Archivo de la categoría: EX NOVIAS EN FUGA

Increíbles situaciones con ex novias propias y ajenas.

Como todos los días

Juan, como todos los días. Que hunde el cuchillo en la carne de un animal muerto, que quita la grasa y enjuaga la sangre. Que mira pasar las horas y piensa que es tiempo que se le va. Que espera un rato libre para hojear el diario. Que cuando no hay clientes sube el volumen de la radio y toma un mate amargo. Que espera el domingo para disfrutar la siesta. Que se despierta de madrugada y sin protestar sube la persiana del local cuando apenas ha salido el sol. Que anota el fiado en una libreta ajada. Que vive en el mismo barrio donde nacieron sus padres y no se frustra. Juan, que sabe que lo único que se olvida es la repetición. Y a pesar de eso, la vuelve a esperar.

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CANTOS GREGORIANOS

Y después, con la hechura de las confesiones que habían permanecido demoradas y la certeza del no retorno, ya no volvimos a reírnos. Un café negro se heló a la mitad, la vieja casona de Boedo se estremecía, y los cantos gregorianos del vecino entraban por las ventanas.

Hubo que esperar unas cuantas horas así, sin decir palabra. Más tarde pudimos ponernos de pie y caminar hasta el umbral de la puerta de calle que tantas veces habíamos atravesado juntos, o separados pero sabiendo que al otro lado, más tarde o más temprano, el otro estaría para confirmarnos, simplemente, que valía la pena cruzar el umbral.

Ya era la tarde. Naranja sobre todas las cosas, la tarde fue viniendo, se fue haciendo evidente entre nuestro desánimo plagado de imágenes del pasado. No quise las fotos; no quiso los libros. Y coincidimos en no dejar nada pendiente, en desarmarlo todo.

Cuando estaba por irse, sólo con una bolsa de tela cargada de cosas que yo no quería y probablemente ella tampoco, pero al fin de cuentas, la pantomima de la división colabora con la historia de la separación, o la hace, o la define, o tal vez sean la misma cosa…

Decía que cuando estaba por irse, antes de darse la vuelta ahí en el umbral de esa casa que habíamos buscado con la desesperación de quién está a punto de perder el primer avión de su vida, me dijo algo inesperado: nunca te pertenecí. Me estaba mirando a los ojos con una tristeza odiosa, como pidiéndome por favor que ese no fuese el final, como encontrando una excusa pequeña para volver a vernos, aunque sea para saber que se había solucionado el problema de las goteras. Y así, lo que le salió de esa boca que yo ya desconocía completamente, fue que nunca me había pertenecido.

Y me quedé mirando cómo se iba serena sobre los adoquines de la calle. Sintiendo en mi mirada la tensión de su cuerpo que luchaba entre relajarse y seguir adelante, y darse vuelta para confirmar, tal vez, que a pesar del adiós nada había sido en vano. Pero le ganó la necesidad de conquistar soberanía para su corazón herido por mi repentina sed de novedades, serpentinas y firuletes. Y se fue sin volver, sin volverse, sin rebajarse, solvente en afectos, creyendo que estaba lista para empezar de nuevo.

Cuando dobló la esquina, muy a lo lejos, alcancé a ver que estaba llorando. Pero estoy seguro que le robé esa imagen al destino, o al sol, o a la perspectiva. Porque ella no hizo absolutamente nada, ni consciente ni inconscientemente, para mostrarme una sola lágrima.

Después, cuando ya no estuvo en el campo visual me quedé mirando la calle vacía. Y sentí, aliviado, que al fin lográbamos separarnos. Volví adentro y cerré todas las ventanas. No entraba ya ninguna luz, pero se podían escuchar con claridad los cantos gregorianos del vecino. Dije gracias en voz baja y calenté el café.

RENUNCIO

Renuncio al poder de ejecutar

sobre vos

sin límites ni eufemismos

este capricho travestido en norte

de una brújula desconcertada

en el campo arrasado

de nuestra despedida.

Te diría que soy la pura mentira

pero hasta mi mentira

que tu inteligencia presiente y acierta

te parece un gesto divino de amor

Por eso

a ese poder soberbio que tengo sobre vos

al sigilo sicótico con que modelo tú deseo

a esta obscena capacidad de hacerte callar

hoy renuncio.

Ya no quiero poderte

y dejarte sin hambre, sin dudas, sin viento.

Ya no quiero clavar

alfileres en tu espalda

para que los sueños

te duelan menos

que la realidad que los destila

No.

Quiero soltar el lazo que te ata,

porque también me ata.

Quiero soltar las justas razones

porque a esta hora

ya se han vuelto un poco injustas.

Ya no quiero poderte.

Por eso, hoy renuncio.

Al poder de decidir

de corregir

de ignorar,

de volver a cualquier hora

de cualquier parte

sin excusas

irreverente

con  infames relatos

de historias que jamás

existieron.

Me aturde

la grandeza que proyecta sobre mí

la pequeñez de tu solemne

paso sobreprotector

por el desierto de mi locura

Y entonces

ya no quiero poderte.

Con todo, con poco, con nada.

Cuando las cosas lleguen lejos

más lejos

tan lejos

que podamos imaginar

una tarde de verano,

después de la tormenta,

cruzándonos inesperadamente

quiero que vos de mí

ni el nombre te acuerdes.

Renuncio

a esa certeza inútil

que tiene nombre de comodidad

Digo basta de poderte.

Como quien detiene la guerra

Como quien multiplica el pan

Como quien escapa a medianoche

Como quien mata al monstruo

Ya no quiero poderte.

ABRI

Abrí la puerta que vine solo. Tengo los zapatos de siempre y el saco que me regalaste en Navidad. No me voy a quedar mucho tiempo porque ando sin la insulina encima. Abrí, no te quedes del lado de lo innecesario. Todas estas actitudes mañana serán basura nuclear. Todavía podés ser una mujer justa, y salvar las perlitas y capaz dos o tres fotografías. Abrí. Yo también estoy tratando de esquivar la confusión y el delirio, pero tomo decisiones. Mirame acá, casi rendido y con la trinchera a punto de incendiarse. Pura táctica de madrugada que corrompe tranquilidades y se ampara en la humildad disfrazada. Abrí, estoy lleno de desamor y ya no sé dónde tirar las pilas gastadas. Tal vez intente sacarte una confesión, es cierto. Pero también puedo olvidarme definitivamente de mis obsesiones, con tal de verte una vez más. Abrí. Ya pasó el último tren, y a las infinitas ganas de quedarme se le suman ahora las contundentes imposibilidades para irme. Abrí porque el panorama empieza a ser un poco absurdo y yo demasiado patético. Abrí, no quiero que mi silueta se empiece a desdibujar en este zaguán colonial, merezco más respeto. Escucho perfectamente el silencio de tu amargura contra la madera de la puerta, y hasta adivino el color del bronce de la llave en tu mano. Abrí, hay tanta oscuridad de este lado que es inútil esperar brillos o reflejos que salven la desgracia. Sólo me queda tu buen gesto, a pesar de la culpa y la resignación. Abrí, mañana no voy a volver, lo sabemos. Y sin ánimo de que eso suene a amenaza para tu existencia o el laberinto de tu memoria, hago simplemente este anuncio de mi destino como quien da una tregua al filo de la derrota. Abrí. Porque si no, más tarde, aunque te arrepientas o lo niegues, aunque te retuerzas y lo imagines diferente, o te empeñes en ocultarlo, no habrá modo de cambiar la experiencia: y este será para siempre nuestro adiós. Si no abrís ahora, jamás podrás recordarlo, ni contarlo, ni escribirlo, sin sentir la amarga e intransigente tracción de la culpa vagando por la sangre de tu orgullo. Abrí, yo tengo tiempo. Acá me quedo a esperar, para salvarte de un final tan infame como tu duda.

HIJOS

Tus hijos son hermosos y yo no se qué hacer con el pasado. La vida nos pasó diferente. De la familia que íbamos a tener juntos sólo quedan dos canciones en inglés. Te las nombro y me pedís que las cante, porque no las recordás. Las canto, y es lo mismo. Nada. Estoy tan anclado en la época absurda de nuestra juventud como vos en el presente solemne de tu matrimonio con hijos. No puedo ni decirte que estás hermosa, que no cambiaste, que te brillan igual los ojos, y que tus manos me siguen gustando tanto como hace veinte años. No puedo porque somos desconocidos. O porque estás empeñada en demostrármelo, mientras pasa este instante cruel. Sin decirlo, con pequeños gestos, te parece fundamental hacerme notar y valer esa diferencia: subís hasta arriba el cierre de la campera que abriga a la más pequeña, le das un beso en la frente helada y le decís que juegue un rato con su hermano mientras vos conversás con un viejo amigo. Pienso en la tragedia de las pasiones y los amores, condenadas a ser recordadas con nuestros hijos como historias de viejos amigos. Nada me parece más terrible en este instante de Plaza Armenia, este instante salido de un cuento de escritores novatos que soñaron con best sellers. Me hablás de cosas simples pero no te escucho, sólo resuenan en el universo más hondo de mi culpa los gritos y las risas de tus hijos. Y pienso en el hombre que te hizo madre, y me duele no haber podido ser yo. Me duele y te das cuenta; tal vez por eso, audaz y sutil como antes, como el primer día de nuestra historia, mirás el reloj y decís que es tarde. Pero en realidad no, no tenés a dónde ir, porque este es el momento tierno y relajado con tus hijos, que dura un buen rato. Pero querés que termine, hoy querés que termine así, de pronto, para que deje de dolerme tu felicidad armada al margen de mis posibilidades. Y no sé que hacer. Si vender mi prudencia al diablo y confesarte que ahora no hay nada que me haga menos infeliz que contemplar desde afuera tu felicidad. O tal vez dejarte ir, hacer como si nada, y recorrer los puestos de la feria y tal vez comprar saumerios con olor a lavanda, como los que poníamos cada mañana de nuestra juventud, entre el sexo y el café amargo. Nos miramos a los ojos, mientras pienso en todo esto, y se me ocurre algo fundamental. Te pregunto la hora. Y me decís que no sabés. Pero acabás de mirar el reloj. Y tus hijos se ríen, a lo lejos.

PORTUGAL

Me dijiste gesto de amor y crucé el Atlántico. Estabas en Lisboa, de gira con tu grupo de patinaje artístico. Y aunque nunca me avisaste,  siempre fue fácil encontrar tu rastro. Fácil y cruel. Pensé que era mi única o mi última oportunidad. Tendencias autodestructivas de una desesperación inconsciente. Y armé un plan perfecto. Vendí mis pocas cosas de valor: una cámara de fotos con la que trabajaba en eventos sociales, la notebook que ya estaba bastante usada y se le había borrado la tecla del “enter”, y un par de zapatos que nunca había estrenado porque me apretaban mucho el dedo gordo. Compré un pasaje de avión y un anillo, armé una mochila con ropa para diez días, y pedí un taxi hasta Ezeiza. Tendencias inconscientes de una desesperación autodestructiva. Gesto de amor, dijo con encanto la azafata, antes de traerme una manta extra. Y soñé todo un vuelo con tus ojos de litio.

Mujer de luna. Estás clavada en la ribera de mi angustia y la voz de tu alma en pena retumba en mi estómago. Enciendo y apago, una y otra vez, los dos veladores que compramos para nuestra postergada habitación matrimonial. Sueño intermitente que va y viene del otoño al verano; de América a Europa; del carro triste que arrastran los pibes de la barriada, a los Airbus que aterrizan el lujo sobre el asfalto concreto de mi esperanza.

En portugués a medias pregunté por tu habitación en la recepción de un hotel con ventanales enormes que daban a la Praça da Alegría. Sorprendida bajaste de un ascensor pequeño y no te salió más que un ¿qué hacés acá? Entendí el mensaje y el gesto de amor que traía conmigo empezó a derretirse.

Caminamos sin hablar, apurados por tus horarios y la incomodidad del sol. Nos detuvimos unos pocos minutos frente al mar. Yo insistí con aquello porque quería al menos llevarme una buena imagen de nosotros dos, sobre todo si iba a ser la última. En un momento dije algo que te hizo reír, y después todo volvió a ser dureza puesta en el rostro de una mujer que no conocía. Ahí me dejaste, te quise acompañar de vuelta al hotel pero no fue posible. Cruzaste una avenida y te perdiste.

Anduve un rato por la ciudad, cené en un lugar pequeño y pedí un taxi al aeropuerto. Veinte horas en Lisboa alcanzaron para perder un amor. Volví. Sin billetes, sin recuerdos para la familia, sin fotografías de nosotros. Volví sin tiempo. Ni te soñé todo un vuelo, ni tuve una azafata amable que me diera una manta extra. Pensé que los fracasos de amor se perciben, alejan a las personas amables y atraen a las sanguijuelas sin sangre ni corazón.

Pensé mucho en esa manta extra. En la nostalgia de la vida inútilmente planificada para dos. Y en la necesidad de poner asientos individuales en todos los aviones que viajan a Portugal.

Un amigo vino al aeropuerto a recoger los pedazos de mi cuerpo. No hablé de nada. Y cuando estábamos llegando a eso que tan salvajemente seguimos llamando casa, aún cuando todos los que alguna vez amamos se han ido a vivir a otras casas en las que no tienen ningún recuerdo de nosotros, me dijo: “los gestos de amor siempre son para uno, nunca para los otros”. Y no lo entendí, pero lo abracé.

REPETIR

No hay milagros. Pero si coincidencias absurdas que parecen milagros. En esto pienso mientras, por enésima vez, me enfrento a la dulce encrucijada de las fotos en las que estamos juntos esparcidas sobre la mesa. Y aunque está claro que el problema no son las fotos, sino mis ganas de volver a verlas a cada rato, no deja de inquietarme una idea trágica: tengo que quemarlas.

Todavía me asomo por balcón a las nueve menos cuarto de la mañana para ver si te veo pasar para el trabajo. Tres años después sigo creyendo que no cambiaste de trabajo, y que vivís en el mismo departamento húmedo de la calle Hungría. Y por eso estás obligada a pasar por mi cuadra.

Pero la ciudad tiene suficientes atajos como para no repetir ni una sola vez el mismo recorrido. La ciudad está llena de caminos, pasajes, esquinas, plazas y pasos peatonales que conjuran contra esas coincidencias que a menudo necesitamos los desamparados.

Soy un hábil jugador, erudito en el conocimiento de las reglas, obsesivo en la cuenta mental del orden con que se reparten las barajas, prolijo anotando mentalmente cada nuevo rumbo. Tengo todo para ganar, menos la suerte.

Podría probar con un método más efectivo: al fin y al cabo sé dónde encontrarte. Pero necesito estar a salvo de semejante gesto burdo, eso sería perderte definitivamente. Por eso, necesito una pizca de suerte. Pero no, la suerte es toda tuya. Y a mí sólo me queda repetir, con la ilusión del aburrimiento.