LOS OBVIOS

Tan obvios que encandilan. Desparramados sobre la alfombra, como esquirlas de una granada que terminó con el tiempo. Fueron brotando, o simplemente aparecieron. Quién sabe. Lo real es que están: sin miedo a equivocarse, sin pedir permisos, sin escrutarnos los cuerpos para ver si alguno de nuestros poros reniega un poco de su existencia.

Nada de eso. Gozan siendo así, obvios. Te miran, me miran, y se ríen con desparpajo delante de nuestras caras tan empapadas de tristeza. Porque no les importa nada más que cumplir la misión que se han encomendado a sí mismos: apresurar las cosas, depurar las dudas, sacudir la sequedad, perforar el destino.

Que sean así de obvios les planta algunas virtudes. No guardan segundas intenciones ni portan deseos espurios. Tampoco histeriquean haciendo como que si pero no. Ni siquiera intentan mezclar o confundir las cosas. De ninguna manera. Son lo que son, y están orgullosos; asumidos en su esencia, y a gusto con su apariencia.

Son obvios e intransigentes. Permanecen estables por más horas que pasen de un día, o por más días que pasen de una semana. No claudican, no mutan, no parpadean. Aunque respiran, respiran bien hondo y sueltan el aire tan fuerte que todas las cosas de la casa tiemblen; incluso, vos y yo.

Así estamos Angélica: con la boca sellada por el miedo, haciendo un silencio infinito que no remedia nada. Con los obvios motivos de nuestro desamor desparramos sobre la alfombra. Tan obvios que encandilan.

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