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DON JOSÉ DE SAN MARTÍN

Dos años consecutivos traté de ser Don José de San Martín; y fue por amor. La más linda de todas las pibas de quinto grado se llamaba Analía, y tenía aires de grandeza. La tocabas en sueños, únicamente. Y la mirabas de reojo o a través del vidrio. Arisca, insolente, despiadada. Pero preciosa. Debajo del guardapolvo reluciente, le asomaba siempre una camisa con volados despampanantes. Tenía los zapatos lustrados y un perfume mágico que nunca más volví a oler.

Me ignoraba con admirable empeño. Ni siquiera mis maldades cotidianas la apartaban de su estabilidad emocional tan poco enfocada en mi. Le robé gomas, lápices, una caja de fibras de doce, y hasta la cartuchera completa un día. Terminé en la dirección diez veces en un año, me humillé frente a mis padres, y tuve penitencias interminables.

También probé por el camino del convencimiento. Me endeudé sin asco en el kiosco de la esquina del colegio, comprando al por mayor topolinos con sorpresa que secretamente dejaba debajo de su banco o dentro de su portafolio. Y ella nada: se los comía sola en el recreo, brillando bajo el sol de la primavera, y después, con la boca llena de caramelo jugaba largas horas con su juguetito.

Un domingo en bicicleta pasé treinta veces por la puerta de su casa, para ver si salía por casualidad o asombro. Pero ni un centímetro se movieron las persianas que le impedían verme. Agoté los modos y los métodos: me senté muy cerca en el banco de la iglesia, le propuse hamacarla con fuerza, le ofrecí mi patineta, le calqué un mapa de favor, y hasta me robé tizas que después ella se llevaba para la casa.

Pero un agosto de crudo invierno, cuando mi desolación alcanzaba su punto más bajo, una luz se volvió a encender. La maestra entró con la noticia de que nos habían asignado la responsabilidad de preparar el acto para conmemorar un aniversario más de la muerte de nuestro libertador, Don José de San Martín.

Escribió en el pizarrón los nombres de los personajes que había que representar y esperó el ofrecimiento gentil de su alumnos. Analía, suave y encantadora, dijo que iba a ser de Remedios de Escalada. No perdí el tiempo, y en absoluta conciencia de mis profusas limitaciones actorales, me ofrecí para ser San Martín. Después de mí, atragantado por la bronca de un momento de lentitud, Andrés, el otro pretendiente, apenas pudo anotarse en el papel del Sargento Cabral.

Listo, pensé. Dos pájaros de un tiro. Empezaron los ensayos. Y claro, sobre las tablas quedaron al desnudo mis dotes flacos. No había caso. Para empezar, tenía mucho texto que se me hacía imposible aprender. Pero cada día remontaba mi entusiasmo con la ilusión de la escena final: Don José besaba en la frente a su Remedios de Escalada. Y así, yo probaría la fruta imposible de mi Analía.

Continuara…

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