(DES)ENTENDERSE

Entró en pánico Copérnico aquella inesperada tarde calurosa de agosto, cuando escuchó en la góndola de congelados que una mujer le decía a una niña que no le diera importancia al asunto porque seguramente la maestra no tenía donde caerse muerta. No escrutó ideológicamente el comentario sino que fueron las últimas dos palabras las que sucumbieron en su empachado estómago, y lo dejaron perplejo, abrazado a una caja de paty de 12 que pronto comenzó a ponerle las manos heladas.

Pensó súbitamente Copérnico que podía caerse muerto en cualquier parte, en cualquier momento, incluso ahí mismo dentro del supermercado. Y de pronto sintió un agudo pinchazo abdominal y ya no tuvo ganas de comer hamburguesas, ni de hacer las compras, ni de irse de vacaciones, ni de estar casado, ni de tener que visitar a sus nietos. Sólo quería correr hasta sentir el corazón tan revolucionado, tan a punto de salirse de lugar, como para no tener dudas de su estar vivo. Al fin de cuentas, dijo en voz baja, la vida es revolución.

Ni bien terminó la oración, Norma lo sorprendió desde atrás dándole un leve empujón con el changuito,  al tiempo que lo miraba sonriente y le informaba que esa no era la marca preferida de los chicos. Y Copérnico, obediente resignado, devolvió las hamburguesas con la convicción de estar completamente desorientado. Llevó las manos a los bolsillos de su gabán y sintió, al menos, un alivio tibio que lo reconciliaba con la realidad.

Norma siguió diciendo un montón de cosas incomprensibles para su estado mental, y caminaron juntos a través de las góndolas. Mientras montañas de cosas innecesarias se apilaban dentro del changuito, Copérnico fue urdiendo una idea sobre la muerte, o el miedo a morir, que lo hizo sentirse a salvo de cualquier despojo o sinsentido. Del mismo modo repentino con que lo había atravesado el comentario sobre la maestra, detuvo a su esposa, la tomo de las manos y le dijo mirándola a los ojos:

Norma, si pudiésemos pensar que el miedo a morir es también el miedo a vivir menos de lo que queremos, deseamos o suponemos que merecemos. Si ciertamente fuésemos capaces de advertir que detrás del miedo a la muerte se esconde, en realidad, un miedo más supremo que es el miedo a no vivir de modo tal que nuestros deseos encajen exactamente con nuestros segundos vividos. Si no necesitáramos del despropósito de la muerte para hacer valer nuestra intuición, nuestra voluntad y nuestras ganas de hacer cualquier cosa. Y si todo esto fuese parte de los contenidos de la televisión, de las recetas de cocina, de la tapa de los periódicos, o de las conversaciones con el portero, entonces, tal vez, cambiaríamos algunas perspectivas y formas de enfocarnos en la producción de la riqueza y enrolarnos en los ejércitos que defienden con dientes y mentiras la Mesopotamia del consumo.

Norma – lejos de mal juzgarlo o excusarse en el desatinado contexto para evitar responder a lo que de fondo planteaba Copérnico, y tal vez en nombre de un amor que había sabido perdurar a pesar de los años cargados de inconformidades, fracasos y amputaciones emocionales – lo miró comprensiva, con la mirada de quien te conoce hasta lo más íntimo, y le dijo: si te querés jubilar, está todo bien, mañana te ayudo y empezamos a hacer los papeles.

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