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Cada vez que escriba por primera vez sobre un tema. Imposible!

SOLA

Tiene chocolate en los labios y no puede recordar su nombre. Está sola, sentada en un banco de Puerto Madero. Me parece que se está haciendo tarde para una niña de su edad. Aunque en realidad, su edad solo puedo estimarla por su apariencia, porque se lo he preguntado y se queda callada.

Aldana. Le aviso que así la voy a llamar, hasta que recupere la memoria. Me mira furiosa y bajito al oído me dice que soy un mentiroso, que la memoria no se recupera nunca. Cuando le pregunto por su ropa oscura, responde que no sabe vestirse de otro modo. Que no le gustan los colores claros, o simplemente no soporta como le sientan en el cuerpo. Así que siempre va de negro o gris oscuro. Empezamos a caminar y está anocheciendo. La ciudad la absorbe por completo, su forma no se distingue del fondo, y la mímesis es de pronto tan completa como siniestra.

Una niña que no confiesa su edad es cómo una mujer, pienso. A los lejos vemos pasar el tren de las dos de la mañana. Intento correr para alcanzarlo, pero Aldana me detiene. Tímida explica que no vale la pena, y la escucho decir que Camila entenderá todo y aprenderá a vivir sin sus sorpresas. Es inquietante, y tal vez no supere los diez años.

¿Sabés volver a casa? Escucho mi voz hacer la pregunta sin notar que mi mente la haya pensado. Me extraño. Y mirando siempre hacia el frente, al tumulto ennegrecido en que se convierte el sur de la ciudad cuando se va el sol, responde que no quiere volver. Que mejor se queda o pierde la razón, y no vuelve. Puede pasar. No tiene miedos. Y me pide que la deje ir sola. Sola. En el momento violento en el que los campanazos retumban en el pecho, ella pronuncia la palabra sola. Sola. Y la iglesia breve de Barracas, con sus vitrales azorados, se levanta más inmensa que nunca. Inalcanzable.

DESCENDIENTES

No recuerdo. ¿Estuve yo alguna vez en esta casa? Me dices que sí, pero sigo dudando. Es cierto que hay algo extraño, porque tengo la sensación de haber escuchado antes las voces de los sobrevivientes; todos hablando de momentos de su vida, tratando de convertirlos en recuerdos; los detalles de la tortura, las escenas del encierro. Pero no sé si era aquí. Me vienen imágenes como ráfagas: ahora te hablo de una tarde anaranjada, como si recién se hubiese detenido la lluvia, las ventanas estaban abiertas, la música y las conversaciones se podían escuchar desde la calle. Y salían para afuera aromas de perfumes dulces con un dejo de vainilla. Creo, si no me equivoco, que algo cocinaban mientras se reencontraban. No sé, todavía pienso que fue un sueño. ¿Por qué se habrían juntado todos? Entre el murmullo que recuerdo, me vienen muchas risas; si, tal vez carcajadas envueltas en palabras de dolor. ¿Qué hace el llanto y la lágrima junto a la mueca alegre en este fragmento de memoria? No, no, no estoy recordándolo bien. Ahora las paredes están secas pero me dan humedad en las palmas de mis manos. ¿Memoria o fantasía? Memoria e ilusión, así dije que sería todo esto. Especulo nuevamente: los dedos en una guitarra, y mi voz en tonos altos, y un bombo que alguien tocaba. O tal vez era el cajón peruano de Ernesto. ¿Él no estuvo aquella vez? ¿Ya no estaba con nosotros? Es cierto. Me acuerdo la tarde que se lo llevaron. O me acuerdo de la tarde que me lo contaron. ¿Cuándo era la tarde antes? Extraño a Ernesto ahora, igual que antes de saber lo terrible. Y aunque dudo de haber estado alguna vez aquí, en esta casa, no sé por qué pienso en él haciendo ritmo con las palmas sobre la madera en aquel rincón de esta habitación donde todos hablan. ¿De qué hablan? Del pasado, pero usan los verbos en presente. ¿Es acaso una estrategia o un simple modo literario? No quieren sufrir, pero siguen añadiendo posibilidades al relato de la experiencia. ¿Qué quieren más, la experiencia o el relato? Son la misma cosa, dices. Yo no lo creo. No creo en nada. ¿Para qué vinimos? No está bien todo esto; nada de lo que ha sucedido aquí estuvo bien. Y menos lo estará mañana. Mañana, mucho menos. ¿Vinimos aquí por mañana? No, a mí me duele encerrarme para encontrar o hacer el futuro. Y peor para todos si encima dudo y no recuerdo bien, y cambio puertas por ventanas y aromas por silencios. Peor. Mucho peor si con todo esto hay que hacer algo bueno, porque nuestros hijos lo merecen. ¿Quiénes serán nuestros hijos cuando podamos dejar de confundirnos con las palabras de ayer y salir de entre estas paredes en las que nunca estuvimos, ni atrapados ni libres ni revolucionarios? ¿Quiénes serán ellos? ¿Y nosotros? Descendientes, apenas.

METÁFORAS

Para decírtelo en otros términos, no aguanto más tus “próximamente”. Y mucho menos el clasista “en las mejores salas”. Prefiero la de antes, esa capaz de murmurar, aún en los momentos más aburridos, un mentiroso “te juro que no sé cómo termina”. O el tierno “¿y si la vemos otra vez?”. Pero no, no sé qué te está sucediendo últimamente, estás hechizada por “mejor el martes que es más barato”. Yo te pregunto: ¿cuándo nos importó el precio, o el día, o la primicia del estreno? La gota que colmó el vaso fue “¿otra vez Tim Burton?”, cuando vos siempre fuiste la de “no me canso de este tipo”. Te pusiste exquisita, si hasta medio en chiste medio en serio llegaste a decirme “el cinco punto uno ya fue”. ¡Vos que me enamoraste en las salas vacías del Lorca los sábados a la madrugada y alfombras con olor a humedad! Me cuesta entenderlo.

Lo hablé con la terapeuta de manera contundente: “mi mujer está muy Marilyn”, le dije. Ella me sonrió detrás de sus pestañas interminables y se sacó lentamente los guantes de terciopelo azul. “Está entrando en la era del blue-ray”, diagnosticó sin eufemismos. Y siguió: “de todos modos, lo más significativo es tu enfoque”. La sesión pasó muy rápido y casi no me quedaron dudas. Caminé por ahí y me detuve frente a la vidriera de una casa de electrodomésticos. Un vendedor se asomó y puso a prueba su humor: “adelante joven, todavía quedan localidades en primera fila”. Pensé que en cualquier aspecto de la vida, la primera fila siempre es lo peor que te puede pasar. Y me di cuenta de todo.

Creo que necesitamos “ir un poco más atrás, no estar tan adelante”. Los subtítulos igual se leen, y se oye mucho menos “el masticar de la gente”. Desde atrás es posible cultivar otra perspectiva, porque las apariencias son más apariencias cuando más cerca estás del objeto animado. Muchas veces, sobre todo cuando vas muy seguido al cine, y sin quererlo sos el espectador de la primera fila, “la pantalla encandila, el sonido aturde, y el dolor de cuello persiste aún cuándo ya no quedan comentarios para hacer sobre la película”.

PROMETER

No las grandes cosas; las pequeñas. Insignificantes objetos que reencontramos el día que enterraron a la abuela. Un anillo de fantasía, dos billetes de cinco australes, y el mechón de la pelirroja que el abuelo abandonó en Italia. Viejas y nuevas, como las noticias y las promesas, van rodando las cosas pequeñas que nos hacen seres humanos convencidos, implacables, mortales.

Al día siguiente leí por primera vez el apellido de mi familia en las necrológicas del diario local. Era pueblo tan breve que el aire puro y el rumor hambriento le alcanzan para atenuar las dudas. Y había felicidad sin estruendo en sus placitas sintéticas. Una página llena de cruces negras con distinguidos anuncios y un mismo pesar. En medio de todo lo otro. Pensé que las noticias de los diarios en algún sentido nos narran: la crisis mundial no es económica ni financiera. Es una crisis de amor y soledad. Estoy seguro y por eso puedo decirte que me hizo mal conocerte, saber que existías. Aunque ni a besos tuvo gusto aquel ron que compartimos después del cementerio.

Volví desorientado a la ciudad y esperé en varias esquinas, con afán extraviado, para regresar a casa. Vos pasaste por mis ilusiones con espanto y sudor. Era una madrugada imprecisa, los colectivos se demoraban y las rubias se amontonaban bajo los techos agujereados de las garitas.

Estamos intrincados: el despertador de las seis y tu vago recuerdo son la política y la ficción. Tus medias de lana, una sobredosis de ternura de invierno que deja huellas filosas hasta tres años después, por lo menos. Y hasta los crucigramas me traen recuerdos de tus promesas.

Prometer siempre fue un exceso, pienso ahora que tomo soda mientras espero una cena que no terminaré a tiempo.

PECADO

En un lugar público donde tal vez había niños mirando yo mordí tus senos con descaro. Un escote amigable me lo había sugerido y tus gestos incendiarios me empujaron. Pronto aprendí el significado de dos o tres palabras que ahora ya casi no uso.

Revolución color rosa. Una parte áspera una parte suave un movimiento ondulando permanente. Tal vez ya no era yo el que se perdía en el valle que dibujaban tus formas sueltas embriagadas de lengua.

Claramente escuché tu voz pidiéndome que parara. Una, dos, y hasta tres veces. Pero tenías más ganas que yo. Y de alguna manera sutil lo supe, y no hubo cartas bajas que me aguaran la fiesta impúdica.

Mordí descarado. Mordí desenfrenado. Mordí sin saber nada. Mordí sin pensar en las cuentas y los números. Mordí queriendo crecer rápido y estar un poco más alto con el próximo rayo de sol.

Tal vez fue hediondo, y no pude ver más allá de la excitación súbita de la planicie de mi cuerpo. Pero a quien le importa: era una tarde sin siesta, era un verano repentino, era un espacio sin luz.

Desfachatado, compartí el episodio con mi compañeros de catecismo. Y una señora canosa con vestido largo y anteojos espesos me dijo que eso era pecado. Para mi tenía un sabor tan dulce, incapaz de confesar.

DON JOSÉ DE SAN MARTÍN

Dos años consecutivos traté de ser Don José de San Martín; y fue por amor. La más linda de todas las pibas de quinto grado se llamaba Analía, y tenía aires de grandeza. La tocabas en sueños, únicamente. Y la mirabas de reojo o a través del vidrio. Arisca, insolente, despiadada. Pero preciosa. Debajo del guardapolvo reluciente, le asomaba siempre una camisa con volados despampanantes. Tenía los zapatos lustrados y un perfume mágico que nunca más volví a oler.

Me ignoraba con admirable empeño. Ni siquiera mis maldades cotidianas la apartaban de su estabilidad emocional tan poco enfocada en mi. Le robé gomas, lápices, una caja de fibras de doce, y hasta la cartuchera completa un día. Terminé en la dirección diez veces en un año, me humillé frente a mis padres, y tuve penitencias interminables.

También probé por el camino del convencimiento. Me endeudé sin asco en el kiosco de la esquina del colegio, comprando al por mayor topolinos con sorpresa que secretamente dejaba debajo de su banco o dentro de su portafolio. Y ella nada: se los comía sola en el recreo, brillando bajo el sol de la primavera, y después, con la boca llena de caramelo jugaba largas horas con su juguetito.

Un domingo en bicicleta pasé treinta veces por la puerta de su casa, para ver si salía por casualidad o asombro. Pero ni un centímetro se movieron las persianas que le impedían verme. Agoté los modos y los métodos: me senté muy cerca en el banco de la iglesia, le propuse hamacarla con fuerza, le ofrecí mi patineta, le calqué un mapa de favor, y hasta me robé tizas que después ella se llevaba para la casa.

Pero un agosto de crudo invierno, cuando mi desolación alcanzaba su punto más bajo, una luz se volvió a encender. La maestra entró con la noticia de que nos habían asignado la responsabilidad de preparar el acto para conmemorar un aniversario más de la muerte de nuestro libertador, Don José de San Martín.

Escribió en el pizarrón los nombres de los personajes que había que representar y esperó el ofrecimiento gentil de su alumnos. Analía, suave y encantadora, dijo que iba a ser de Remedios de Escalada. No perdí el tiempo, y en absoluta conciencia de mis profusas limitaciones actorales, me ofrecí para ser San Martín. Después de mí, atragantado por la bronca de un momento de lentitud, Andrés, el otro pretendiente, apenas pudo anotarse en el papel del Sargento Cabral.

Listo, pensé. Dos pájaros de un tiro. Empezaron los ensayos. Y claro, sobre las tablas quedaron al desnudo mis dotes flacos. No había caso. Para empezar, tenía mucho texto que se me hacía imposible aprender. Pero cada día remontaba mi entusiasmo con la ilusión de la escena final: Don José besaba en la frente a su Remedios de Escalada. Y así, yo probaría la fruta imposible de mi Analía.

Continuara…

CHICLE

Paula siempre estaba masticando, completamente inconciente del mágico universo, al mismo tiempo erótico y exótico, que inventaba con su ingenuo gesto de amasar entre los dientes la dulce goma interminable. Y a mí, me gustaba dejarme alcanzar por el aliento a chicle de frutilla que le brotaba de la boca.

Por eso fue que nunca perdí una oportunidad para rozarla; aunque sus amigas sospecharan o las maestras me llamaran la atención. A veces mientras transcurría la clase no podía esperar; me acercaba intempestivamente hasta su banco y le pedía, por ejemplo, un transportador, sin reparar que estábamos en la hora de lengua.

Todos se reían constantemente de mis atropellos atolondrados. Pensaban lo más común, creían que era apenas un niño enamorado. Pero lo mío no era tan común. Lo mío no era simplemente amor por una muchacha; era la más cruda excitación provocada por lo sublime de un aliento especial que operaba sobre mi rostro como afrodisíaco súbito.

Si jugábamos a la escondida durante el recreo, me las ingeniaba para apretarme junto a ella en un rincón oscuro del patio, y cerrando los ojos respiraba profundo mientras rezaba para que nadie nos encontrara. Mil veces me puso en aprietos pidiéndome que la besara. Y mil veces yo insinué un deseo furtivo por su boca, con el sólo afán de quedar frente a frente y apreciar con más nitidez que nunca el dulce aliento a frutilla.

Los niños más vivos de la clase empezaron a notar que a pesar de mi deseo correspondido, yo no pasaba a la acción, y rumores ofensivos se desparramaron por toda la escuela. Rumores sobre los índices de hombría que había en mí, que nada tienen que ver con las profundidades de los deseos. Pero era chico, y en esa época me importaban. Y me alejé de Paula.

Entonces, en vez de buscarla en los recreos, empecé a quedarme sigiloso y agazapado en el aula vacía. Una vez que todos salían, iniciaba rápidamente la tarea de despegar las bolas de chicle de frutilla que ella pegaba debajo de su banco de clases. Una a una las olía y las ponía dentro de una bolsa de plástico que luego conservaba como tesoro.

Con todo lo recogido durante la semana, hacía una gran bola de chicle que masticaba hasta el cansancio los sábados y los domingos, esos días odiosos en los que no tenía noticias ni de Paula, ni de su delicioso aliento a chicle de frutilla.