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INALCANZABLE

Me gustaría haber nacido con la virtud que tiene el viento para mover las cosas con calma o enfurecer sin medida. De haber sido viento, vendría siempre del norte, cargado de arenas de desierto y confesiones de asesinos seriales. Y mi búsqueda errante por mares y mesetas hallaría su mejor destino en las lágrimas de la madre que ve casar a su hijo con la muchacha equivocada. Tendría los brazos dispuestos para la venganza y los pies entrenados para la guerra. Sólo mis oídos me devolverían la gracia necesaria para seguir avanzando. Y jamás tendría amistades tan peligrosas como la lluvia o la nieve. No tengo dudas que como viento, hubiese sido yo mucho más desequilibrado. Mucho más desenfrenado, intolerante, testarudo, avaro y codicioso de lo que soy. Pero también hubiese podido desarrollar una sensibilidad especial para encausar el mal y el bien justo a tiempo. Como viento, hubiese encontrado rápidamente algunos límites: jamás rosaría el techo de las casas humildes, ni pondría a volar elementos filosos allí donde juegan los niños buenos. Y sería justo: correría de un soplido las telas que ocultan engaños amorosos, y congelaría en un instante a los que pagan por sexo. Pero no. No nací viento, nací sol. Y aunque cada tanto viene el creador a decirme que no es tan terrible ser lo que soy, no logro convencerme. Soy sol, redondo amarillo y lejano. La distancia es el elemento que mantiene mi esencia. Si un día decidiera acercarme como el viento a las cosas que añoro, provocaría un irreparable efecto destructor. Así que aquí estoy, con una envidia sana por el viento, contra quien no puedo combatir, y a quien me gustaría poseer. Aquí me quedo, soñando cada noche, que lo inalcanzable un día cambia de opinión.