La vida muda de Lucy Bender: la Pocha para los amigos

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La primera vez que visitó el Moulin Rouge le escucharon decir que estaba decepcionada. Solía sucederle muy seguido. Viajaba hasta alguna ciudad de remota ubicación para conocer un lugar puntual y rápidamente se le hacía añicos la esperanza. Exceso de expectativas o, tal vez, pretensión elevada. Muy elevada quizás, más allá de lo que el mundo podía ordenarle. A lo mejor se trataba simplemente de su edad: recién pudo llegar de vieja a todos los lugares que soñó de pendeja.

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Este que hiciste acá es un motivo nuevo. No tiene nada que ver con lo que venías planteando. Me gusta, pero creo que va a ser difícil que lo acepten. Vos sabés cómo son las cosas acá. Un viejo choto que no sabe nada de arte pero tiene un montón de millones en el banco define, con el mismo dedo que a veces se mete en el orto para sentir un poco más de placer, quién sube y quién baja.

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El afán de Lucy por las galerías de artistas no consagrados nació durante su tercer viaje a New York, en 1984. Escribió algunos años después, en el margen de una hoja de su cuaderno íntimo de notas, que esa había sido la experiencia más adictiva de toda su vida. Para no faltar a los hechos, fueron tres meses en la ciudad más cosmopolita del mundo en los que se la pasó tomando cocaína y probando whisky importado que unos matones aprendieron a darle en la boca.

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Los colores. El problema Lucy, son los colores. Tu universo plástico parece una repetición, y no es por la forma ni por el tema. Es porque no lográs trascender en la representación la lógica de los pigmentos reales. Es como si estuvieses muy cómoda con lo que el azul o el naranja pueden brindarte. Y te lo quiero decir sin esconderme, porque vos sabés que ante todo somos amigos: esa comodidad, muy manifiesta sobre todo en tu última serie “Pichones que atrasan mundos”, no te va a dejar trascender. 

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Hay una estética de los apodos que se aprende en la calle, no en las escuelas de arte. Esa estética no describe cánones de belleza sino que conjuga aspectos, prácticas y proyecciones. Para nosotros, los que siempre nos emborrachamos con vino tinto de dudosa procedencia, fue Pocha. Pero en el universo andrajoso de artistas plásticos insurgentes y músicos obsesionados con las matemáticas, su halo degradado e impertinente siempre brilló bajo la estridencia de Lucy Bender, la mil veces conjugada.

  

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Aunque nunca se lo propuso, en su experimentación y búsqueda constantes, pasó de “pelearse con los hombres que pretendían cercenar su mirada sobre el mundo” a ser una “ferviente militante de los primeros movimientos feministas que vieron la luz en el país”. Las comillas pretenden citar, de manera más o menos textual, fragmentos de la único reconstrucción biográfica sobre su vida que se hizo, a mediados de los 90. El autor: Néstor Rubén Agüero, el historiador del arte argentino que siempre miró a los incomprendidos.

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Por esas vueltas de la vida, entre los papeles y objetos que me quedaron de ella, estaba la primera invitación que le hicieron para exponer en China. Tenía casi 70 años y estaba cansada de viajar y lidiar con el periodismo “que no sabe nada ni le importa”, como dijo muchas veces. No quería ir. Y a cada rato me pedía que la acompañara. Daba pena verla tan atemorizada, a ella que  para mí fue la única mujer que lo vivió todo.

7 y 1/2

Hace unos años, una revista especializada envió a un periodista a entrevistarme porque querían hacer un dossier especial sobre Pocha. Le conté mil secretos y le confié la copia de esa invitación que habían mandado los chinos. Era un tesoro: un cartón verde claro con letra dorada y signos extraños por todas partes. Me pareció que era un homenaje justo publicarlo tantos años después. Incluso para que a nadie le quedaran dudas de su trascendencia mundial: ni siquiera a esos críticos inmaduros de arte, o esos profesores fracasados y directores posmodernos de escuelas nacionales “reconocidas”.

La escaneo y te la devuelvo, me dijo el periodista que no podía ocultar sus colmillos de lobo hambriento. Tres semanas después me mandó un correo electrónico pidiéndome disculpas. La había extraviado. Nunca publicaron el dossier.

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