LA REVOLUCION

El ron era interminable aquellos días. Infinita sangre dorada, decía Margie. Y se pegaba cachetadas frenéticas en la frente por ser tan obvia y vulgar. Quería encontrar palabras desconocidas para nombrar las cosas, para empujar a la realidad más allá de la experiencia. Y el lenguaje era siempre lo más importante para ella. Pero tres o cuatro botellas después, ya era el amanecer y nada encajaba del todo en su mundo álgido. Se pasaba una semana con el mismo vestido de florecitas azules hasta que al final, el olor rancio del alcohol impregnado en la tela, la obligaba al cambio. Nunca se desnudó completamente delante mío. Una noche, mientras duraba la fiebre del ron, se me acercó envuelta en una toalla roja, con el pelo húmedo, y vació una botella en mis pantalones. Nunca más me vuelvas a decir te quiero, susurró. Ahí se le ocurrió la peor metáfora: por suerte nos sobra este pis amargo. Se alegró porque era el modo menos vulgar que había encontrado para referirse a ese ron sin marcas ni etiquetas que un tío suyo había traído de Cuba, presumiendo ser el más revolucionario por haber conocido a un amigo de un amigo del Che en un viaje de quince días y tres horas por la isla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s