Ay televisión, ay periodismo!

En treinta segundos la televisión escribe una biografía. Y en un minuto, esa misma televisión se devora una vida. ¿Qué puede hacer la televisión en un día? No lo sabemos. Tal vez, ya nadie mire televisión durante todo un día. Porque tampoco tiene demasiado sentido. La repetición tiene lugar en un lapso de tiempo mucho menor, y es difícil tolerarla largamente. En cierto grado, la repetición acomoda y es necesaria, la televisión es sabia en eso (ha aprendido todo lo que sabe del sentido común). Un poco más allá, la repetición aturde; pero si se descontrola, aburre. Y el aburrimiento parece ser el límite más contundente de este tiempo tan ávido de espectáculo: incluso, para la política que reniega de la televisión para conquistar su pretensión de ser más política. 

Tal vez sea pura estética. Nos acostumbra la televisión al tipo de registro de las cámaras de seguridad, al montaje frenético de un mundo que asume su forma final en una amalgama paradójica entre fragmentación y homogeneidad, a la intransigente y sutil idea que el drama cotidiano debe tener siempre su propia banda sonora. Podríamos repetir entonces, incluso para tranquilizarnos: pura estética. Pero el tipo de registro, el montaje frenético y la banda sonora producen y legitiman modos de ver que son, al mismo tiempo, modos de entender, explicar y proyectar.

Claro, pura estética. Pero aprendimos con Hegel que la relación de la experiencia estética con la cultura política está destinada a la formación del juicio. Y la formación del juicio, que no desaparece de nuestras subjetividades – aunque asumamos incluso nuestras subjetividades arrasadas por la maza demoledora de la posmodernidad – sigue siendo fundamental para definir los procesos de significación que dan carne, cuerpo y alma a nuestros proyectos más individuales y  más colectivos.   

Esta estética, es un mecanismo para una nueva reificación del lazo social donde la experiencia parece apartada de la contradicción, del conflicto, y de la historia. Incluso, las teorías y trayectorias, las disciplinas y los campos, asumen las formas efímeras de la televisión para legitimar en el devenir este modo de representación. 

En fin, quien sabe si quedará claro. Son apenas reflexiones de una noche de zapping donde de todas las postales televisivas vistas aparecen varias muy significativas a propósito de estas ideas, pero de las cuales, para no dejar la mesa sin servir, citaré sólo esta: una voz en off habla de la confirmación de los rasgos psicopáticos, un maquinista de tren se levanta la remera y desnuda su torso mientras realiza su trabajo, una música dramática marca el ritmo. Tres segundos.

¿Algún día habrá una ley sobre la necesidad de establecer veda televisiva para ciertos temas, conflictos, procesos? Y lo digo bien, porque de ningún modo es posible asumir irreflexivamente que la televisión sea una caja boba. Casi todo lo contrario: la televisión ayuda a pensar, sirve para crear. De un modo particular, como la ciencia, la familia o el tren que te lleva a casa.

Por eso pienso que tal vez podamos imaginar un momento en el que la televisión simplemente se retire de la escena y simplemente sea la vida, las personas, la calle y las voces. Claro que después de tanto tiempo… ¿habrá escena sin televisión?

Imagino un futuro absurdo: el primer eclipse de sol no televisado. Y esa es toda la primicia que tenemos para dar. No hay más noticias para este boletín, porque no hay boletín que pueda con eso que llamamos realidad.

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