HISOPO DEL DESTINO

Todo muy serio. Mueca tenue. La experiencia es un margen, una frontera. Zona franca. Click. Flash. Click. Te lloran los ojos. Quién sabe si faltan horas o días. Cada tanto viene la enfermera y recrea la pantomima. Hisopo del destino. Trabajo forzado. Domingos sin descanso. Alicia y Andrea cambian de turno a las 13. Se besan por compromiso. Una corre las ventanas y entra la luz. La otra cierra todo y tapa la luna. Está vieja la sala donde ya no amanece jamás. Abuelos, padres, hijos. Alguna vez en una camilla te traen al mundo. Y después de una vida entera: respirador artificial. Todo muy serio. Mueca tenue. Click. Flash. Click. La experiencia es un margen.

Anuncios

Como todos los días

Juan, como todos los días. Que hunde el cuchillo en la carne de un animal muerto, que quita la grasa y enjuaga la sangre. Que mira pasar las horas y piensa que es tiempo que se le va. Que espera un rato libre para hojear el diario. Que cuando no hay clientes sube el volumen de la radio y toma un mate amargo. Que espera el domingo para disfrutar la siesta. Que se despierta de madrugada y sin protestar sube la persiana del local cuando apenas ha salido el sol. Que anota el fiado en una libreta ajada. Que vive en el mismo barrio donde nacieron sus padres y no se frustra. Juan, que sabe que lo único que se olvida es la repetición. Y a pesar de eso, la vuelve a esperar.

CREDO

Creo en Dios.

En la neurosis concebida de su corazón.

En su histeria para promover y ocultar pecados.

En sus sueños eróticos,  su dolor de muelas y su mala caligrafía.

Pero creo sobre todo en su tendencia al abuso de poder.

 

Creo en la tristeza.

En el polvo intransigente que produce para  señalar la ausencia.

En la lenta marcha con que administra el olvido.

En su existir irreverente en un sangriento playlist de youtube.

Pero creo sobre todo en su lunática búsqueda.

 

Creo en el viento.

En la gris fragancia con que destruye las cosas.

En la siniestra capacidad para perforar la piel y el acero.

En su falta de planificación constante y su acelerado rumbo.

Pero creo sobre todo en su conciencia de clase.

 

Creo en la herida.

En el valor doméstico de la sutura que la restaña.

En la huella imposible de narrar que hace presente dolor.

En el estigma profundo con que recuerda para siempre los errores.

Pero creo sobre todo en su capacidad para ver el futuro.

 

Creo en la noche.

En las imágenes sin forma que inventa en la habitación.

En el orgullo con que cultiva y exacerba los mejores miedos.

En los fuegos que hace arder y también las cenizas que apaga definitivamente.

Pero creo sobre todo en el amanecer que promete.

 

MUNDIAL

mundialEl nacionalismo es, muchas veces, una especie de histeria colectiva desenfrenada que nace, crece, se reproduce y muere en el mercado. Seguramente, si la psicología hubiese estado antes que la nación, podríamos ser mucho más francos respecto de algunos sentimientos. Pero Freud nació mucho después que Rousseau. ¿Qué hubiese sido de cada uno de ellos de haber vivido en la época del otro? ¿Otra historia, otra modernidad, otra revolución? ¿Hacen los hombres a la épocas, o viceversa? Y en el medio, las ideas.

Muchas veces he pensado que la patria es un sueño que explota en la cabeza de Maradona la noche antes de la final de México 86. Y no hay nada más. Otras veces busco explicaciones más ¿racionales?: el resultado de todas las batallas que nos costó la independencia. Pero esta patria me deja afuera, no me interpela, no me contiene, no usa ninguna de las ecuaciones que me hacen feliz. No me conviene. ¿Con qué inescrupuloso uso de la historia asumimos la primera persona del plural para referir a decisiones y peleas que dieron otros, sangre y muerte que padecieron otros, valentía y heroísmo que vivieron otros?

De esta patria me voy, me escapo en un colectivo de línea. Paso por Plaza de Mayo y está vacía. Feriado. Entonces se ven mejor los crisantemos de los canteros, tienen una diversidad de colores que abruma. Pienso que nunca antes los había visto. Pobres, siempre tan pisoteados. Ellos son la patria muda, la bandera que no supimos tener: y disfrutan al sol de este día libre.

Este es un feriado nuevo, uno de estos que pusieron ahora, resistidos hasta el hartazgo por los brigadieres de la lírica epopeya patricia. Burgueses de muy buen gusto, que con la arrogancia disputan su derecho a opinar y decidir sobre todo, y pretenden equiparar su sangre jamás derramada a la de cualquier prócer, buscando convetir nuestra noble escencia en la continuidad heroica y obediente del sargento Cabral. Quizá no esté tan mal, a lo peor también en ellos respira la patria. Y al fin de cuentas, antes que morir en vano, morir salvando a algún San Martín. ¿O mejor morir en vano? ¿O son la misma cosa?

Después busco en algunos puestos de diarios y revistas un motivo que me marque el camino. Quiero saber a qué universo, país o destino pertenezco, antes del próximo gol. Sino no habrá festejo posible. O será simplemente la culpa de no dejarme llevar por la masa o el miedo al arrepentimiento, o unas ganas terribles de llorar las victorias, lo que me plante junto al Obelisco con un gorrito celeste y blanco intentando gritar no sé qué cosa, tratando de encontrar a mis amigos que antes vi en otros lugares condenando a los militares que rifaron la nación.

Pienso que si no salgo de Buenos Aires, de su lógica desmemoriada y procaz, jamás sabré nada. La ciudad conspira contra la producción de conocimiento autónomo. La ciudad hierve de reproducciones dosificadas con software que fabrican, en serie, la originalidad pretendida, otrora, por el arte, las vanguardias y el carnaval.

Costa Rica no pasa de octavos, pero que susto que metió. Eso me dice un taxista camino a casa. Todo el viaje es una reposición de argumentos que aniquilan mis dudas más emblemáticas. Yo nunca me siento tan argentino como en la época de mundiales. Mirá, hasta la banderita puse acá. Te juro que la veo flamer y siento algo en el pecho. Y eso que mucho no me gusta. Vamos a decir lo que es, los colores no son para nada atractivos. Pero en época de mundial, es como si el celeste fuera bien intenso, y siento ese sol quemando todo. Somos fuego. Somos campeones. Somos argentinos. Casi cien pesos hasta Belgrano. Me bajo y pienso en ese argentino que una vez conocí, al que los milicos le había secuestrado una novia. Y se la acordaba tan dulcemente que cuando hablaba de ella todo su cuerpo enorme volvía a tener 19 o 20 años. Pero no lloraba. Se la acordaba y me decía: “hay veces que es tan difícil ser argentino”.

SOLA

Tiene chocolate en los labios y no puede recordar su nombre. Está sola, sentada en un banco de Puerto Madero. Me parece que se está haciendo tarde para una niña de su edad. Aunque en realidad, su edad solo puedo estimarla por su apariencia, porque se lo he preguntado y se queda callada.

Aldana. Le aviso que así la voy a llamar, hasta que recupere la memoria. Me mira furiosa y bajito al oído me dice que soy un mentiroso, que la memoria no se recupera nunca. Cuando le pregunto por su ropa oscura, responde que no sabe vestirse de otro modo. Que no le gustan los colores claros, o simplemente no soporta como le sientan en el cuerpo. Así que siempre va de negro o gris oscuro. Empezamos a caminar y está anocheciendo. La ciudad la absorbe por completo, su forma no se distingue del fondo, y la mímesis es de pronto tan completa como siniestra.

Una niña que no confiesa su edad es cómo una mujer, pienso. A los lejos vemos pasar el tren de las dos de la mañana. Intento correr para alcanzarlo, pero Aldana me detiene. Tímida explica que no vale la pena, y la escucho decir que Camila entenderá todo y aprenderá a vivir sin sus sorpresas. Es inquietante, y tal vez no supere los diez años.

¿Sabés volver a casa? Escucho mi voz hacer la pregunta sin notar que mi mente la haya pensado. Me extraño. Y mirando siempre hacia el frente, al tumulto ennegrecido en que se convierte el sur de la ciudad cuando se va el sol, responde que no quiere volver. Que mejor se queda o pierde la razón, y no vuelve. Puede pasar. No tiene miedos. Y me pide que la deje ir sola. Sola. En el momento violento en el que los campanazos retumban en el pecho, ella pronuncia la palabra sola. Sola. Y la iglesia breve de Barracas, con sus vitrales azorados, se levanta más inmensa que nunca. Inalcanzable.

SALUD

1

Es mentira que te asesino por las mañanas.

Es verdad que te interrogo de noche.

 

2

Te juro que no me da la cabeza. Habíamos ido al Velorio del nene de Francisca, y después estuvimos unos días juntas porque ella tenía miedo de quedarse sola, decía que le faltaba el aire. Vino tres veces la ambulancia del servicio médico y la última vez una doctora muy jovencita me llevó aparte y me dijo que era un caso psiquiátrico. Así que yo traté de reunir a su familia. No podía yo sola, con todo. Me di cuenta que estaba pasando noche y día en su casa, ni ropa limpia me quedaba ya. Una mañana le dije que me iba a buscar ropa a casa, en realidad porque necesitaba un respiro, y se puso a llorar y me pedía por favor que no la dejara sola. Así que llamé a los hermanos, a los que conocía por lo menos. Vinieron enseguida, y armamos como un comité de urgencia. Con ella ahí, en el medio. Y más o menos acordamos cómo seguir. Pero claro, ella a pesar de su enfermedad o su malestar, sigue estando lúcida y te manipula, hace que hagas lo que quiere. Y me di cuenta de eso y me fui, me alejé casi completamente. Estaba agotada, no podía procesar todo. Yo necesitaba estar sola, en mi casa, pensando en mis hijos, en mis cosas, escribir, mandar unas postales a mi hermano. Y no la llamé más. Ahora me lo reprocha. Y capaz tiene razón, pero fueron unos días interminables.

 

3

Te importa poco si no vuelvo a tiempo para la cena.

Te duele demasiado si me quedo más de lo debido.

 

4

Se le mezcla todo. Yo creo que es su frustración histórica. Se pasó la vida bajo la pata de esa amiga suya, ¿cómo se llama? No importa, la que se dedica a la fotografía. ¿Sabés cuál te digo? Y creo que se convenció a sí misma que ella no podía, que sólo tenía que seguirla, acompañarla, ser la segunda. Y bueno, así no se puede salir. Si te pasas la vida siendo la segunda de alguien, es muy difícil que puedas sentirte bien. Se le nota en la cara todo ese malestar. Es cierto que cada tanto la criticaba, y entendía los problemas de esa relación, pero no pudo zafar. Y así está ahora, entre triste y enojada, porque la otra se fue, hizo su vida, anda por el mundo exponiendo en galería importantes. Creo que cada tanto le manda un correo electrónico. Pero lo cierto es que la dejó sola, y no puede rearmarse. Hace cursos; de esto de lo otro, cree que los cursos la van a salvar. De dramaturgia, de escritura de guión. Me dijo el otro día que estaba empezando uno de historia del arte. Yo me pregunto, esto no se lo dije, pero me pregunto para mí ¿historia del arte a los 52 años? Es demasiado. Lo que ya no sabes, lo que no te pasa… Si ella nunca entendió el arte, ni le interesó. En ese sentido fue un poco insensible. Para mi siempre tuvo una sensibilidad que dependió de la otra, y ahora que ya no está, claro, busca cómo compensar y no sentirse tan sola. Encima los hijos prefieren vivir con el padre. No se, de alguna manera la vamos a tener que ayudar. Pero ella no se deja.

CANTOS GREGORIANOS

Y después, con la hechura de las confesiones que habían permanecido demoradas y la certeza del no retorno, ya no volvimos a reírnos. Un café negro se heló a la mitad, la vieja casona de Boedo se estremecía, y los cantos gregorianos del vecino entraban por las ventanas.

Hubo que esperar unas cuantas horas así, sin decir palabra. Más tarde pudimos ponernos de pie y caminar hasta el umbral de la puerta de calle que tantas veces habíamos atravesado juntos, o separados pero sabiendo que al otro lado, más tarde o más temprano, el otro estaría para confirmarnos, simplemente, que valía la pena cruzar el umbral.

Ya era la tarde. Naranja sobre todas las cosas, la tarde fue viniendo, se fue haciendo evidente entre nuestro desánimo plagado de imágenes del pasado. No quise las fotos; no quiso los libros. Y coincidimos en no dejar nada pendiente, en desarmarlo todo.

Cuando estaba por irse, sólo con una bolsa de tela cargada de cosas que yo no quería y probablemente ella tampoco, pero al fin de cuentas, la pantomima de la división colabora con la historia de la separación, o la hace, o la define, o tal vez sean la misma cosa…

Decía que cuando estaba por irse, antes de darse la vuelta ahí en el umbral de esa casa que habíamos buscado con la desesperación de quién está a punto de perder el primer avión de su vida, me dijo algo inesperado: nunca te pertenecí. Me estaba mirando a los ojos con una tristeza odiosa, como pidiéndome por favor que ese no fuese el final, como encontrando una excusa pequeña para volver a vernos, aunque sea para saber que se había solucionado el problema de las goteras. Y así, lo que le salió de esa boca que yo ya desconocía completamente, fue que nunca me había pertenecido.

Y me quedé mirando cómo se iba serena sobre los adoquines de la calle. Sintiendo en mi mirada la tensión de su cuerpo que luchaba entre relajarse y seguir adelante, y darse vuelta para confirmar, tal vez, que a pesar del adiós nada había sido en vano. Pero le ganó la necesidad de conquistar soberanía para su corazón herido por mi repentina sed de novedades, serpentinas y firuletes. Y se fue sin volver, sin volverse, sin rebajarse, solvente en afectos, creyendo que estaba lista para empezar de nuevo.

Cuando dobló la esquina, muy a lo lejos, alcancé a ver que estaba llorando. Pero estoy seguro que le robé esa imagen al destino, o al sol, o a la perspectiva. Porque ella no hizo absolutamente nada, ni consciente ni inconscientemente, para mostrarme una sola lágrima.

Después, cuando ya no estuvo en el campo visual me quedé mirando la calle vacía. Y sentí, aliviado, que al fin lográbamos separarnos. Volví adentro y cerré todas las ventanas. No entraba ya ninguna luz, pero se podían escuchar con claridad los cantos gregorianos del vecino. Dije gracias en voz baja y calenté el café.

(Ernest;1957) / V.O.Y.