Archivo de la categoría: 10950 DIAS MENOS

Para gente que tiene más de treinta. O le gusta sufrir.

CREDO

Creo en Dios.

En la neurosis concebida de su corazón.

En su histeria para promover y ocultar pecados.

En sus sueños eróticos,  su dolor de muelas y su mala caligrafía.

Pero creo sobre todo en su tendencia al abuso de poder.

 

Creo en la tristeza.

En el polvo intransigente que produce para  señalar la ausencia.

En la lenta marcha con que administra el olvido.

En su existir irreverente en un sangriento playlist de youtube.

Pero creo sobre todo en su lunática búsqueda.

 

Creo en el viento.

En la gris fragancia con que destruye las cosas.

En la siniestra capacidad para perforar la piel y el acero.

En su falta de planificación constante y su acelerado rumbo.

Pero creo sobre todo en su conciencia de clase.

 

Creo en la herida.

En el valor doméstico de la sutura que la restaña.

En la huella imposible de narrar que hace presente dolor.

En el estigma profundo con que recuerda para siempre los errores.

Pero creo sobre todo en su capacidad para ver el futuro.

 

Creo en la noche.

En las imágenes sin forma que inventa en la habitación.

En el orgullo con que cultiva y exacerba los mejores miedos.

En los fuegos que hace arder y también las cenizas que apaga definitivamente.

Pero creo sobre todo en el amanecer que promete.

 

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NO SÉ (VERBO SALVAJE)

Retumba en la habitación el eco de este verbo salvaje, y mientras dura el sonido se agita mi desesperanza. Ya no somos dos. Y me consume la pura posibilidad de todo, y nada, a la vez; me consume.

Desde que no sé, encuentro preguntas en todas partes. Cuantos menos se sabe, más a uno lo requieren con preguntas. De las más básicas y cotidianas: ¿voy por Córdoba o Santa Fé? No sé. Pero ¿querés llegar rápido o que te salga más barato? No sé.

Hasta las más complejas y despiadadas: ¿entonces no me querés más o necesitás un tiempo? No sé. Pero ¿sentís lo mismo de antes o hay algo que ya no te pasa? No sé.

Hay un estado inferior al del no saber. Es el estado en el que ya no te importa, saber.

ALEGRIA

Sólo porque estoy a punto de irme, y los dos sabemos que será definitivo, absoluto y determinante como casi nunca nos atrevimos a imaginar; sólo porque estamos a segundos de vernos por última vez, aunque todavía no sepa de donde sacar la fuerza para cerrar la puerta; por eso, y porque después de tanto tiempo suturado por una memoria de cosas hermosas no quisiera mañana o pasado despertarme con alguna duda que me obligue a volver o tal vez llamarte agazapado una madrugada; por todo eso, y porque necesitamos que este momento pase rápido para que no nos alcancen las esquirlas; sólo porque la casa es un desorden de libros repartidos y valijas con dos destinos diferentes; y también porque ahora que deshicimos el contrato de alquiler estamos más aliviados, amparados en la decisión que nos llevó a romper con el último compromiso que teníamos en los papeles; por todo eso, y porque ya no hay nada que podamos decir para modificar el rumbo que las cosas han tomado, porque estamos tan dispuesto a soportar el dolor de dejarnos como a asumir el desafío de volver a ser uno; por eso, y porque no tenemos ni odios ni rencores ni reproches, sino simplemente la cara gastada de tanto ir contra el viento; y porque me parece justo que después de haber ido tan lejos podamos fabricarnos un último recuerdo con la franqueza de los que se han confiado la vida; pero también porque esta terrible escena no deja de ser una oportunidad fantástica para seguir probándonos que si de a ratos conocimos la felicidad fue gracias a nuestra audacia; y porque no me resisto a contar como fracaso esta historia de ilusos que supieron tener un sueño común; sólo por eso, y porque siento la ardiente responsabilidad de haber sido quien empezó a desajustar las tuercas que sostenían la estructura de nuestro proyecto; y también porque no quiero vivir con el miedo de ser incapaz de volver a empezar con otros nombres; por todo eso, antes de decirte simplemente chau, sin ni siquiera acercarme a darte un beso o un abrazo, me gustaría saber si cada vez que recuerdes alguno de todos los buenos y malos episodios que tuvimos durante estos días, cada vez que un simple haz de pasado te atraviese en forma de sensación, fragmento de película, página de un libro, nombre de un perro, sabor de una comida, atardecer en el mar, o avenida de la ciudad, en fin… me gustaría saber si que cada vez que me recuerdes, será con alegría.

SEREMOS

Seremos otros, menos ingenuos. Con la memoria cargada de pintura roja y las piernas enterradas en la arena. Seremos diferentes, incapaces de volar pero solventes. Innecesarios entre tanta diversidad, absurdos frente a la inmoralidad de las vidrieras. Seremos los brujos, los extraños, los pilotos retirados de la Fuerza Aérea. Quién sabe. Los que no hieren ni sangran. Los calcinados por el vapor súbito de la  última locomotora. Los esquivos, los impenetrables, los de campo adentro. Seremos más húmedos, más frágiles, más reciclados. Los proxenetas vírgenes, los traficantes mancos, los psicólogos ciegos. Seremos anillo de oro en dedo anular, automóvil último modelo y arena blanca sin tiempo. Seremos los confinados. Los soñadores imperfectos, agotados del cine y todas las demás tempestades. Los que cuentan las primaveras en decenas, los que anidan en las ramas podadas de un álamo trepador, los enfermos de rabia y colesterol.

No tendremos nada que ver con estos locos de ahora. Estos que se descalzan sobre el asfalto y untan las tostadas con la brea que derrite el verano. Que apuntan y disparan sin pensar un segundo. Estos que duermen hasta las siestas prohibidas. Que ríen sin parar porque no saben dónde queda la estación del llanto. Estos descolocados, analfabetos emocionales, siempre tan tácitos peregrinos de la revolución. Que odian los museos y los coleccionistas. Que cocinan de madrugada y cuelgan guirnaldas de colores en el balcón. Tan sobrevaluados, tan egocéntricos, tan injustos. Presos de un miedo invisible que da cuerda a la sangre con sus manos cargadas de soledad. Estos de corazón débil, estilo europeo casual y escritores de moda. Líricos en los gestos, prudentes en las ideas, amargos en las comidas. Simples, irreverentes, solemnes pasajeros de un viaje corto que jamás volverá a repetirse.

En veinte o treinta años más seremos otros, menos ingenuos. No tendremos nada que ver con estos locos de ahora. Pero ojalá, en veinte o treinta años más, quien te dice, ojalá que sigamos juntos.

PORTUGAL

Me dijiste gesto de amor y crucé el Atlántico. Estabas en Lisboa, de gira con tu grupo de patinaje artístico. Y aunque nunca me avisaste,  siempre fue fácil encontrar tu rastro. Fácil y cruel. Pensé que era mi única o mi última oportunidad. Tendencias autodestructivas de una desesperación inconsciente. Y armé un plan perfecto. Vendí mis pocas cosas de valor: una cámara de fotos con la que trabajaba en eventos sociales, la notebook que ya estaba bastante usada y se le había borrado la tecla del “enter”, y un par de zapatos que nunca había estrenado porque me apretaban mucho el dedo gordo. Compré un pasaje de avión y un anillo, armé una mochila con ropa para diez días, y pedí un taxi hasta Ezeiza. Tendencias inconscientes de una desesperación autodestructiva. Gesto de amor, dijo con encanto la azafata, antes de traerme una manta extra. Y soñé todo un vuelo con tus ojos de litio.

Mujer de luna. Estás clavada en la ribera de mi angustia y la voz de tu alma en pena retumba en mi estómago. Enciendo y apago, una y otra vez, los dos veladores que compramos para nuestra postergada habitación matrimonial. Sueño intermitente que va y viene del otoño al verano; de América a Europa; del carro triste que arrastran los pibes de la barriada, a los Airbus que aterrizan el lujo sobre el asfalto concreto de mi esperanza.

En portugués a medias pregunté por tu habitación en la recepción de un hotel con ventanales enormes que daban a la Praça da Alegría. Sorprendida bajaste de un ascensor pequeño y no te salió más que un ¿qué hacés acá? Entendí el mensaje y el gesto de amor que traía conmigo empezó a derretirse.

Caminamos sin hablar, apurados por tus horarios y la incomodidad del sol. Nos detuvimos unos pocos minutos frente al mar. Yo insistí con aquello porque quería al menos llevarme una buena imagen de nosotros dos, sobre todo si iba a ser la última. En un momento dije algo que te hizo reír, y después todo volvió a ser dureza puesta en el rostro de una mujer que no conocía. Ahí me dejaste, te quise acompañar de vuelta al hotel pero no fue posible. Cruzaste una avenida y te perdiste.

Anduve un rato por la ciudad, cené en un lugar pequeño y pedí un taxi al aeropuerto. Veinte horas en Lisboa alcanzaron para perder un amor. Volví. Sin billetes, sin recuerdos para la familia, sin fotografías de nosotros. Volví sin tiempo. Ni te soñé todo un vuelo, ni tuve una azafata amable que me diera una manta extra. Pensé que los fracasos de amor se perciben, alejan a las personas amables y atraen a las sanguijuelas sin sangre ni corazón.

Pensé mucho en esa manta extra. En la nostalgia de la vida inútilmente planificada para dos. Y en la necesidad de poner asientos individuales en todos los aviones que viajan a Portugal.

Un amigo vino al aeropuerto a recoger los pedazos de mi cuerpo. No hablé de nada. Y cuando estábamos llegando a eso que tan salvajemente seguimos llamando casa, aún cuando todos los que alguna vez amamos se han ido a vivir a otras casas en las que no tienen ningún recuerdo de nosotros, me dijo: “los gestos de amor siempre son para uno, nunca para los otros”. Y no lo entendí, pero lo abracé.

PUERTAS

Pasaron dos años nada más. En el medio vos te fuiste ocho meses a trabajar en un crucero, diste cinco vueltas al mundo, hiciste una carrera, cambiaste por completo tu corte de pelo y un poco tu forma de vestir. Mientras tanto, yo seguí acá. Al principio creyendo que te esperaba, después esperándote, y finalmente, entendiendo que no tenía más sentido esperarte. Y un día volviste, y fue raro porque no éramos los que habíamos pensado que íbamos a ser. No supe si ir a buscarte al aeropuerto; y no fui. No tenía claro si llamarte o esperar; y esperé. Y pensé mil veces si el mejor lugar para vernos era tu casa, o la mía, o un bar. Me decidí por un bar, y todavía dudaba entre uno que nos significara algo, y otro completamente nuevo. En todas estas dudas estaba yo, sabiendo que habías vuelto y no haciendo nada, en definitiva, para verte. Hasta que nos encontramos en la fila del Banco Patagonia. Yo buscando cambio en monedas; vos por cobrar tu último sueldo de la Royal Caribean. Más raro. Y fuimos al bar de enfrente al Banco, un bar cualquiera con el que jamás había especulado. Y nos sentamos como siempre, y pedimos cada uno lo suyo, y no me pasó nada con volver a verte, excepto la nostalgia de tu cambio. Vos me mostraste unas fotos que tenías en tu súper cámara digital y hablaste de Grecia como el país más impactante.

Después de eso pasó un año, tal vez un poco más, sin hablar ni escribirnos ni vernos ni nada. Pero con la inquieta espina de sabernos en la misma ciudad. Y me llamas a mi celular para ir al cine a ver la nueva de Tim Burton. Y vamos, como amigos, como viejos amores, como perdedores del destino. Terminamos en otro bar, uno al que nunca habíamos ido. Y te cuento que hay otra persona en mi vida, y me decís que la noticia te alegra. Y siento que te alegra y eso me alegra a mi también. Noto la verdad fluir con el fernet. Y cuando parece que llega el final, que vamos a cerrar con un abrazo fraterno una noche tan patética como los adioses, llorás un llano de telenovela alucinante. Pienso en filmarte y sacarte muchas fotos, pero puede ser cínico. En un ahogo de lágrimas cristalinas que brillan bajo la luz de neón, me confesás que soy el amor de tu vida, que necesitás recuperarme, que no tiene caso la vida sin mi. Y lo peor, me hablás de tu seguridad, de tu convencimiento atroz, que te indica que a mi me pasa lo mismo. Y en la mesa se inaugura el juego de la frase de amor más impertinente de todas: entre nosotros, siempre habrá una puerta abierta.

Dos años sin vernos, el engaño de la historia superada, para caer en la metáfora de la puerta abierta. Me dan ganas de gritarte que todo el mundo tiene la puerta abierta, porque de eso se trata el amor. Me dan ganas de decirte que sos un obvio, un inconstante, un retrasado. Me dan ganas de abrir y cerrar esa misma puerta sobre tus dedos para que te duela tanto como a mi me duele que hayas llegado tan tarde con tus metáforas pobres.

Y te digo que no. Que no hay ni habrá puerta abierta. Que lo nuestro está en las fotos, y las fotos son tiempo capturado que no late, las fotos son copias envidiosas del futuro, las fotos son agujeros en la memoria. Estamos en las fotos, en los bytes que las fotos que nos sacamos ocupan en mi computadora. Nuestro amor es ahora un montón de bytes que nos recuerdan no sólo lo que fuimos, sino también lo que podríamos haber sido. Pero hubo tanto desencuentro, que lo único que quiero es cerrar la puerta y nunca más volver a sentir que tus manos, hermosas, vienen a golpearla.

SUERTE

Hay cuatro o cinco cosas que tengo que dejar de hacer si quiero conservar un poco de dignidad o salvarme. Tal vez sean un poco más, pero da igual porque ni siquiera puedo empezar por la primera. El cielo se está poniendo muy rojo y confundo cada vez con mayor frecuencia marionetas con hombres y viceversa.

A lo mejor no tengo que dejar de hacerlas, sino simplemente compartirlas, ponerlas en la vereda de casa, exponerlas al sol y saludar a los vecinos con un gesto calmo, sin sentir pudor o culpa alguna. Pero ya he visto la lluvia de barro que se aproxima, y no hay refugio que pueda cubrir mi desconcierto.

Me encierro en un recuerdo que a lo mejor nunca fue vida sino fantasía, para ver si ese tan diferente que pude ser vuelve con furia del pasado y le clava siete dagas en el pecho a este cretino de ahora, que sabe que no puede surfear la mediocridad de su existencia.

Cuánta soledad cabe en un derrumbe. Ojalá que esta montaña de escombros asfixie mi voluntad más caprichosa, para dejarme sin ambiciones y sin posibilidades de impostar saber alguno.

De un hilo delgado cuelga el peso de mi cuerpo herido. Pero es inútil: todo es muerte y abismo cuando ni siquiera sostener la tensión tiene sentido.

Hay cuatro o cinco cosas que tengo que dejar de hacer. Tal vez seis. Una es dejar de temer por mi  suerte.