HIJOS

Tus hijos son hermosos y yo no se qué hacer con el pasado. La vida nos pasó diferente. De la familia que íbamos a tener juntos sólo quedan dos canciones en inglés. Te las nombro y me pedís que las cante, porque no las recordás. Las canto, y es lo mismo. Nada. Estoy tan anclado en la época absurda de nuestra juventud como vos en el presente solemne de tu matrimonio con hijos. No puedo ni decirte que estás hermosa, que no cambiaste, que te brillan igual los ojos, y que tus manos me siguen gustando tanto como hace veinte años. No puedo porque somos desconocidos. O porque estás empeñada en demostrármelo, mientras pasa este instante cruel. Sin decirlo, con pequeños gestos, te parece fundamental hacerme notar y valer esa diferencia: subís hasta arriba el cierre de la campera que abriga a la más pequeña, le das un beso en la frente helada y le decís que juegue un rato con su hermano mientras vos conversás con un viejo amigo. Pienso en la tragedia de las pasiones y los amores, condenadas a ser recordadas con nuestros hijos como historias de viejos amigos. Nada me parece más terrible en este instante de Plaza Armenia, este instante salido de un cuento de escritores novatos que soñaron con best sellers. Me hablás de cosas simples pero no te escucho, sólo resuenan en el universo más hondo de mi culpa los gritos y las risas de tus hijos. Y pienso en el hombre que te hizo madre, y me duele no haber podido ser yo. Me duele y te das cuenta; tal vez por eso, audaz y sutil como antes, como el primer día de nuestra historia, mirás el reloj y decís que es tarde. Pero en realidad no, no tenés a dónde ir, porque este es el momento tierno y relajado con tus hijos, que dura un buen rato. Pero querés que termine, hoy querés que termine así, de pronto, para que deje de dolerme tu felicidad armada al margen de mis posibilidades. Y no sé que hacer. Si vender mi prudencia al diablo y confesarte que ahora no hay nada que me haga menos infeliz que contemplar desde afuera tu felicidad. O tal vez dejarte ir, hacer como si nada, y recorrer los puestos de la feria y tal vez comprar saumerios con olor a lavanda, como los que poníamos cada mañana de nuestra juventud, entre el sexo y el café amargo. Nos miramos a los ojos, mientras pienso en todo esto, y se me ocurre algo fundamental. Te pregunto la hora. Y me decís que no sabés. Pero acabás de mirar el reloj. Y tus hijos se ríen, a lo lejos.

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