DRAMA

Cruzo el parque al anochecer para llegar a casa de Suniko. Hace ya varios meses que no nos vemos, y en una charla telefónica que tuvimos ayer decidimos que era momento de encontrarnos para aclarar aquel mal entendido que nos distanció. Le dije que no recordaba muy bien las circunstancias en que habían sucedido los hechos, pero ella insistió en la importancia de vernos para esclarecerlo todo. Usó exactamente esas dos palabras, y aunque ambas me parecieron excesivas no se lo reproché. Ahora pienso que tal vez debí hacerlo, porque de alguna manera mi silencio edificó un asentimiento que debe haber generado en ella una expectativa que tal vez ni siquiera tenía cuando lo enunció de ese modo. Nunca somos del todo inocentes en las ilusiones que fabrican los otros, y no puedo evitar sentir culpa al respecto.

La casa de Suniko es un gran cuadrilátero de madera con grandes ventanales que dan al parque. No importa donde uno esté, siempre es posible mirar hacia afuera y ver los árboles superponerse hasta cerrar el horizonte. No tiene divisiones internas, excepto el baño. Siempre me he encontrado muy a gusto en su casa, porque el espacio es amplio y está iluminado con luces tenues pero cálidas, direccionadas hacia puntos específicos; y también he disfrutado mucho de los almohadones que hay desparramados por todas partes, que permiten que uno se recueste a cada momento, adoptando cualquier posición y teniendo siempre un punto de vista diferente. Le dije alguna vez que lo que más me gustaba de su casa era como facilitaba angular de manera tan diversa la experiencia de la vida. Y se rió muchos días por el comentario. Suniko se ríe de un modo plástico, perfectamente sutil, y además, es justo mencionarlo ahora, cocina muy delicadamente.

Así que avanzo lento por el sendero que va de la avenida principal hasta su casa. Con la contradicción que me da, por un lado, saber que en ese sitio hemos sido felices, o simplemente compartimos alegrías y placeres que ya son recuerdos cosificados en imágenes que calaron las memorias; y por otro,  el desconcierto por esa intención excesiva por recapitular un episodio borroso del pasado con el afán de reubicar nuestra relación que en otros momentos simplemente llamamos amistad, con orgullo y pasión, y luego de aquella noche no sabemos ni siquiera cómo catalogarla.

Admiré siempre a Suniko. Porque cuando ella llegó a este país no tenía nada, ni siquiera palabras suficientes en español. Pero estaba convencida de que este era el lugar en el que quería vivir. Y así, con sus pocas palabras, fuimos haciendo lo nuestro. Yo le conseguí su primer trabajo, en una oficina a medio tiempo, y aunque no era bueno ni el ambiente ni el salario, eso fue clave para ayudarla con el envión inicial. Después ella estuvo más confiada, conoció otras personas, pudo mostrar su arte, y empezó a encontrar lo que andaba buscando. Ahora Suniko vive plena y confortablemente de la fotografía.

Tengo ganas de llegar ya, de evitar el protocolo de los saludos y las quejas por el tiempo que ha transcurrido, y poder ir directamente al punto. No porque me interese en modo alguno aclararlo, sino simplemente para conformarla, y poder volver al tiempo de antes, o seguir a nuestro próximo tiempo, o como fuera. Pero volver a estar otra vez cerca, unidos, confiados, tranquilos. Me preocupa algo que percibí en el tono de su voz, ayer por teléfono, y es que siento que ella me atribuye algún grado – no menor – de responsabilidad en los acontecimientos. Eso es lo que más me perturba, porque yo he buscado en mi memoria, rastreado las percepciones de cada instante que puedo recordar, y no encuentro modo alguno de hacerme responsable de nada. Excepto, de esa palabra poco atinada que tal vez la hirió más de lo debido. Pero tampoco quiero apresurarme. Sólo espero llegar y escucharla, porque sino iré disponiendo yo las condiciones de la conversación y no estoy seguro de poder afrontarlo hasta el final.

Ya puedo ver las luces de la cocina y advierto que Suniko está parada junto a su mesa de madera preparando algo de comer. Es una imagen tierna, como siempre. Qué pena me da ahora contar todos los meses que hemos pasado sin vernos, por tan poca cosa. Hoy, el verdadero drama será si llegamos a ponernos de acuerdo en lo que recordamos. Si tenemos la capacidad de llegar al punto de equilibrio en el que los recuerdos no sean tan individuales sino más armónicos, por lo tanto menos propios. ¿Pero quien puede aún no reconociéndose individualmente en un recuerdo sentirse representado por la memoria de un acontecimiento? Estoy seguroque Suniko tiene la templanza para asumir este desafío.

 

 

(después sigue….)

 

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