Archivo de la categoría: TIPOS PIOLAS

Colecciòn de personajes entrañables (y no tanto).

Como todos los días

Juan, como todos los días. Que hunde el cuchillo en la carne de un animal muerto, que quita la grasa y enjuaga la sangre. Que mira pasar las horas y piensa que es tiempo que se le va. Que espera un rato libre para hojear el diario. Que cuando no hay clientes sube el volumen de la radio y toma un mate amargo. Que espera el domingo para disfrutar la siesta. Que se despierta de madrugada y sin protestar sube la persiana del local cuando apenas ha salido el sol. Que anota el fiado en una libreta ajada. Que vive en el mismo barrio donde nacieron sus padres y no se frustra. Juan, que sabe que lo único que se olvida es la repetición. Y a pesar de eso, la vuelve a esperar.

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SALUD

1

Es mentira que te asesino por las mañanas.

Es verdad que te interrogo de noche.

 

2

Te juro que no me da la cabeza. Habíamos ido al Velorio del nene de Francisca, y después estuvimos unos días juntas porque ella tenía miedo de quedarse sola, decía que le faltaba el aire. Vino tres veces la ambulancia del servicio médico y la última vez una doctora muy jovencita me llevó aparte y me dijo que era un caso psiquiátrico. Así que yo traté de reunir a su familia. No podía yo sola, con todo. Me di cuenta que estaba pasando noche y día en su casa, ni ropa limpia me quedaba ya. Una mañana le dije que me iba a buscar ropa a casa, en realidad porque necesitaba un respiro, y se puso a llorar y me pedía por favor que no la dejara sola. Así que llamé a los hermanos, a los que conocía por lo menos. Vinieron enseguida, y armamos como un comité de urgencia. Con ella ahí, en el medio. Y más o menos acordamos cómo seguir. Pero claro, ella a pesar de su enfermedad o su malestar, sigue estando lúcida y te manipula, hace que hagas lo que quiere. Y me di cuenta de eso y me fui, me alejé casi completamente. Estaba agotada, no podía procesar todo. Yo necesitaba estar sola, en mi casa, pensando en mis hijos, en mis cosas, escribir, mandar unas postales a mi hermano. Y no la llamé más. Ahora me lo reprocha. Y capaz tiene razón, pero fueron unos días interminables.

 

3

Te importa poco si no vuelvo a tiempo para la cena.

Te duele demasiado si me quedo más de lo debido.

 

4

Se le mezcla todo. Yo creo que es su frustración histórica. Se pasó la vida bajo la pata de esa amiga suya, ¿cómo se llama? No importa, la que se dedica a la fotografía. ¿Sabés cuál te digo? Y creo que se convenció a sí misma que ella no podía, que sólo tenía que seguirla, acompañarla, ser la segunda. Y bueno, así no se puede salir. Si te pasas la vida siendo la segunda de alguien, es muy difícil que puedas sentirte bien. Se le nota en la cara todo ese malestar. Es cierto que cada tanto la criticaba, y entendía los problemas de esa relación, pero no pudo zafar. Y así está ahora, entre triste y enojada, porque la otra se fue, hizo su vida, anda por el mundo exponiendo en galería importantes. Creo que cada tanto le manda un correo electrónico. Pero lo cierto es que la dejó sola, y no puede rearmarse. Hace cursos; de esto de lo otro, cree que los cursos la van a salvar. De dramaturgia, de escritura de guión. Me dijo el otro día que estaba empezando uno de historia del arte. Yo me pregunto, esto no se lo dije, pero me pregunto para mí ¿historia del arte a los 52 años? Es demasiado. Lo que ya no sabes, lo que no te pasa… Si ella nunca entendió el arte, ni le interesó. En ese sentido fue un poco insensible. Para mi siempre tuvo una sensibilidad que dependió de la otra, y ahora que ya no está, claro, busca cómo compensar y no sentirse tan sola. Encima los hijos prefieren vivir con el padre. No se, de alguna manera la vamos a tener que ayudar. Pero ella no se deja.

DESCENDIENTES

No recuerdo. ¿Estuve yo alguna vez en esta casa? Me dices que sí, pero sigo dudando. Es cierto que hay algo extraño, porque tengo la sensación de haber escuchado antes las voces de los sobrevivientes; todos hablando de momentos de su vida, tratando de convertirlos en recuerdos; los detalles de la tortura, las escenas del encierro. Pero no sé si era aquí. Me vienen imágenes como ráfagas: ahora te hablo de una tarde anaranjada, como si recién se hubiese detenido la lluvia, las ventanas estaban abiertas, la música y las conversaciones se podían escuchar desde la calle. Y salían para afuera aromas de perfumes dulces con un dejo de vainilla. Creo, si no me equivoco, que algo cocinaban mientras se reencontraban. No sé, todavía pienso que fue un sueño. ¿Por qué se habrían juntado todos? Entre el murmullo que recuerdo, me vienen muchas risas; si, tal vez carcajadas envueltas en palabras de dolor. ¿Qué hace el llanto y la lágrima junto a la mueca alegre en este fragmento de memoria? No, no, no estoy recordándolo bien. Ahora las paredes están secas pero me dan humedad en las palmas de mis manos. ¿Memoria o fantasía? Memoria e ilusión, así dije que sería todo esto. Especulo nuevamente: los dedos en una guitarra, y mi voz en tonos altos, y un bombo que alguien tocaba. O tal vez era el cajón peruano de Ernesto. ¿Él no estuvo aquella vez? ¿Ya no estaba con nosotros? Es cierto. Me acuerdo la tarde que se lo llevaron. O me acuerdo de la tarde que me lo contaron. ¿Cuándo era la tarde antes? Extraño a Ernesto ahora, igual que antes de saber lo terrible. Y aunque dudo de haber estado alguna vez aquí, en esta casa, no sé por qué pienso en él haciendo ritmo con las palmas sobre la madera en aquel rincón de esta habitación donde todos hablan. ¿De qué hablan? Del pasado, pero usan los verbos en presente. ¿Es acaso una estrategia o un simple modo literario? No quieren sufrir, pero siguen añadiendo posibilidades al relato de la experiencia. ¿Qué quieren más, la experiencia o el relato? Son la misma cosa, dices. Yo no lo creo. No creo en nada. ¿Para qué vinimos? No está bien todo esto; nada de lo que ha sucedido aquí estuvo bien. Y menos lo estará mañana. Mañana, mucho menos. ¿Vinimos aquí por mañana? No, a mí me duele encerrarme para encontrar o hacer el futuro. Y peor para todos si encima dudo y no recuerdo bien, y cambio puertas por ventanas y aromas por silencios. Peor. Mucho peor si con todo esto hay que hacer algo bueno, porque nuestros hijos lo merecen. ¿Quiénes serán nuestros hijos cuando podamos dejar de confundirnos con las palabras de ayer y salir de entre estas paredes en las que nunca estuvimos, ni atrapados ni libres ni revolucionarios? ¿Quiénes serán ellos? ¿Y nosotros? Descendientes, apenas.

ABRI

Abrí la puerta que vine solo. Tengo los zapatos de siempre y el saco que me regalaste en Navidad. No me voy a quedar mucho tiempo porque ando sin la insulina encima. Abrí, no te quedes del lado de lo innecesario. Todas estas actitudes mañana serán basura nuclear. Todavía podés ser una mujer justa, y salvar las perlitas y capaz dos o tres fotografías. Abrí. Yo también estoy tratando de esquivar la confusión y el delirio, pero tomo decisiones. Mirame acá, casi rendido y con la trinchera a punto de incendiarse. Pura táctica de madrugada que corrompe tranquilidades y se ampara en la humildad disfrazada. Abrí, estoy lleno de desamor y ya no sé dónde tirar las pilas gastadas. Tal vez intente sacarte una confesión, es cierto. Pero también puedo olvidarme definitivamente de mis obsesiones, con tal de verte una vez más. Abrí. Ya pasó el último tren, y a las infinitas ganas de quedarme se le suman ahora las contundentes imposibilidades para irme. Abrí porque el panorama empieza a ser un poco absurdo y yo demasiado patético. Abrí, no quiero que mi silueta se empiece a desdibujar en este zaguán colonial, merezco más respeto. Escucho perfectamente el silencio de tu amargura contra la madera de la puerta, y hasta adivino el color del bronce de la llave en tu mano. Abrí, hay tanta oscuridad de este lado que es inútil esperar brillos o reflejos que salven la desgracia. Sólo me queda tu buen gesto, a pesar de la culpa y la resignación. Abrí, mañana no voy a volver, lo sabemos. Y sin ánimo de que eso suene a amenaza para tu existencia o el laberinto de tu memoria, hago simplemente este anuncio de mi destino como quien da una tregua al filo de la derrota. Abrí. Porque si no, más tarde, aunque te arrepientas o lo niegues, aunque te retuerzas y lo imagines diferente, o te empeñes en ocultarlo, no habrá modo de cambiar la experiencia: y este será para siempre nuestro adiós. Si no abrís ahora, jamás podrás recordarlo, ni contarlo, ni escribirlo, sin sentir la amarga e intransigente tracción de la culpa vagando por la sangre de tu orgullo. Abrí, yo tengo tiempo. Acá me quedo a esperar, para salvarte de un final tan infame como tu duda.

FREAK

Come con las manos y no le importa nada. Costumbre que le quedó de chico, su madre nunca lo corrigió y se le hizo normal. A estas alturas, hasta me animo a decir que no sabe usar los cubiertos. No corta, despedaza. No bebe, absorbe. No pincha, rapiña. Pero es un buen chico.

Con él estoy pensando en casarme. Tener una vida en serio, y tal vez ponerle un poco de pimienta a la cosa con algunos hijos. Con él, que no sabe usar un cuchillo ni para defenderse de los ladrones.

Mamá me llamó el otro día y me dijo que si la cosa va tan en serio, ella y papá lo quieren conocer. Que vayamos un domingo a almorzar en familia y empecemos a darle seriedad en serio a todo esto.

Mamá habla así. Cree que es muy precisa y original en el uso de sus palabras, pero no. Es así de abierta y ambigua. Ella está convencida de que es exacta en lo que dice, porque mientras te dice “la cosa” piensa en algo muy puntual y específico, a lo que llama “la cosa”. Pero no puede enunciarlo de otro modo. Siempre me extrañó mucho el modo de hablar de mamá. O su incapacidad para construir cierta fidelidad entre sus ideas y las palabras que usa para expresarlas. De grande empecé a sospechar que siempre fue una estrategia, tal vez no consciente, para construir poder. En la ambigüedad siempre se gobierna mejor una familia. No sé un país.

Tengo muchas amigas que hablan igual que mamá, y cuando les digo que se parecen mucho a ella, me contestan que es por una cuestión de economía del tiempo. Hablar menos para vivir más rápido. A lo que respondo con mucha indignación: hablar rápido para vivir menos. Me llama la atención la gente que cree que se puede vivir más, o menos. Quiero decir, la idea de la medida de la vida es absurda. Uno vive la cantidad de minutos que está vivo, ni uno más ni uno menos. Todo lo demás son accesorios.

Rubén no sabe lo que son los accesorios. Es tan simple, tan natural, tan animal, que se conduce a través de los instintos. Cuando me explicaron Lacan en la Facu pensé que él nunca había tenido espejos en su casa, por eso es como es. Él no quiere las cosas, él es las cosas que quiere. No sabe lo que es desear. Y eso es un problema.

Porque para nosotros, serviles humanos occidentales, desear es una gran cosa. Nuestros deseos nos han permitido vivir ordenadamente, ya que son un modo funcional de canalizar una energía que, de otro modo, sería altamente destructiva. Le decimos deseo, y eso nos calma. Nos explicamos, nos entendemos y nos definimos a través de nuestros deseos. Y eso que parece muy natural, en realidad, no es más que una herramienta formidable para sujetar sutilmente la voracidad de nuestras pulsiones. Para mi, deseo es otro modo de nombrar la dominación del mercado capitalista sobre los hombres. El mercado anida en el deseo; incluso en el deseo de ser amado no hay otra cosa que el deseo de ser consumido.

Pero él no desea ni consume. Él es el mundo que conoce. Y no sé como haré para domesticar su espíritu antes del domingo que viene. Todos dijeron que si, y se van a encontrar, definitivamente, en una misma mesa. Lo que más me preocupa no es la aceptación o no de mis padres. Lo que realmente me desvela, es que él no encuentre límites y lo termine devorando todo.

SEREMOS

Seremos otros, menos ingenuos. Con la memoria cargada de pintura roja y las piernas enterradas en la arena. Seremos diferentes, incapaces de volar pero solventes. Innecesarios entre tanta diversidad, absurdos frente a la inmoralidad de las vidrieras. Seremos los brujos, los extraños, los pilotos retirados de la Fuerza Aérea. Quién sabe. Los que no hieren ni sangran. Los calcinados por el vapor súbito de la  última locomotora. Los esquivos, los impenetrables, los de campo adentro. Seremos más húmedos, más frágiles, más reciclados. Los proxenetas vírgenes, los traficantes mancos, los psicólogos ciegos. Seremos anillo de oro en dedo anular, automóvil último modelo y arena blanca sin tiempo. Seremos los confinados. Los soñadores imperfectos, agotados del cine y todas las demás tempestades. Los que cuentan las primaveras en decenas, los que anidan en las ramas podadas de un álamo trepador, los enfermos de rabia y colesterol.

No tendremos nada que ver con estos locos de ahora. Estos que se descalzan sobre el asfalto y untan las tostadas con la brea que derrite el verano. Que apuntan y disparan sin pensar un segundo. Estos que duermen hasta las siestas prohibidas. Que ríen sin parar porque no saben dónde queda la estación del llanto. Estos descolocados, analfabetos emocionales, siempre tan tácitos peregrinos de la revolución. Que odian los museos y los coleccionistas. Que cocinan de madrugada y cuelgan guirnaldas de colores en el balcón. Tan sobrevaluados, tan egocéntricos, tan injustos. Presos de un miedo invisible que da cuerda a la sangre con sus manos cargadas de soledad. Estos de corazón débil, estilo europeo casual y escritores de moda. Líricos en los gestos, prudentes en las ideas, amargos en las comidas. Simples, irreverentes, solemnes pasajeros de un viaje corto que jamás volverá a repetirse.

En veinte o treinta años más seremos otros, menos ingenuos. No tendremos nada que ver con estos locos de ahora. Pero ojalá, en veinte o treinta años más, quien te dice, ojalá que sigamos juntos.

REMEDIO

Nosotros, los de estrellitas en la terraza cada fin de año. Noche eterna que nos duró un segundo. Cámara fotográfica incontenible: instantáneas para el desamor. Las fotos y los regalos son todo lo de después. Lo inconfesable; tristeza que perdura aún cuando hasta los gestos son esquivos. ¿Cómo movía las manos mientras hablaba? Podré vivir sin nada, pero no quiero la condena de olvidarte en ese sutil agitar de los dedos. Y sin embargo, va pasando. El miedo de imaginarte partir fue parecido al miedo del día que te vi partir. Y ahora, verte partir es recuerdo sin miedos ni posibilidades.

Nosotros, los de las películas francesas y trasnoche en salas vacías. Dieciséis milímetros de silencio. Cansancio y acomodo de las piezas siempre sobre el mismo tablero. Héroes sin guerra en un tablero de ajedrez que fue y vino diez veces de vacaciones al Uruguay. Caballos y alfiles llenos de arena: y la reina hundida. Bajo el sol salvaje de todos los esfuerzos viaja la condena de nuestra humilde provocación. El sabor de tu saliva, el modo dulce con el que me poseía, y la sombra que proyectaba tu espalda. Dos veranos inolvidables que están listos para ser olvidados. Dice un señor en la aduana que nada es inolvidable: menos el dorso de tu mano cubierto de arena húmeda.

Nosotros, los de casa con perros y muchos hijos por venir. Los perfectos, los incondicionales, los amargos. Mesa servida para veinte amigos. Hipotecas vencidas, malabares indispensables, y cuentas sin pagar. Una caja llena de fósforos encendidos sobre la heladera, para despistar o prevenir la suerte de la rutina. Magia al hacer click, fuego sobre la comida, sangre con alcohol. Fuimos dejando la pureza de las tardes y la frecuencia de los domingos. Abandono sereno de la clama y el sexo y el drama.

Nosotros, los que intentábamos inventar el amor y nos salió libertad y nada tuvo más remedio.