ARAÑAS

No sabemos nada sobre el silencio de las arañas, concluyó Somoza, cuando terminó de limpiar el tambor de un 38. Tal vez porque no era su arma reglamentaria, sino la que había heredado de una larga y pesada tradición familiar, le dedicaba un cuidado especial.

Aquella tarde de enero, estaba tranquilo en la oficina que ocupaba desde que lo habían designado comisario, con mucho poder y pocas ocupaciones reales, según el mismo solía decir. Confiado, como todos los vecinos a los que juraba proteger, en que el delito era una cosa ajena a la comarca. Por teléfono alguna vez le comentó a un superior que la cosa no pasaba de tres gallinas robadas o la falta de alguna bicicleta. Eso no mueve el amperímetro de la seguridad, sacaba cuentas. Con ese discurso salía cada tanto en los periódicos locales, jactándose de su buen desempeño ayudado por el calmo destino de un pueblo de apenas cinco mil almas.

Hastiado, tal vez, de la realidad que le prometía más de lo que le daba, aquella tarde se empeñó en hacer brillar su revólver. Cuando lo tuvo resuelto, sintió que el sudor le marcaba un surco espeso en la espalda. Con el mismo trapo con el que antes había quitado la pólvora, se secó la frente. Tomó el arma con las dos manos, pensó que alguien lo estaba filmando, y extendiendo los brazos apuntó hacia el techo. En ese gesto que imaginó épico, las vio: dos arañas medianas, de esas que abundan en las zonas rurales, nada agresivas, poco impresionantes. Quietas, como mirándose fijo a los ojos entre ellas, y en silencio. En silencio, pensó Somoza, mientras dejaba el 38 sobre el escritorio. Y en ese mismo instante, su insensatez tan común se cubrió duda.

¿Por qué en silencio? Porque no hablan. ¿Podríamos acaso llamarle silencio a todo aquello que no sea sonido audible por el oído humano? ¿Y si a su modo, las arañas estaban dialogando, sosteniendo una conversación profunda sobre las razones que llevan a un hombre a ser policía? Somoza estaba extasiado por lo lejos que podían llegar las reflexiones que anidaban en sus preguntas. Y su mente no encontraba pausa. ¿Silencio? ¿No será que los hombres, hambrientos de poder, enmudecimos a todas las especies para poder legitimar un único modo de ser y estar, ese que sólo se refugia en la fuerza de la palabra hablada? ¿No es entonces el silencio una construcción funcional a las ambiciones más humanas? Tal vez el silencio sea el modo con que disponemos de nuestro entendimiento para evitar escuchar todo lo que habla y persiste, aún cuando ya se nos han ido definitivamente las ganas de escuchar cualquier cosa.

En semejante vuelo existencial estaba Somoza cuando el sonido agudo del radio lo volvió a la realidad de la comisaría. Las arañas permanecieron inmóviles. Al otro lado de la línea, un oficial de calle le informaba sobre el hallazgo de dos cadáveres. Somoza hizo las preguntas de rutina. Dos femeninos, de alrededor de 15 años, con puñaladas en todo el cuerpo. No quiso saber más y salió rápidamente para la escena del crimen. Mientras manejaba su viejo automóvil al que no le funcionaba la sirena, Somoza tuvo un último pensamiento extraño: toda vez que uno empieza a hacerse preguntas fundamentales sobre la existencia, es imposible evitar que la realidad cambie para siempre. Como si de alguna manera sutil y siniestra, la muerte y la filosofía, fueran las claves de nuestro destino. Y el silencio, porque no – alcanzó a pensar Somoza, cuando ya estaba a metros de las adolescentes asesinadas aquella tarde de verano – el silencio sea tal vez, en este tablero absurdo, una especie de conjuro.

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