DESCENDIENTES

No recuerdo. ¿Estuve yo alguna vez en esta casa? Me dices que sí, pero sigo dudando. Es cierto que hay algo extraño, porque tengo la sensación de haber escuchado antes las voces de los sobrevivientes; todos hablando de momentos de su vida, tratando de convertirlos en recuerdos; los detalles de la tortura, las escenas del encierro. Pero no sé si era aquí. Me vienen imágenes como ráfagas: ahora te hablo de una tarde anaranjada, como si recién se hubiese detenido la lluvia, las ventanas estaban abiertas, la música y las conversaciones se podían escuchar desde la calle. Y salían para afuera aromas de perfumes dulces con un dejo de vainilla. Creo, si no me equivoco, que algo cocinaban mientras se reencontraban. No sé, todavía pienso que fue un sueño. ¿Por qué se habrían juntado todos? Entre el murmullo que recuerdo, me vienen muchas risas; si, tal vez carcajadas envueltas en palabras de dolor. ¿Qué hace el llanto y la lágrima junto a la mueca alegre en este fragmento de memoria? No, no, no estoy recordándolo bien. Ahora las paredes están secas pero me dan humedad en las palmas de mis manos. ¿Memoria o fantasía? Memoria e ilusión, así dije que sería todo esto. Especulo nuevamente: los dedos en una guitarra, y mi voz en tonos altos, y un bombo que alguien tocaba. O tal vez era el cajón peruano de Ernesto. ¿Él no estuvo aquella vez? ¿Ya no estaba con nosotros? Es cierto. Me acuerdo la tarde que se lo llevaron. O me acuerdo de la tarde que me lo contaron. ¿Cuándo era la tarde antes? Extraño a Ernesto ahora, igual que antes de saber lo terrible. Y aunque dudo de haber estado alguna vez aquí, en esta casa, no sé por qué pienso en él haciendo ritmo con las palmas sobre la madera en aquel rincón de esta habitación donde todos hablan. ¿De qué hablan? Del pasado, pero usan los verbos en presente. ¿Es acaso una estrategia o un simple modo literario? No quieren sufrir, pero siguen añadiendo posibilidades al relato de la experiencia. ¿Qué quieren más, la experiencia o el relato? Son la misma cosa, dices. Yo no lo creo. No creo en nada. ¿Para qué vinimos? No está bien todo esto; nada de lo que ha sucedido aquí estuvo bien. Y menos lo estará mañana. Mañana, mucho menos. ¿Vinimos aquí por mañana? No, a mí me duele encerrarme para encontrar o hacer el futuro. Y peor para todos si encima dudo y no recuerdo bien, y cambio puertas por ventanas y aromas por silencios. Peor. Mucho peor si con todo esto hay que hacer algo bueno, porque nuestros hijos lo merecen. ¿Quiénes serán nuestros hijos cuando podamos dejar de confundirnos con las palabras de ayer y salir de entre estas paredes en las que nunca estuvimos, ni atrapados ni libres ni revolucionarios? ¿Quiénes serán ellos? ¿Y nosotros? Descendientes, apenas.

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