MUNDO MARINO

I

No me olvido más de tía Patricia. Podía aparecer en cualquier momento, y nunca era la misma. Siempre llevaba el pelo cambiado, o tenía una ropa distinta. Jamás vino a visitarnos sin traer regalos para todos. Y ni bien bajaba del auto, toda la energía de la casa cambiaba de un momento a otro. Ella saludaba a mamá con algún chiste que generalmente nosotros no entendíamos, pero terminábamos riéndonos de sus risas. Mientras la ceremonia de los saludos se sucedía, no podíamos dejar de mirar los paquetes, ansiosos por adivinar qué nos habría tocado esa vez. Pero Patricia adoraba repetirnos una y otra vez la misma trampa. Se hacía la distraída, entraba en la cocina, dejaba las bolsas sobre la mesa, y se ponía a conversar de cualquier cosa. Moviendo sus manos, porque ella no podía hablar sin mover las manos. Más de una vez le tiró a la abuela cosas de una repisa que tenía en el comedor. La abuela la retaba y ella siempre salía con el mismo cuento de que no hay que vivir tan apegado a las cosas materiales. Después de un buen rato de charlar y hacer como si nosotros nos estuviésemos, se quedaba en silencio y nos miraba. Nosotros parados alrededor de la mesa a punto de morir de desilusión, con la mirada perdida en esas bolsas que siempre eran brillantes, queriendo ser superhéroes para atravesarlas y adivinar el contenido. Entonces, ella se quedaba en silencio, mamá sonreía y seguro se concentraba en lo que estaba cocinando, y tía Patricia nos preguntaba, muy sería, que estábamos haciendo ahí. Nos daba una vergüenza terrible ese momento, y rápidamente intentábamos salir corriendo para afuera. Pero la tía nos alcanzaba en la puerta, nos daba un abrazo y nos mandaba a abrir todos los paquetes que había adentro de las bolsas. Y empezaba así la fiesta de repartir los regalos.

II

Cuando tía Patricia estaba en la casa, los almuerzos eran diferentes. Hasta papá se ponía de tan buen humor, que le dejaba su lugar en la cabecera de la mesa. Todavía hoy, cada vez que se acuerdan de aquellos años, sobre todo de la última vez que la tía vino a casa, mamá le sigue agradeciendo por ese gesto. Entonces las reglas habituales cambiaban completamente. Cualquiera ocupaba cualquier lugar, y cantábamos mientras comíamos, y hasta podíamos comer menos o no comer si se nos antojaba. Una vez ella logró que papá me sirviera una copa de vino blanco, con la excusa de que los jugos que tomábamos eran peores. Ese día escuché por primera vez algo que me pareció muy ridículo, y era que los médicos recomendaban beber una copa de vino por día. La abuela era la que menos se reía. Se sentaba bien cerca de tía Patricia, la agarraba de la mano y la miraba mucho. Ellas se llevaban bien, pero había algo que no terminaban de decirse. Como la tía traía el postre cada vez que venía, siempre nos hacía jugar un largo rato a adivinar qué era lo que había traído. Casi siempre nos mentía para que el juego durara un poco más. Nosotros lo adivinábamos muy rápido porque ella se repetía demasiado: duraznos con dulce de leche. Lo único que la tía no quería mientras almorzábamos era que encendiéramos la televisión. Decía que eso no era bueno, que teníamos que disfrutar el tiempo de estar juntos sin distracciones. Sí le gustaba dejar una radio encendida, con el volumen bien bajo. Ni bien llegaba le decía a mamá que le pusiera una periodista que ella escuchaba. Después de comer, mamá y la tía se iban al patio, o a la galería, y ponían un programa que pasaba canciones antiguas. Nosotros las escuchábamos desde lejos, entre risas y ese sonido latoso. 

III

Así eran los días que recibíamos la visita de tía Patricia. Cuando llegaba la tardecita y se tenía que ir, empezaban los problemas. Yo creo que nunca lloré, pero Agustina, mi hermana más chica, que le encantaba estar en brazos de la tía, se ponía a llorar y la abrazaba fuerte del cuello. La tía era una experta calmándola. Siempre se guardaba alguna golosina para darle y se pasaba un rato hablando con ella. Finalmente la convencía con alguna promesa para la próxima vez. Entonces, todos salíamos a la vereda, y Patricia nos daba un beso y un abrazo a cada uno. Casi siempre se iba sin nada en las manos. A lo sumo algún frasco con comida que mamá y la abuela le habían preparado. Se paraba junto a la puerta del auto y antes de subirse nos miraba a todos y nos gritaba que nos quería. Nos gritaba tan fuerte que yo a veces sentía vergüenza por si escuchaban los vecinos. Después se metía en el auto, ponía en marcha y arrancaba. El motor era muy ruidoso, tal vez por eso, todos nos quedábamos en silencio. La abuela era la primera en ponerse a llorar. Y después mamá, que casi siempre trataba de evitarlo por nosotros. El auto arrancaba despacio y empezaba a alejarse. A pesar del polvo que levantaba, me gustaba concentrarme en una calcomanía que tenía pegada en la parte trasera que decía MUNDO MARINO. Entrecerraba los ojos haciendo un esfuerzo para seguir leyendo esas dos palabras hasta que no daba más. Recién cuando dejaba de leer MUNDO MARINO, yo sentía que la tía se había ido.

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