DRAMA II

Vuelvo por el parque, atravesando casi a tientas la oscuridad de la noche. Sospecho que Suniko me ha envenenado. Un malestar abrupto se instaló en mi cuerpo justo después del postre y tuve que despedirme súbitamente, cuando todavía no estaba cerrada la conversación. Pedí disculpas y prometí continuar en una próxima oportunidad con el esclarecimiento de aquel malentendido que arrastramos. Ella accedió sin mostrar incomodidad alguna. Tan amable, tan gentil, tan inesperada. Y eso es lo que más me perturba y me convence de esta posibilidad que mi mente maquina y mi pulso va confirmando de manera lenta y definitiva. El envenenamiento era una salida perfectamente sutil para un drama que, por otro lado, no tenía remedio. Está claro, Suniko ha decidido terminar conmigo para poder cerrar todo este cuento. El amor siempre dura un instante. Su nutrido arte en la cocina le ha permitido combinar los ingredientes de manera que todo pareciese sabroso, irresistible, y secretamente letal. Un arte tal que la pone a salvo de cualquier acusación porque no deja rastros. Pienso, ahora que el veneno ya casi me toma por completo la sangre, que cuando encuentren mi cuerpo dirán que fue simplemente una descompostura, un ataque al corazón, una disfunción inesperada que me sorprendió al cruzar el parque, camino de regreso a casa, y que perdido en la oscuridad no tuve a quién recurrir y tranquilamente, o no, me ahogué para siempre, para todos; pero fundamentalmente para mí.

Total nadie me reclamará. Ella lo sabe. Ni pedirán investigación alguna. Los acontecimientos serán claros, contundentes, exculpatorios. De ahora en más, todo será lento y definitivo. Caeré al suelo y mi cuerpo, ya liviano, exceptuado del peso de la sangre corriendo, liberado de la vida, atravesará la hierba; y seré frágil, no tendré ni fuerzas ni ideas para sopesar lo trágico. Y poco a poco me sumiré la tierra; sentiré la humedad barrosa entrar en mi poros, y todo lo que era mío se irá hundiendo en lo que no le pertenece a nadie. Sabré de bichos y raíces, y ya no reconoceré nada más que mi propia respiración ahogada de necedad. Y en el momento previo al desenlace fatal, justo después de la última inhalación, sentiré la cosquilla lánguida y babosa de una lombriz en la planta del pie izquierdo, y moriré, tal vez, sonriente.

El sonido armónico de mi teléfono celular me acaricia y me ubica justo donde estoy: de pie en medio del parque. Mi cabeza ha ido más allá de los acontecimientos. De pie al fin, pienso. En un mensaje de texto, Suniko me pregunta si estoy mejor. Exceso de perversión. Lo atribuyo a su plan siniestro y no a su buena fe. Si algo descubrí esta noche, es que esta muchacha de aspecto tímido y piel blanca perdió la moral hace mucho tiempo. Intento responder pero el frío, o tal vez el veneno, han entumecido mis manos. Se, sin embargo, que debo hacer el esfuerzo por escribir aunque sea una palabra. De ese modo ella sabrá que aún estoy vivo, y tal vez, esa sola palabra logre perturbarla un instante, quizá empiece a pensar que su plan fracasó, que la he descubierto y que estoy vivo, más vivo que nunca. Exacto, esa es la oración pertinente. Dejo caer el celular al piso y comienzo a frotar mis manos con fuerza para poder mover los dedos. Pronto el frío, o el veneno, ceden. Podría incluso volver a tocar el piano, me siento joven. He vencido una vez más a la muerte. Y eso escribo en el mensaje de respuesta para Suniko: Más vivo que nunca. Lo he logrado.

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