. Volví sin tiempo. Ni te soñé todo un vuelo, ni tuve una azafata amable que me diera una manta extra. Pensé que los fracasos de amor se perciben, alejan a las personas amables y atraen a las sanguijuelas sin sangre ni corazón.

Pensé mucho en esa manta extra. En la nostalgia de la vida inútilmente planificada para dos. Y en la necesidad de poner asientos individuales en todos los aviones que viajan a Portugal.

Un amigo vino al aeropuerto a recoger los pedazos de mi cuerpo. No hablé de nada. Y cuando estábamos llegando a eso que tan salvajemente seguimos llamando casa, aún cuando todos los que alguna vez amamos se han ido a vivir a otras casas en las que no tienen ningún recuerdo de nosotros, me dijo: “los gestos de amor siempre son para uno, nunca para los otros”. Y no lo entendí, pero lo abracé.

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2 pensamientos en “PORTUGAL”

  1. El último párrafo de este relato me ha parecido increíble.
    Yo también crucé el Atlántico por amor (bueno, sigo creyendo que fue ese el motivo)… Y lo volví a cruzar varias veces más.
    Ojalá hayas entendido lo que te dijo tu amigo. Sabias palabras.
    “Que desees y seas deseado, que se frustren todas tus esperanzas y que acabes descubriendo que la única forma de recobrar el primer amor, que es el propio, es en brazos ajenos.”
    Un gustazo encontrar(te) tu blog : )

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