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ADELGAZARES

Pone toneladas de queso blanco sobre una tostada inmensa de pan negro y con cara de “a mi no me cuesta nada adelgazar” hace un paneo violento por los escritorios de la oficina, mirando desafiante a sus compañeros, y de un mordisco deja moribunda una mitad del manjar mientras la otra nada en la saliva de su mandíbula.

“Menudo bolo alimenticio”, piensa Patri al verla, mientras con una estrecha cuchara de plástico con el mango partido, revuelve un yogurt sin sabor ni frutas ni azúcar que compró hace quince minutos a un chico que pasa muy a menudo, bajo la sospecha de que la etiqueta que indica la fecha de vencimiento estaba adulterada.

“Igual, no se va morir por eso”, Antonia le dijo en voz baja a una piba nuevita del sector compras, mientras transcurría aquel altercado, y sin prisa le extendió un paquete enorme de papel madera repleto de bizcochos de grasa de los que salía un olor a panadería recién abierta que daban ganas de tener la boca más y más grande para poder engullirlos todos de un solo bocado.

“Comparto el escritorio con una gorda desagradable”, le escribió la pobre chica un segundo después, aturdida y asustada, en un mensaje de texto desesperado a su madre, mientras desenvolvía lentamente una barrita de cereal sabor manzana, como de costumbre, y que cada vez que se la mete en la boca le hace sentir que es una estrella de cine y/o una súper modelo, o que al menos está en camino a serlo, aunque ahora se pase el día entero junto a la fotocopiadora multiplicando cartas escritas en idiomas que no entiende.

“Mira como se lleva la barrita a la boca”, si hacía la película Oscar, el más viejo del piso ya a punto de jubilarse, imaginando en realidad que era su propio pene ya cansado y fláccido el que ingresaba con sigilo en la dulce boca de aquella muchachita que probablemente no hubiese tenido aún relaciones sexuales y no se imaginara que existiesen hombres de tal calaña.

“El viejo verde sueña con una mamada de la pendeja”, escribió en la pantalla de su computadora, que hasta entonces había permanecido en blanco, Martín de informática, que al no tener responsabilidades significativas que atender se pasa tres días a la semana interviniendo el correo electrónico de todos los empleados de una compañía de la que se siente dueño, actividad que le permite saber casi todo de los que considera inferiores a él, como por ejemplo la pornografía pedófila que Oscar busca compulsivamente; los concursos de belleza en los que sistemáticamente se inscribe la muchacha joven; las citas a ciega que Antonia combina y a las que luego no va por miedo a ser rechazada; las ofertas de planes anticelulitis y revitalización del cutis que Patri le pide a su amante que le contrate; y las recetas para nada baja en calorías que su jefa descarga a diario, mientras les hace creer que es feliz en su mundo de pan negro y queso blanco.

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