CÁPSULA

La vida en una cápsula a las tres de la mañana. Me resisto, lo intento y no puedo. Me dice una voz interior: no escribas sobre paradas de bondi de madrugada porque jamás estuviste ahí. Imposible. Hay una tentación odiosa. Todas las novelas tienen los mismos personajes. Me quedo plácido frente al teclado, a la intemperie en una ficción que rueda y no es, pero que necesito, para convencer a Angélica de mi amor. Desesperado. Escribo, predico y vivo en la tensión que va de la mentira a lo verosímil.  Como todos los cuentos que inventamos. Como cada palabra. ¿De qué trata la historia? Odio la perspectiva del tema: no todo tiene un tema. No trata de nada. No quiero opinar más: sólo son dos ratas que cruzan panchas el hilo de agua que termina en una alcantarilla. Y escribo la palabra y no hay imagen. Las alcantarillas son inventos de la literatura: como los suburbios y las esperas. Envidio a las ratas. Angélica me llama ahogada en llanto, o simplemente llora, y justo cuando estoy a punto de decirle que no viene el bondi, que no puedo seguir escribiendo porque se me cierran los ojos, el celular se me cae al piso o suelo y se pierde en la oscuridad. Hay un mundo peor. Me agacho y voy palpando la acera con la mano. A tientas. Qué cómoda es la imaginación: ojalá vendieran más anteojeras de este tipo en los supermercados. De pronto oigo la voz de Angélica amenazándome: metete tus cuentitos en el orto. No, creo que eso no fue amenaza pero no se cómo se llaman las cosas. Esas cosas. Mi mano se clava en un filo, digo filo porque pienso que está oscuro y no veo nada y no sé si es una piedra, un cuchillo o un cacho de chapa suelto. En la ciudad hay de todo. Y cerca de las alcantarillas la cosa se pone mucho peor. ¿Me sangra? Mucho peor. Sí, me sangra, pero no lo veo. ¿Me duele? Sí, bastante, pero mañana será apenas un poco. Y pienso que es el final. Que jamás podré volver a retomar este cuento y agregarle alguna oración coherente. No, no, no hay final, no tiene final la mediocridad. Angélica: el poder que tenés sobre mi es supremo. Aprovechalo. No te dejes engañar por lo que no es. El poder que tenés sobre mi desborda. Angélica: ¡abrí los ojos, es la noche más dulce! Puedo estar en mil partes, despedazado para complacerte. Y ser incapaz de llegar, al mismo tiempo. Angelica mírame en el espejo. Sácame la máscara. Angélica mírame a los ojos y date cuenta que soy vos. No puedo dejar de esperar ese bondi. Y ninguna otra palabra saldrá ahora: la vida cabe en una cápsula. Es tarde Angelica. Muy tarde. Yo sólo quería evitar tu nombre.

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