CANTOS GREGORIANOS

Y después, con la hechura de las confesiones que habían permanecido demoradas y la certeza del no retorno, ya no volvimos a reírnos. Un café negro se heló a la mitad, la vieja casona de Boedo se estremecía, y los cantos gregorianos del vecino entraban por las ventanas.

Hubo que esperar unas cuantas horas así, sin decir palabra. Más tarde pudimos ponernos de pie y caminar hasta el umbral de la puerta de calle que tantas veces habíamos atravesado juntos, o separados pero sabiendo que al otro lado, más tarde o más temprano, el otro estaría para confirmarnos, simplemente, que valía la pena cruzar el umbral.

Ya era la tarde. Naranja sobre todas las cosas, la tarde fue viniendo, se fue haciendo evidente entre nuestro desánimo plagado de imágenes del pasado. No quise las fotos; no quiso los libros. Y coincidimos en no dejar nada pendiente, en desarmarlo todo.

Cuando estaba por irse, sólo con una bolsa de tela cargada de cosas que yo no quería y probablemente ella tampoco, pero al fin de cuentas, la pantomima de la división colabora con la historia de la separación, o la hace, o la define, o tal vez sean la misma cosa…

Decía que cuando estaba por irse, antes de darse la vuelta ahí en el umbral de esa casa que habíamos buscado con la desesperación de quién está a punto de perder el primer avión de su vida, me dijo algo inesperado: nunca te pertenecí. Me estaba mirando a los ojos con una tristeza odiosa, como pidiéndome por favor que ese no fuese el final, como encontrando una excusa pequeña para volver a vernos, aunque sea para saber que se había solucionado el problema de las goteras. Y así, lo que le salió de esa boca que yo ya desconocía completamente, fue que nunca me había pertenecido.

Y me quedé mirando cómo se iba serena sobre los adoquines de la calle. Sintiendo en mi mirada la tensión de su cuerpo que luchaba entre relajarse y seguir adelante, y darse vuelta para confirmar, tal vez, que a pesar del adiós nada había sido en vano. Pero le ganó la necesidad de conquistar soberanía para su corazón herido por mi repentina sed de novedades, serpentinas y firuletes. Y se fue sin volver, sin volverse, sin rebajarse, solvente en afectos, creyendo que estaba lista para empezar de nuevo.

Cuando dobló la esquina, muy a lo lejos, alcancé a ver que estaba llorando. Pero estoy seguro que le robé esa imagen al destino, o al sol, o a la perspectiva. Porque ella no hizo absolutamente nada, ni consciente ni inconscientemente, para mostrarme una sola lágrima.

Después, cuando ya no estuvo en el campo visual me quedé mirando la calle vacía. Y sentí, aliviado, que al fin lográbamos separarnos. Volví adentro y cerré todas las ventanas. No entraba ya ninguna luz, pero se podían escuchar con claridad los cantos gregorianos del vecino. Dije gracias en voz baja y calenté el café.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s