FREAK

Come con las manos y no le importa nada. Costumbre que le quedó de chico, su madre nunca lo corrigió y se le hizo normal. A estas alturas, hasta me animo a decir que no sabe usar los cubiertos. No corta, despedaza. No bebe, absorbe. No pincha, rapiña. Pero es un buen chico.

Con él estoy pensando en casarme. Tener una vida en serio, y tal vez ponerle un poco de pimienta a la cosa con algunos hijos. Con él, que no sabe usar un cuchillo ni para defenderse de los ladrones.

Mamá me llamó el otro día y me dijo que si la cosa va tan en serio, ella y papá lo quieren conocer. Que vayamos un domingo a almorzar en familia y empecemos a darle seriedad en serio a todo esto.

Mamá habla así. Cree que es muy precisa y original en el uso de sus palabras, pero no. Es así de abierta y ambigua. Ella está convencida de que es exacta en lo que dice, porque mientras te dice “la cosa” piensa en algo muy puntual y específico, a lo que llama “la cosa”. Pero no puede enunciarlo de otro modo. Siempre me extrañó mucho el modo de hablar de mamá. O su incapacidad para construir cierta fidelidad entre sus ideas y las palabras que usa para expresarlas. De grande empecé a sospechar que siempre fue una estrategia, tal vez no consciente, para construir poder. En la ambigüedad siempre se gobierna mejor una familia. No sé un país.

Tengo muchas amigas que hablan igual que mamá, y cuando les digo que se parecen mucho a ella, me contestan que es por una cuestión de economía del tiempo. Hablar menos para vivir más rápido. A lo que respondo con mucha indignación: hablar rápido para vivir menos. Me llama la atención la gente que cree que se puede vivir más, o menos. Quiero decir, la idea de la medida de la vida es absurda. Uno vive la cantidad de minutos que está vivo, ni uno más ni uno menos. Todo lo demás son accesorios.

Rubén no sabe lo que son los accesorios. Es tan simple, tan natural, tan animal, que se conduce a través de los instintos. Cuando me explicaron Lacan en la Facu pensé que él nunca había tenido espejos en su casa, por eso es como es. Él no quiere las cosas, él es las cosas que quiere. No sabe lo que es desear. Y eso es un problema.

Porque para nosotros, serviles humanos occidentales, desear es una gran cosa. Nuestros deseos nos han permitido vivir ordenadamente, ya que son un modo funcional de canalizar una energía que, de otro modo, sería altamente destructiva. Le decimos deseo, y eso nos calma. Nos explicamos, nos entendemos y nos definimos a través de nuestros deseos. Y eso que parece muy natural, en realidad, no es más que una herramienta formidable para sujetar sutilmente la voracidad de nuestras pulsiones. Para mi, deseo es otro modo de nombrar la dominación del mercado capitalista sobre los hombres. El mercado anida en el deseo; incluso en el deseo de ser amado no hay otra cosa que el deseo de ser consumido.

Pero él no desea ni consume. Él es el mundo que conoce. Y no sé como haré para domesticar su espíritu antes del domingo que viene. Todos dijeron que si, y se van a encontrar, definitivamente, en una misma mesa. Lo que más me preocupa no es la aceptación o no de mis padres. Lo que realmente me desvela, es que él no encuentre límites y lo termine devorando todo.

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