DERIVA

Piensa el Sr. Gómez que es una payasada frenar para atarse los cordones de sus zapatos estando a sólo tres cuadras de la casa de la Señorita Sonia. Refuerza esta consideración convencido de que el cielo promete una inminente llovizna de verano que únicamente el paso firme e ininterrumpido le permitirá evitar. El Sr. Gómez no toma riesgos. De modo tal que, habiendo optado por continuar la marcha a pesar de la amenaza latente de un tropezón, se pone a evaluar con sigilo las probabilidades de que su cuerpo caiga en el ocaso de un descalabro que lo conduzca a dar con las narices en la acera. El Sr. Gómez siente el orgullo de no haber caído nunca. Entre los elementos que su intelecto toma como referencia para montar un súbito dispositivo de prevención identifica con mayor claridad: a) el largo con el que sobresalen los cordones a ambos lados de cada zapato; b) la creciente separación entre pie y pie, como resultante de una abertura de piernas cada vez más pronunciada; c) el permanente chequeo de la sensación que genera el contacto de la suela con la superficie de las baldosas. El Sr. Gómez suele ilusionarse muy a menudo con los mecanismos que inventa para sobrevivir en la ciudad. Pese a los esfuerzos, la imagen de un episodio fatídico se le instala de modo irreversible en la mente, y especialmente comienza a perturbarlo un hilo de sangre saliendo por los orificios de su nariz, dando origen a un curso acuoso uniforme que se derrama a través del cordón de la vereda y gesta un caudaloso río rojo calle abajo. El Sr. Gómez ha probado mil terapias para doblegar su sentimiento de fragilidad. Comienza entonces a restregarse frenéticamente la nariz con ambas manos, intentando que la realidad produzca las certezas necesarias para provocar una interrupción en el fluir de su imaginación que poco a poco lo ha apartado del registro mundano. El Sr. Gómez se siente una víctima del sistema y muy pocas veces se considera a si mismo una persona. Sorpresivamente empieza a ver que su manos se tiñen de rojo, pero es su mente la que le juega una mala pasada y le impide advertir que en realidad permanecen tan pálidas como hace media hora cuando salió de su casa y el cielo todavía estaba despejado y fue tan bajo el nivel de amenaza que sintió que prefirió evitar el transporte público para caminar sin pensar en nada. El Sr. Gómez desde muy pequeño ha intentado dejar su mente en blanco durante cinco horas. Se dice a si mismo, en ese momento desopilante en el que ve una sangre que no existe, que no va a caer porque no se lo merece, porque si piensa en el modo en el que ha crecido, sorteando la miseria y teniendo que aguantar toda la violencia que habitó su casa hasta que finalmente pudo abandonarla a fuerza de mucho coraje a los once años, todo eso ha sido suficiente padecimiento como para que, 35 años después, por ínfimos motivos de infraestructura urbana deficiente y detalles de vestuario mal ajustados, él pague con una caída una culpa mucho menor a la que otros no pagaron por la niñez que tuvo que soportar. El Sr. Gómez siempre dice que cree que fue muy feliz de chico. Ya casi llega, lo apuran los rayos que de a ratos hacen de la noche un día cósmico, pero al doblar la esquina para entrar en la recta final un pozo inesperado le desacomoda el apoyo del talón y contra la certeza de su falta de merecimiento, el Sr. Gómez cae al suelo de un modo torpe, dando con su nuca sobre un reborde de piedra, motivo por el cual queda en un estado de conmoción y parálisis momentánea. El Sr. Gómez se la pasa pensando cómo se va a morir. De pronto llueve, tal como todos esperaban, y el Sr. Gómez no encuentra el modo de ponerse de pie, así que decide cerrar los ojos y comienza a decirse, una y otra vez, que está muerto, que está muerto, que está muerto, hasta que llega a enojarse salvajemente manifestando su profundo desacuerdo con el modo en el que el destino le ha presentado a la muerte. En ese momento, la Señorita Sonia que lo estaba esperando en la puerta de su casa, se acerca agitada y sonriente hacia el cuerpo rotundo desparramado sobre la acera y lo besa en lo labios. Entonces, el Sr. Gómez abre los ojos y, por primera vez en su vida, le pide a una mujer que le ate los cordones.

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